Cocinar nos hizo humanos

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Foto: Robson Hatsukami Morgan / Unsplash

Hace una década se publicó un libro sobre evolución humana de mucho impacto y cuya influencia no ha dejado de aumentar desde entonces, al menos entre quienes, sin ser profesionales, nos interesa la evolución de nuestra especie. El libro se titula Catching Fire: How Cooking Made Us Human (traducido este año al español con el título En llamas: Cómo la cocina nos hizo humanos).

Sostiene Richard Wrangham, su autor, que Homo erectus surgió hace dos millones de años en la sabana africana gracias, precisamente, a los efectos que tuvo el control y uso del fuego sobre una serie de rasgos fisiológicos y de comportamiento. Por orden de aparición H. erectus es, probablemente, la segunda especie del género Homo, después de H. habilis, aunque el conocimiento sobre ese periodo de nuestra evolución se está enriqueciendo mucho durante estos años y no cabe descartar que se modifique el estatus de esas especie, así como sus fechas de aparición.

Según Wrangham, aumentó tanto la eficiencia con que digerimos y absorbemos el alimento al cocinarlo, que ello tuvo profundas consecuencias evolutivas. Una misma cantidad de alimento cocinado rinde mucha más energía y nutrientes que si se ingiere crudo. Eso ocurre porque cuando se cocina, moléculas de gran tamaño como proteínas o carbohidratos ven alterada su estructura y se hacen más fácilmente accesibles a la acción digestiva. Como consecuencia, se necesita menos cantidad de alimento para vivir, por lo que debe dedicarse menos tiempo a conseguirlo, masticarlo y digerirlo. Y lo que es tan importante o más: para procesar la comida que necesitamos basta con un sistema digestivo mucho más pequeño que el que tenían nuestros antepasados y el que tienen gorilas y chimpancés.

De esa forma –y aquí está el elemento evolutivo clave-, el sistema digestivo pudo reducir mucho su tamaño y ello hizo que dispusiésemos de mucha más energía con la que nutrir al encéfalo, que pudo así aumentar su tamaño hasta el volumen impresionante que tiene en la actualidad. Para valorar esa transición en sus justos términos debe tenerse en cuenta que el tejido digestivo y el nervioso (junto con el renal) son los que consumen más energía por unidad de masa, por lo que encéfalo y aparato digestivo resultan muy caros de mantener. No tanto los riñones, por su pequeño tamaño.

Además, el control del fuego proporciona calor y una forma de mantener a los depredadores a raya. Eso habría propiciado un modo de vida menos arborícola y con más tiempo y actividad sobre el suelo, lo que habría facilitado el desarrollo o perfeccionamiento de la bipedestación.

El problema de la hipótesis de Wrangham cuando la formuló hace una década era que no había evidencias de control del fuego tan antiguas como dos millones de años. Ahora bien, no es lo mismo ausencia de evidencia que evidencia de ausencia. Diez años después todavía no podemos responder la cuestión de cuándo empezaron los seres humanos a controlar el fuego, pero un trabajo recién publicado ha “documentado la asociación entre combustión y comportamiento humano” en al menos un yacimiento arqueológico de 1,5 millones de años de antigüedad en la Formación de Koobi Fora, en el noroeste de Kenia. Y es muy posible que esa asociación también se produjese en otros dos lugares próximos y de la misma época. Es muy difícil contar con pruebas del uso controlado del fuego tantos miles de años atrás. Pero los hallazgos en Koobi Fora apoyan una hipótesis que, como la de Wrangham, resulta muy atractiva por sus fundamentos fisiológicos y, por qué negarlo, por lo que a muchos nos gusta la buena cocina.

Fuente: Hlubik S, Cutts R, Braun D R, Berna F, Feibel C S & Harris J W K (2019): Hominin fire use in the Okote member at Koobi Fora, Kenya: New evidence for the old debate. Journal of Human Evolution 133: 214-229.


Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

3 comentarios

  • Avatar de Txema M.

    Este es un tema interesantísimo que siempre me ha dado que pensar, preguntar y comentar. No sabía de este libro. El fuego es un fenómeno natural que nosotros, las personas, hemos convertido en instrumento desde hace mucho, mucho tiempo. Creía que este era uno de los rasgos exclusivos que nos separan a los humanos de otros animales, pero hay un insistente rumor, que desconozco qué pueda tener de cierto, que dice que algunas aves (creo que hablan de córvidos) pueden colaborar en la propagación de incendios forestales portando briznas con brasas a lugares cercanos. Estas briznas prenderían nuevos fuegos (más pequeños, menos peligrosos al comienzo) que provocarían la huída de pequeños animales que serían entonces depredados por las aves.

    Ya sé que te hago preguntas enrevesadas, Iñako. Lo siento, pero me encantaría saber si has oído o leído algo de esto. ¿Será una información fiable, que provenga de alguna observación directa? ¿O será un mito absurdo extendido entre gentes del campo, como el de la serpiente que mama de los pechos de mujeres dormidas? En la mili tuve una discusión con un campesino que juraba y perjuraba que era un hecho cierto (lo de la serpiente).

  • Avatar de Txema M.

    Pues ahora estoy seguro de que leí la página que citas, pero sólo me quedó un recuerdo vago. A pesar de que se insiste en la más que plausible veracidad de las declaraciones de testigos, algo en mis prejuicios me hizo olvidar esa información. Mucho tiempo llevo pensando en el fuego como fenómeno natural que sólo ha sido potenciado (propagado, mantenido o iniciado) por humanos o protohumanos, lo que debería ser un rasgo diferencial de nuestro género. Eso me ha debido crear el prejuicio que digo.

    Lo de los prejuicios es horrible. Te altera los recuerdos. No hace mucho tuve una pequeña discusión con Arsuaga, al que le dije que había leído una información en un número antiguo de Investigación y Ciencia. No creyó que lo que yo le decía haber leído fuera posible. Yo insistí, no en la veracidad del hecho, sino en haberlo leído de fuente fiable. La cosa quedó así, hasta que encontré por fin el artículo (hoy agotado en papel ¡y en PDF!). Arsuaga tenía toda la razón. No había nada de nada en el artículo que se pudiera interpretar en el sentido que yo le dí y que por muchos años dí por cierto, tanto que ese artículo lo cité en varios trabajos de estudiante en la Universidad sin que nadie me dijera absolutamente nada. Por detrás de este prejuicio estaba, sin duda, una de las ideas principales que centran mi pensamiento, la de que la solidaridad, el trabajo en común, el compartir, son actitudes claves para nuestra supervivencia y lo fueron también para nuestra evolución. Vaya decepción (y sorpresa) comprobar que el dato concreto que yo daba por significativo no se había producido nunca.

    Si antes me fiaba poco de mi memoria (de niño era un monstruo memorístico), ahora mucho menos. ¡Qué mala es la edad!

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