Los científicos que miraban fijamente a las cabras

Gotas

¿Por qué las cabras?, se preguntarán. ¿Y por qué no?, les respondo yo. ¿Acaso no son las cabras un animal interesante, simpático e importante en nuestras vidas, lo suficiente como para que les dediquemos un ratito de nuestras ajetreadas vidas y así aprendamos algo más sobre ellas? Reconozco que mi interés por las cabras viene de lejos, de una visita escolar a una granja escuela en la que uno de estos animales se zampó de dos masticadas la etiqueta de cartulina en la que ponía mi nombre y un dibujito identificativo (una zanahoria, siempre me caía una zanahoria, por aquello del pelirrojismo).

El caso es que aquella cabra o cabrito, no recuerdo, se comió mi etiqueta y me metió un susto considerable pero sobre todo me dejó muy preocupada por su salud. Comiesen las cabras lo que comiesen, la cartulina no me parecía una opción saludable para el animal. El responsable de los animales al que se lo conté muy preocupada me respondió, divertido, que no me preocupase, que las cabras comían cualquier cosa y nunca les pasaba nada. Recuerdo que me lo creí tirando a poco, pero si aquel adulto que cuidaba de las cabras no parecía inquietarse, qué podía hacer yo.

Imagen: Wikimedia Commons

Cómo se las apañan para comer así y no morir en el intento

Les cuento esto porque hace pocos días la revista Mammalian Biology publicaba un pequeño estudio que ha analizado cómo la estructura digestiva de las cabras les ayuda, al menos en parte, a procesar todas las cosas extrañas que les da por comer, principalmente tierra y gravilla (aunque mi cartulina también andará por ahí) sin que eso les destroce la boca y los dientes.

El estudio es modesto: participaron 28 cabras a las que durante 6 meses se les alimentó con una dieta consistente en parte en distintas cantidades de arena. A los 3 meses de empezar se sometió a los animales a un TAC y al final fueron sacrificadas para analizar el contenido de sus tractos digestivos. Esto reveló que la arena que habían ido tragando no estaba distribuida de forma homogénea por sus tripas, sino que se había ido acumulando en las cavidades inferiores de sus estómagos.

Las cabras, como las vacas y otros rumiantes, tienen un estómago con cuatro cavidades que tienen diferentes funciones. Las cavidades superiores acogen grandes cantidades de comida que van regurgitando poco a poco para volver a ser masticadas (de ahí lo de rumiantes…), mientras que las cavidades inferiores reciben pequeñas cantidades de alimento que son digeridas directamente.

Según los autores, debido a que la arena va principalmente directa a la zona inferior del estómago se expulsa con las heces y no es regurgitada de vuelta a la boca para ser masticada después, lo cual ayuda a los animales a evitar un impacto sobre sus dientes y su salud. Es decir, que los estómagos superiores son a las cabras lo que los barreños y escurridores son para nosotros: un sistema de lavado de verduras y alimentos que nos evita muchos problemas.

Me pregunto cómo procesarían mi cartulina los estómagos de aquella cabra…

Imagen: Wikimedia Commons

Las cabras aprenden, pero no con el ejemplo

Llegados a este punto, sigamos hablando de cabras, un animal asociado a la locura en los dichos populares y que sin embargo ha demostrado en varias investigaciones y experimentos una inteligencia asombrosa, al nivel de los perros en algunos aspectos.

Hay algunas señales obvias para quienes las observan de que su inteligencia está por encima de la de otros animales con los que suelen compartir granjas: viven en grandes grupos sociales lo que supone entablar relaciones de colaboración y asociación, son capaces de alcanzar alimentos que se encuentran en lugares intrincados, viven muchos años y se sirven de recuerdos y, a pesar de que, como ya hemos dicho, son capaces de comer cualquier cosa, también son muy selectivas en lo que a sus alimentos se refiere, comiendo solo las hojas más verdes y tiernas de arbustos llenos de espinas.

Para poner a prueba esta inteligencia que intuían, en 2014 científicos de la Universidad Queen Mary de Londres y del Instituto de Ciencias de la Agricultura de Suiza decidieron poner a las cabras a prueba con el desafío de la fruta artificial, un test desarrollado en principio para realizarlo en primates. Para llevarlo a cabo, los investigadores colocaron unas piezas de fruta dentro de una caja que solo se podía abrir resolviendo un puzzle. En este caso, las cabras tenían que utilizar los dientes para tirar de una cuerda para activar una palanca y después levantar la palanca. Cuando realizaban las tareas correctamente y en orden, una pieza de fruta caía de la caja a modo de recompensa.

