Pollitos, efecto bouba-kiki y el origen del lenguaje humano
En 1947, el psicólogo alemán Wolfgang Kölher, uno de los principales teóricos de la Escuela de la Gestalt, describió que los humanos adultos tienen tendencia a asociar formas redondeadas con la seudopalabra “maluma”[1] y formas puntiagudas o angulosas con otra seudopalabra, “takete”. Esto se interpretó como una evidencia de que la relación entre sonido y significado no tiene por qué ser arbitraria. Otros estudios confirmaron este fenómeno, que fue renombrado en 2001 como efecto bouba-kiki, seudopalabras que generan la misma tendencia hacia formas redondeadas o angulosas, respectivamente (Figura 1).

El efecto bouba-kiki se detecta ya a edades muy tempranas del desarrollo humano y se observa en diferentes culturas, lenguas y contextos. Sin embargo, gorilas y chimpancés, en un estudio que usaba diferentes pares de seudopalabras, tales como nono/kiki, momo/sisi o lulu/fefe, no mostraron ninguna preferencia a la hora de asociarlas con formas concretas. Los humanos, en cambio, superaron esa misma prueba sin problema. El célebre bonobo Kanzi, capaz de asociar 300 palabras inglesas con sus formas correspondientes, tampoco tuvo éxito en el ensayo bouba-kiki.
¿Por qué los humanos manifestamos esta sorprendente tendencia? Se han propuesto diversas explicaciones. Por ejemplo, es posible que intuyamos que palabras con “o” o “u” se corresponden con la redondez de los labios al pronunciarlas, mientras que pronunciamos las “e” e “i” con las comisuras labiales formando un ángulo más pronunciado.
El efecto bouba-kiki y otros estudios de asociación sonido/forma sugerían que antes de que nuestros antepasados establecieran un lenguaje hablado convencional, asociaciones más o menos instintivas entre sonidos y formas podrían haber proporcionado conexiones rudimentarias entre protopalabras y significados. El hecho de que los demás homínidos (bonobos, chimpancés y gorilas) no muestren estas asociaciones apuntaría en esa dirección: el efecto bouba-kiki procedería de las raíces más profundas del lenguaje hablado humano.
Por este motivo, el estudio recién publicado en la revista Science por tres psicólogas de la Universidad de Padua ha supuesto una auténtica sorpresa, por no decir una verdadera conmoción. Pollitos recién salidos del cascarón y pollitos con tres días de vida superan un test de efecto bouba-kiki.
En un primer experimento, los pollitos de tres días de edad aprendieron que si se acercaban a figuras ambiguas (con formas redondeadas y angulosas) recibían una recompensa. Una vez entrenados, los pollitos fueron enfrentados a dos figuras, una redondeada y otra angulosa, sin ninguna recompensa. Al mismo tiempo un altavoz repetía “bouba”o “kiki”. En esas condiciones, los pollitos se acercaron mayoritariamente a la forma redondeada cuando escuchaban “bouba” y a la angulosa cuando se les repetía “kiki” (Figura 2). La diferencia fue estadísticamente significativa. Como control, otros pollitos hicieron el experimento en silencio o con música, y no mostraron preferencias por ninguna forma.

En el segundo experimento, pollos de un día de edad fueron colocados frente a un monitor en el que durante media hora y cada 10 segundos se mostraba una figura ambigua (redondeada y angulosa) diferente. Tras media hora de descanso, el monitor mostró figuras redondeadas y angulosas mientras que los altavoces repetían “bouba” o “kiki”. Cuando sonaba la primera seudopalabra, los pollos dedicaron unos 200 segundos de media a explorar la forma redondeada, mientras que solo exploraron la segunda unos 57 segundos. Si escuchaban “kiki” la exploración de la forma angulosa les llevó 144 segundos de promedio, y solo dedicaron 44 segundos a la redondeada (Figura 2).
Estos resultados sugieren que algún tipo de asociación sonido/forma se extiende mucho más allá de los seres humanos y del lenguaje hablado. El efecto bouba-kiki podría pertenecer a un conjunto de asociaciones innatas entre sistemas sensoriales compartido con otras especies. Esta posibilidad plantea tantas incógnitas que sin duda impulsará más investigaciones en el futuro. Por ejemplo, será necesario insistir en los experimentos con primates y otros mamíferos, así como confirmar con más ensayos lo observado por las investigadoras de Padua. Parece improbable que el efecto bouba-kiki se haya desarrollado independientemente en aves y humanos, por tanto, ¿será posible detectarlo en reptiles?
Referencias
Loconsole, M., Benavides-Varela, S., Regolin, L. (2026) Matching sounds to shapes: Evidence of the bouba-kiki effect in naïve baby chicks Science doi: 10.1126/science.adq7188
Sobre el autor: Ramón Muñoz-Chápuli Oriol es Catedrático de Biología Animal (jubilado) de la Universidad de Málaga.
Nota:
[1] Nada que ver con el cantante colombiano, que compuso su nombre artístico con las primeras sílabas del nombre de sus padres y hermana.
