Breve historia de las ciencias del clima

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Imagen de Arek Socha / Pixabay

La climatología es una ciencia peculiar: no hay que confundirla con la meteorología. Por una parte, se considera una rama de las ciencias atmosféricas, y por tanto perteneciente a las ciencias físicas. Por otro lado, se trata de un subcampo de la geografía perteneciente a las llamadas Ciencias de la Tierra. Sin embargo, la climatología también incluye aspectos de la oceanografía y la biogeoquimica, al igual que de otras ciencias como la geofísica, la glaciología, ecología, ciencias computacionales, meteorología, la economía y… también la historia. Y es que el clima, como es natural, está presente en nuestro planeta mucho antes que la especie humana. Es a lo que se dedica la paleoclimatología, que entre otras cosas trata de hacer arqueología de fósiles u otros signos que permitan comprender cómo fueron los climas a lo largo de la historia de la Tierra.

Hoy en día, la ciencia climática utiliza modelos computacionales que permiten estudiar la evolución del clima e, incluso, realizar proyecciones de cómo será en el futuro. No hay duda de que esta ciencia ha cobrado una gran relevancia social, especialmente desde que la concienciación medioambiental se hizo presente en el debate público durante la segunda mitad del siglo XX. De hecho, la historia que tiene detrás muestra que, en realidad, nunca ha sido una disciplina bien definida y que probablemente no existiría de no ser por los aspectos sociales, culturales y tecnológicos que contingentemente la han llevado a coronarse como una de las ciencias de mayor impacto en la vida diaria actual de muchas personas.

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En la época clásica, por “clima” se entendía una cosa bien distinta a lo que hoy conciben los climatólogos. Su significado estaba acotado a cuestiones de geografía, un invento de los trabajos de cartografía del siglo III a.C en la Grecia Antigua. No tenía prácticamente nada que ver con la meteorología o la atmósfera, pues hablar del “clima” de un lugar era equivalente a dar sus coordenadas geográficas más que explicar si hacía frío o calor, su humedad o la frencuencia con que llovía en la zona. De hecho, el término “clima” proviene del griego (κλίμα) y significa “zona” o “lugar”.

El concepto “clima” tuvo que esperar hasta el siglo XVIII, momento en el que fue definido como la media de los estados meteorológicos en un lugar a lo largo del tiempo. Sin embargo, sólo se volvió un objeto de la práctica científica cuando los servicios meteorológicos nacionales pudieron proveerse de grandes cantidades de datos para hacer estadística con ellos, lo cual no ocurrió hasta mediados del siglo XIX.

Esta concepción física del clima vino, además, de la mano de la hipótesis científicas del cambio climático. Antes, los colonos del siglo XVII ya auguraban variaciones antropogénicas en el tiempo, cuando en sus observaciones metereológicas se daban cuenta de cambios en zonas particulares. Ellos los atribuían a sus esfuerzos en el cultivo de la tierra, para lo cual tenían que transformar los ecosistemas y, de algún modo, sospechaban que eso tenía su impacto en la meteorología. No obstante, no era una discusión científica, sino más bien una preocupación por la prosperidad de sus cultivos.

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Fue con la entrada de la segunda mitad del siglo XVIII cuando empezaron a emerger los debates científicos acerca de si realmente existía un cambio climático y, de existir, cuáles podrían ser las causas de este. La emergencia y desarrollo de la climatología moderna, en sintonía con las nuevas ciencias surgidas con la Revolución Científica, había empezado a aplicar la metodología y formalismos propias de la nueva forma de conocimiento. La matematización y la experimentación eran piezas claves a la hora de comprender científicamente el mundo, y ello llegó al estudio del clima a través de las nuevas teorías de la distribución del calor y la humedad, que reemplazaron a la antigua astrometeorología. El clima empezó a ser estudiado en dimensiones más extensas y escalas temporales más amplias, especialmente cuando descubrieron las eras glaciares pasadas y la discusión de sus causas empezó a cobrar importancia.

Todas esas investigaciones que llevaron científicos como Fourier, Tyundall o Arrhenius, se vieron radicalmente aceleradas a lo largo del siglo XX, sobre todo en su segunda mitad. Hasta entonces, el imperalismo europeo y estadounidense hizo que la climatología se centrara en las geografías pendientes de exploración y zonas concretas de interés, aparte de que la instrumentación disponible no permitía grandes avances ante un objeto tan inmenso y complejo. Sin embargo, entrado el siglo XX el clima se empieza a poder concebir como una entidad global, como una entidad planetaria. Ello vino de la mano de los primeros modelos computacionales, junto con la aparición de otras tecnologías como los satélites artificiales, el radar, los espectómetros, las radiosondas y, en general, la tecnología computacional. Las nuevas capacidades instrumentales permitieron investigar las capas más altas de la atmósfera y mejorar el entendimiento de la física de los procesos atmosféricos. Junto a la información proporcionada por satélites artificiales y la red distribuida de centros meteorológicos, los climatólogos empezaron a tener una visión de conjunto y el clima pasó a convertirse en un objeto científico de escala planetaria.

La actividad climatológica también se transformó por influencia de los cambiantes contextos políticos y culturales durante las guerras mundiales y la guerra fría y, a partir de 1970, por el medioambientalismo y la emergencia de los intereses medioambientales. No sólo apareció una nueva ciencia del clima, sino que también acontenció un nuevo problema político, social y cultural en todas las dimensiones de su práctica. Aparecieron instituciones sin precedentes, como el IPCC, encargada de informar con conocimiento científico a las políticas medioambientales. Así, el consenso científico sobre el calentamiento global antropogénico empezó a consolidarse y los intereses y objetivos de la climatología pasaron a tener un uso político y anticipatorio a problemas medioambientales, marginando los enfoques y preocupaciones de esa misma ciencia durante la preguerra.

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Algunos autores han denominado a este tipo de ciencia como ciencia posnormal, una modalidad de ciencia en la que hay valores en disputa, altos riesgos y decisiones urgentes. Una etapa de la ciencia donde se cuestiona su metodología, su producción y su uso. La compleja relación entre ciencia y política, la comunicación de la incertidumbre o la evaluación de la calidad son nuevos elementos que hacen tan particular a esta actividad científica, que no ha de confundirse con la meteorología. Una estudia el tiempo a corto plazo. La otra cuánto plazo queda para que se nos acabe el tiempo.

Referencias:

Heymann, M., G. Gramelsberger, M. Mahony (Eds.) (2017): Cultures of Prediction in Atmospheric and Climate Sciecne: Epistemic and Cultural Shifts in Computer-based Modelling and Simulation, New York: Routledge.

Funtowicz, S., J. Ravetz (1993): “Science for the post-normal age”, Futures, Vol 25, Issue 7, pp. 739-755.

White, S., C. Pfister, F. Mauelshagen (Eds.) (2018): The Palgrave Handbook of Climate History, London: Palgrave McMillan.

Winsberg, E. (2018): Philosophy and Climate Science, Cambridge (UK): Cambridge University Press.

Sobre el autor: José Luis Granados Mateo (@JoisDo) desarrolla una tesis doctoral en Historia y Filosofía de la Ciencia en la UPV/EHU, becado por la Dirección de Medio Ambiente de la Diputación Foral de Gipuzkoa.

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