Los resultados fueron interesantes y, además, tienen cierta gracia. Trataron de enseñar a 12 cabras a llevar a cabo la prueba, de las cuales 9 lo consiguieron en solo cuatro intentos. De las otras tres, dos trataron de pasarse de listas y utilizaron los cuernos para intentar abrir la caja sin tanto lío, por lo que fueron eliminadas de la prueba. La otra no había mostrado señales de ir pillando la dinámica después de 22 intentos, así que la descartaron por considerarla un caso perdido.

Una vez que las nueve brillantes alumnas habían descansado durante 10 meses, se les pusieron delante las mismas cajas con el mismo mecanismo para comprobar cuánto tardaban en recordar los movimientos necesarios para abrirlas. Todas ellas consiguieron hacerlo en menos de un minuto, algo que se puede considerar una prueba de su excelente memoria a largo plazo.

Sin embargo lo que consideramos inteligencia es algo muy difícil de definir y medir, y ser sobresaliente en un aspecto no quiere decir serlo igual en todos. En otro experimento, los investigadores permitieron a cabras no entrenadas observar a sus congéneres ya aprendidas mientras estas accedían a sus sabrosos premios, pero eso no les supuso ninguna ventaja a la hora de llevar a cabo las tareas ellas mismas respecto a otras cabras que no habían observado previamente el proceso.

Esto sería una señal de que las cabras necesitan aprender los trucos y procesos por sí mismas, ya que han perdido, o nunca han tenido, esa habilidad social en concreto, la de aprender observando a sus iguales, que sí tienen otros animales como los delfines o los primates.

Imagen: Wikimedia Commons

Sonríe, hay cabras mirando

Pero que no se entienda esto como que no son buenas observadoras, sagaces e incluso empáticas, ya que algunos estudios han demostrado también que son capaces de distinguir las emociones en las caras de los seres humanos y que de hecho prefieren interaccionar con personas felices antes que con personas enfadadas, según publicaron en 2018 de nuevo científicos de la Universidad Queen Mery de Londres.

Para analizar esta cuestión, los autores mostraron a 20 animales distintas imágenes de caras humanas no familiares con emociones que mostraban alegría o enfado y observaron que las imágenes de caras felices obtenían de forma consistente una mayor interacción por parte de las cabras que las miraban, se acercaban a ellas y las olisqueaban.

Que una cabra sepa cuando un humano está contento o cabreado puede parecer una anécdota chistosa pero de hecho tiene varias implicaciones interesantes y sorprendentes. Por un lado, puede tener importancia a la hora de manejar el ganado de forma menos estresante para los animales. Por otro, sugiere que no solamente los animales que han sido entrenados individualmente, como perros o caballos, son capaces de relacionarse emocionalmente con los humanos, sino que otros también pueden desarrollar esas capacidades.

Referencias:

Goats prefer positive human emotional facial expressions – Royan Society Open Science

Goats excel at learning and remembering a highly novel cognitive task – Frontiers in sociology

The rumen washes off abrasives before heavy-duty chewing in ruminants – Mammalian Biology

Sobre la autora: Rocío Pérez Benavente (@galatea128) es periodista

1 comentario

  • Avatar de Masgüel

    Si un tigre te parte la espalda, se está relacionando contigo emocionalmente. Él está muy satifecho y tú estás aterrado, el poco tiempo que te queda de experiencia consciente. Si con relacionarse emocionalmente te refieres a ser cariñosos, todos los mamíferos domesticados lo son. Cariñosos y jugetones con las personas, entre ellos y con cualquiera. Y lo son porque ese el principal rasgo que seleccionamos de forma consciente (excepto en el perro) durante el proceso de domesticación. Un animal domesticado puede tener muchos usos, pero primero tiene que ser dócil. También los pájaros cantores domesticados son menos miedosos en general, y al trato humano en particular, que sus primos silvestres. Y hasta las carpas y carpines domesticados se acercan al ver personas y comen de la mano.

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