Replicantes

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Recuerdo que el televisor apareció en casa cuando no era más que un chaval. Y el primer automóvil no llegó hasta mi adolescencia temprana. Ya en la facultad, algunos profesores usaban proyectores de diapositivas de tamaño descomunal. Los primeros datos de investigación con los que trabajé, tras ser codificados uno a uno perforando sendas tarjetas, viajaban por vía telefónica a Madrid, donde eran procesados en un ordenador UNIVAC 2000 y devueltos a Leioa en forma de modelos matemáticos…. cuando había suerte. La tesina, esa investigación con cuya presentación y defensa se accedía al grado de licenciado, la mecanografié con una máquina de escribir: eléctrica y de bola, sí, pero máquina de escribir. La tesis ya la preparé con un ordenador personal de sobremesa, un Mac, uno de los primeros que llegaron a la universidad. Como sólo había uno en el departamento, había que ir de noche a escribir. No tenía disco duro y funcionaba con disquetes, objetos que son hoy pura arqueología tecnológica. Los ordenadores personales se difundieron en la década de los ochenta. En la de los noventa llegaron teléfonos y ordenadores “portátiles”, nominalmente portátiles, quiero decir. Ya en el nuevo siglo surgieron los teléfonos inteligentes -verdaderos miniordenadores móviles-, ordenadores portátiles -éstos ya de verdad, no sólo de nombre-, y tabletas y lectores de libros electrónicos. Y gracias a estos dispositivos podemos hacer uso intensivo y ubicuo de Internet, esa red telemática que muchos empezamos a utilizar en la última década del siglo pasado.

Como los nombrados en las líneas anteriores, podría citar otros productos tecnológicos que han ido llegando y también otros que se han ido. Y aunque nos hemos ido acomodando a todo o a casi todo lo que ha llegado, nos resulta muy difícil rememorar, si es que siquiera se nos ocurre tratar de hacerlo, cómo se vivía hace 30 o 40 años sin todas las cosas con que vivimos ahora.

Quizás no somos muy conscientes, pero ese proceso, que en realidad ha ocurrido –aunque a ritmos diferentes- a lo largo de toda nuestra historia, prosigue. Y lo hace a una velocidad creciente. No es aconsejable hacer predicciones porque como se le atribuye al físico danés Niels Bohr, padre de la física cuántica, “es muy difícil hacer predicciones, sobre todo si se refieren al futuro”. Pero algunas tendencias son tan marcadas, que muchos están convencidos de que la revolución inminente va a ser la de la robótica. Los avances que se han producido en inteligencia artificial, procesamiento y síntesis artificial de lenguaje, nuevos materiales y otros campos de la ciencia y la tecnología parecen conducirnos a un futuro nada lejano en el que los robots ocuparán parcelas crecientes de nuestras vidas. Hay quien habla de “explosión robótica” para referirse a una previsible proliferación casi explosiva de robots con muy diferentes cometidos, desde la realización de trabajos peligrosos, hasta el cuidado de personas, pasando por el desempeño de tareas intelectuales de cierta complejidad.

En el proceso que parece que se avecina habrá que resolver problemas técnicos, sí, pero los retos más difíciles de afrontar serán, casi con toda seguridad, de otra naturaleza. Estará, por un lado, la espinosa cuestión de qué hacer con el tiempo que los robots detraigan del trabajo de las personas. Pero lo más importante es que nos obligará a resolver difíciles dilemas morales, porque antes o después a algunos robots se les proveerá de capacidad emocional. A partir de ese momento quizás no podamos distinguir sus respuestas y comportamientos de los nuestros. Y lo alarmante es que algunos de ellos –a los que no queremos llamar replicantes– sí serán capaces de distinguirlos.

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Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

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Este artículo fue publicado en la sección #con_ciencia del diario Deia el 10 de abril de 2016.

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