
Nuestro planeta está plagado de líneas invisibles. Algunas, como las fronteras de los países, son simples constructos humanos que se ajustan a motivos políticos, religiosos, económicos o sociales que dependen de la época; otras son más permanentes y se intuyen fácilmente por razones geofísicas gracias a cauces de ríos o grandes cordilleras, pero también existe un tercer grupo de marcas invisibles que requieren más atención y estudio para ser desveladas.
En el siglo XIX, y durante algo más de ocho años (1852-1864), el naturalista británico Alfred Russell Wallace viajó al archipiélago Malayo en una expedición científica en la que desarrolló su propia idea de evolución y donde descubrió una de las líneas invisibles más célebres de todo el planeta. Wallace se percató de que, a pesar de la proximidad geográfica y la relativa similitud climática, la fauna y la flora de las islas al norte del archipiélago eran radicalmente diferentes a las que poblaban las islas más al sur. Hoy la conocemos como «Línea de Wallace» y representa la división entre la fauna de Asia y la de Oceanía. De esta manera en Bali podemos encontrar monos, tigres, rinocerontes, propios de la fauna asiática, mientras que en Lombok, a solo doscientos kilómetros de distancia, encontramos mamíferos marsupiales, aves casuariaformes o murciélagos característicos de la fauna australiana.
Sin embargo, en esta línea divisoria que dispersa la biodiversidad de una manera tan sutil como drástica, existe una notable excepción: el cerdo, un animal omnipresente en todo el archipiélago e indiferente a esa marca de separación. Las poblaciones de cerdos se encuentran a ambos lados de la Línea de Wallace y se extienden por el Sudeste Asiático hasta Nueva Caledonia, Vanuatu y la remota Polinesia, un inesperado éxito geográfico que nos presenta una historia más humana que porcina. Un reciente estudio genético, publicado hace solo unos días en la revista Science, confirma que fueron los seres humanos quienes, a lo largo de decenas de miles de años, trasladaron deliberadamente cerdos de isla en isla, dejando en su ADN un registro silencioso de nuestras propias migraciones.

El estudio ha sido realizado por un numeroso equipo internacional de investigadores, que abarca más de 50 autores, que en los últimos años han recopilado datos genéticos de 117 cerdos, incluyendo tanto ejemplares actuales como muestras antiguas, complementándolos con datos morfométricos de otras 700 muestras, modernas y arqueológicas. Para completar el trabajo acudieron a diferentes bases de datos añadiendo datos de 585 genomas mitocondriales publicados. Tras el análisis y comparación de todo el material los autores concluyeron que, «durante milenios, pueblos de diferentes culturas han trasladado cerdos por todo el sudeste asiático» logrando además reconstruir ese desplazamiento, identificando en qué momento llegaron a ciertas islas y cómo pudieron cruzarse con otras especies de cerdos autóctonos».
Las pistas más antiguas nos las ofrecen los antiguos pobladores de Sulawesi (Célebes) que hace 50.000 años dejaron las primeras pinturas rupestres representando cerdos verrugosos (Sus cebifrons) e iniciando las migraciones más tempranas, transportando esta especie hasta lugares tan lejanos como Timor, posiblemente para establecer futuras reservas de caza.
El proceso de introducción de cerdos en las islas del Sudeste Asiático experimentó una brusca aceleración hace unos 4000 años, cuando las primeras comunidades agrícolas se desplazaron llevando consigo sus cerdos domésticos en un viaje transoceánico «que comenzó en Taiwán, se extendió por Filipinas, el norte de Indonesia (Maluku), Papúa Nueva Guinea y las islas periféricas hasta Vanuatu y la remota Polinesia». Muchos de estos cerdos domésticos escaparon y se asilvestraron, en algunos casos, como en las islas de Komodo, hibridándose con los cerdos verrugosos, traídos por los habitantes de Célebes miles de años antes. Finalmente, los autores también han encontrado evidencias de la introducción de cerdos europeos ya en periodo colonial.
Este éxito geográfico del cerdo no se entiende sin la intervención humana. Sin nuestras propias migraciones los cerdos nunca habrían podido cruzar la barrera natural de la Línea de Wallace y mucho menos grandes océanos. Por su parte, estos animales se convirtieron en una fuente muy popular de alimento para los seres humanos, sirvieron como reservas vivas de proteínas durante los largos viajes por mar y, culturalmente, fueron tratados de maneras muy diferentes por los diferentes pueblos donde llegaron.

El estudio resulta interesante por muchos motivos. En primer lugar nos permite seguir la historia humana de migraciones marítimas gracias a la genética de los animales que nos acompañaron en esos viajes. Esta historia no trata solo de cerdos, nos habla de las personas, de nuestras migraciones, de nuestra capacidad para navegar océanos. El ADN de estos animales funciona como un archivo biológico, capaz de narrar la expansión humana por uno de los paisajes más complejos del mundo, el mosaico de islas entre Asia y Australia. Cada cerdo transportado, cada cruce accidental o deliberado, es un testimonio de la interacción profunda y temprana entre los humanos y su entorno, un vínculo que ha dejado una huella genética que perdura hasta nuestros días y que nos recuerda que la historia de la humanidad siempre ha estado entrelazada con la vida de otras especies.
En este aspecto, el profesor Laurent Frantz de la Universidad Queen Mary de Londres y autor principal del artículo, explica en EurekAlert: «Es muy emocionante poder usar ADN antiguo de cerdos para desvelar las capas de actividad humana en esta región de gran biodiversidad». Pero Frantz añade una nueva capa de interés abriendo nuevas cuestiones: « ¿En qué momento consideramos algo nativo? ¿Qué pasaría si la gente introdujera especies con decenas de miles de años de antigüedad? ¿Merece la pena dedicar esfuerzos de conservación?».
Esto nos lleva a la segunda cuestión que aborda la biodiversidad. Los cerdos presentes en todo el archipiélago «poseen en la actualidad estatus e impactos radicalmente diferentes según las islas: algunos son considerados seres espirituales, otros plagas, mientras que algunos están tan arraigados en los ecosistemas locales que casi podrían considerarse nativos. Una política de conservación eficiente deberá abordar estas complejidades, yendo más allá del paradigma tradicional de conservar únicamente la fauna nativa».
Referencias científicas y más información:
Stanton, David W. G., et al. (2026) Genomic and Morphometric Evidence for Austronesian-Mediated Pig Translocation in the Pacific Science doi: 10.1126/science.adv4963.
Queen Mary University of London «How people moved pigs across the Pacific» EurekAlert (2026)
Sobre el autor: Javier «Irreductible» Peláez es escritor y comunicador científico. Autor de «500 Años de Frío» (2019) y «Planeta Océano» (2022). Es ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital.
