Petra: donde la Geología esculpe la historia

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Petra: donde la Geología esculpe la historia

Cuando Indiana Jones buscaba el Santo Grial, acabó cabalgando por el desierto de Jordania hasta atravesar un estrecho desfiladero que le llevó a los pies de una auténtica maravilla arqueológica: la fachada de Al Khazneh, más conocida como “el Tesoro” de Petra.

Situada al suroeste de Jordania, la ciudad de Petra fue fundada hace más de 2000 años por el reino nabateo, convirtiéndola en su capital gracias al fabuloso enclave estratégico de este lugar como punto de unión de varias caravanas comerciales del próximo oriente de aquella época. Pero lo que más destaca de Petra es que, para construir sus edificios, los nabateos decidieron excavar directamente en las rocas que rodean este valle desértico, aprovechando la enorme belleza natural de este lugar. Y, como siempre, eso es gracias a la geología.

Fachada de Al Khazneh o “el Tesoro” de Petra. Foto: MrPanyGoff / Wikimedia Commons

Estas rocas se formaron hace entre 540 y 480 millones de años, en unos Periodos geológicos llamados Cámbrico y Ordovícico. En aquella época, esta zona era atravesada por enormes ríos de un tipo llamado braided, o trenzado, que se caracteriza por tener un montón de canales, poco profundos y bastante rectilíneos, que se cruzan entre sí y portan un agua bastante energética capaz de arrastrar granos de arena incluso muy gruesos, con más de 1mm de diámetro. Estos materiales se acumulan en los márgenes de los canales formando unas estructuras alargadas llamadas barras, que tienen la particularidad de ir cambiando su morfología con el paso del tiempo, de acuerdo a la cantidad y energía del agua, ya que puede ir moviendo los granos de arena a su antojo. Estos cambios quedan marcados en la estructura interna de las barras en forma de laminaciones, ondulaciones y bandeados.

Aspecto de un río de tipo trenzado de Nueva Zelanda, donde se observan los canales entrecruzados y el desarrollo de barras de sedimentos entre ellos. Foto: Greg O’Beirne / Wikimedia Commons

Con el paso de millones de años, estas arenas quedaron enterradas y fueron compactadas hasta convertirse en unas rocas llamadas areniscas (sí, es una de estas ocasiones en que el nombre de la roca es una chuleta sobre su origen). Y con el transcurso de unos cuantos millones de años más, estas rocas salieron a la superficie debido a los movimientos internos de la corteza terrestre. En concreto, Petra está situada muy cerca del límite entre las placas tectónicas Arábiga y del Sinaí, que se están separando muy lentamente, pero con la suficiente paciencia y tiempo para generar ascensos, basculamientos y numerosas fracturas en las areniscas.

Rocas areniscas situadas en el cañón de entrada al yacimiento arqueológico de Petra que presentan laminación interna (las líneas ligeramente inclinadas hacia la derecha de la imagen), erosión diferencial (resaltes, depresiones y cavidades) y cambios de coloración fruto de la composición química de los minerales. Foto: Pedro Krtička / Wikimedia Commons

Pero la tectónica no es la única que ha tenido su papel en la formación del paisaje. En los últimos cientos de miles de años, las lluvias torrenciales que atraviesan puntualmente los cañones como enormes arroyos que arrastran todo a su paso, el incesante viento que golpea las rocas de continuo e, incluso, el hielo que se forma y se descongela en el interior de pequeñas fracturas en las areniscas, han modelado el entorno con la misma precisión que el pueblo nabateo. En concreto, los agentes meteorológicos han provocado lo que se denomina una erosión diferencial en esta zona: los materiales geológicos más resistentes han quedado como resaltes, mientras que los menos compactos han sido arrastrados de su lugar original, dejando depresiones y cavidades entre las rocas.

He dejado para el final la explicación a la cualidad más llamativa de la arenisca de Petra, sus coloraciones. Y aquí entra en juego la composición mineral. Esta roca está compuesta, en su mayoría, por granos de cuarzo, que le aportan una coloración blanquecina o ligeramente grisácea. Pero en muchos niveles aparecen abundantes óxidos de hierro, que adoptan tonos rojizos, anaranjados, rosados e, incluso amarillos; y óxidos de manganeso, con colores negros y morados. Según como se distribuyan estos minerales a lo largo de las rocas, podemos encontrar bandeados e intercalaciones en las areniscas que recuerdan a curiosos arco iris pétreos.

Aunque los nabateos no lo sabían, la Geología fue la que les llevó a construir la capital de su reino en este lugar. Aprovecharon las fracturas del terreno para diseñar la localización de sus edificios, utilizaron la diferente dureza de las rocas para tallar con precisión los monumentos, y jugaron con las tonalidades de los materiales para darle un aire casi místico a los cambios de brillo y de color en esas paredes. Pero la Geología también tendrá parte de la culpa de la desaparición de este yacimiento arqueológico Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, ya que la tectónica y la erosión fruto de los agentes meteorológicos seguirán actuando, sin prisa pero sin pausa, hasta acabar con todo rastro de alteración humana en estas rocas dentro de cientos o miles de años. Hasta entonces, podremos seguir disfrutando de esta auténtica maravilla natural, sorprendiéndonos al descubrirla por primera vez de la misma manera que hizo Indiana Jones en la película.

Sobre la autora: Blanca María Martínez es doctora en geología, investigadora de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y colaboradora externa del departamento de Geología de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la EHU

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