La superficie oculta de la Antártida en un nuevo mapa con detalles sin precedentes

La Antártida ocupa más de 14 millones de kilómetros cuadrados, es el cuarto continente en extensión y supera, por un amplio margen, a Oceanía o Europa. Rodeada por los tres grandes océanos, se nos presenta como una gran mancha blanca que alberga cerca del 70% del agua dulce mundial en forma de hielo que se acumula, capa tras capa, alcanzando espesores que llegan a superar los cinco kilómetros. Su verdadera topología, su verdadero rostro, se encuentra sepultado bajo un manto helado difícil de intuir… al menos desde la superficie.
Como hemos podido comprobar en anteriores artículos de esta sección, una de las mejores formas de estudiar nuestro planeta es desde la distancia que nos brinda el espacio y, en el caso que nos ocupa, contamos ya con más de cincuenta años de estudio satelital de la Antártida. En 1972 se lanzó el Nimbus 5 (posteriormente se amplió con el Nimbus 7 en 1978) que incorporaba un Radiómetro de microondas de barrido eléctrico (ESMR), un eficaz instrumento que lo convirtió en el primer satélite capaz de medir el hielo marino a gran escala. Sus datos fueron cruciales para la publicación de los primeros estudios sobre la distribución y la extensión tanto de la banquisa antártica como del hielo continental.
Desde entonces, y casi cada década, los investigadores han publicado los avances en el estudio de la esquiva mancha blanca. Treinta años de estudio satelital de la Antártida, cuarenta años de estudio satelital de la Antártida… el tiempo pasa y, siendo sinceros, la superficie real del continente helado sigue siendo un misterio. En un reciente artículo, publicado en Science hace unos días, sus autores se preguntaban «¿Qué sabemos sobre los paisajes bajo el hielo de la Antártida?… Menos de lo que sabemos sobre Mercurio».

Tras cinco décadas de trabajo espacial contamos con toneladas de datos satelitales y parece que la clave ahora se encuentra en desarrollar formas y tecnologías más ingeniosas para interpretar esos datos, aprovechando nuevos algoritmos y modelos computacionales que, combinados con mediciones sobre el terreno y los abundantes datos desde el espacio, nos permitan cartografiar la topografía subglacial del continente … eso es precisamente lo que han logrado dos equipos de investigadores en sendos artículos, publicados en Science (1 y 2), presentando uno de los mapas de la superficie antártica con más detalle hasta la fecha.
La nueva técnica utilizada se ha denominado IFPA, que se corresponde con las siglas en inglés de Análisis de Perturbación del Flujo de Hielo y analiza cómo el hielo se deforma o fluye para inferir la forma del lecho rocoso subyacente. Al combinar los patrones de superficie observados desde el espacio con datos de grosor del hielo, los científicos han podido intuir las huellas que el terreno deja en el hielo que lo cubre.
A grandes rasgos, es como intuir las formas del colchón a partir de las arrugas que deja en la sábana superior que lo cubre o, utilizando una metáfora más fluida, «es un poco como si estuvieras haciendo kayak en un río y hubiera rocas debajo del agua; a veces hay remolinos en la superficie que te pueden dar información sobre las rocas del fondo […] Obviamente, el hielo fluye de manera diferente al agua, pero aun así, cuando el hielo fluye sobre una cresta o una colina en el lecho rocoso y eso se manifiesta en la topografía de la superficie, pero también en la velocidad. Nuestro mapa IFPA del paisaje subglacial de la Antártida revela que podemos inferir un enorme nivel de detalle sobre la topografía subglacial de la Antártida a partir de observaciones satelitales de la superficie del hielo, especialmente si las combinamos con observaciones del espesor del hielo realizadas mediante estudios geofísicos y satelitales», explican sus autores en Science y Phys.org.
Los detalles de estos estudios son fascinantes y muestran que, bajo la capa helada que cubre el 98% del continente, existe un paisaje increíblemente variado, con montañas, valles profundos, cuencas y colinas que antes eran desconocidos o interpretados de forma muy simplificada. El nuevo mapa revela casi 72 000 colinas distribuidas por todo el continente, más del doble de las identificadas en mapas anteriores, y un valle subglacial de casi 400 km de longitud en la cuenca de Maud.

Mirar bajo la sábana blanca de la Antártida no es un ejercicio de mera curiosidad, es una labor imprescindible para comprender eventos presentes y futuros que nos afectarán a todos. Este paisaje oculto influye directamente en cómo se mueve el hielo y, por tanto, en cómo responde el casquete antártico al cambio climático. La rugosidad del terreno afecta a la fricción que el hielo experimenta al desplazarse, y determina (en buena parte) la velocidad con la que puede fluir hacia el océano y contribuir al aumento del nivel del mar.
Por supuesto, este nuevo mapeo de la topografía bajo el hielo no es una versión final pero, tal y como afirma Robert Bingham, coautor y glaciólogo de la Universidad de Edimburgo, «Ya no estamos tan a ciegas, ahora tenemos una idea más clara de dónde el lecho se presenta más irregular y donde sería necesario realizar más estudios que desvelen con más detalle sus características». Un buen paso adelante ya que, además, nos ofrece una nueva base para calibrar y mejorar los modelos que predicen el futuro del hielo antártico.
Referencias científicas y más información:
H. Ockenden, R. G. Bingham, et al. (2026) Complex mesoscale landscapes beneath Antarctica mapped from space Science doi: 10.1126/science.ady2532
Duncan A. Young, et al. (2026) Uncovering Antarctica’s ice-draped landscape Science doi: 10.1126/science.aee4245
Mark Poynting, Erwan Rivault «Landscape beneath Antarctica’s icy surface revealed in unprecedented detail» BBC (2026)
Sobre el autor: Javier «Irreductible» Peláez es escritor y comunicador científico. Autor de «500 Años de Frío» (2019) y «Planeta Océano» (2022). Es ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital.
