De las glaciaciones

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De las glaciaciones

Los Études sur les glaciers de Jean Louis Rodolphe Agassiz, publicado en 1840, fue uno de los libros que cambiaron la forma en la que los geólogos consideraron la evolución de la corteza terrestre y del propio planeta y, posteriormente, en la que los biólogos y antropólogos consideraron la evolución en general y del Homo sapiens en particular. En él se consideraba por primera vez la posibilidad de que hubiese tenido lugar una Edad de Hielo en el pasado geológico reciente.

A principios del siglo XIX casi toda la investigación geológica se había realizado en el noroeste de Europa. En este área se encuentra una capa gruesa de arcilla y cantos rodados que cubre el lecho rocoso, también grandes rocas a distancias apreciables de los estratos a los que pertenecen (bloques erráticos), rocas expuestas que muestran largos arañazos paralelos y restos de playas primitivas muy por encima del nivel del mar. Todas estas pruebas apoyaban la hipótesis, pero nadie (ni Venetz, ni Charpentier, ni de Saussure, ni Schimper, estudiosos todos ellos de los glaciares) había conectado los puntos y, si lo había hecho, no se había atrevido a publicarlo. La explicación admitida es que todos esos datos se correspondían con una gran inundación.

La mayoría de los naturalistas aún creían que la Tierra era muy joven (véase De la edad de la Tierra), por lo que valoraban tanto los textos escritos en la antigüedad como sus propias observaciones a la hora de elaborar hipótesis. La gran inundación aparecía mencionada, por ejemplo, en Metamorphoses, donde Publius Ovidius Naso recogía historias mitológicas griegas, y en el Génesis bíblico. A esto se añadía que los geólogos estaban convencidos a comienzos del XIX de que la Tierra venía enfriándose desde su origen, por lo que una inundación era más plausible que una edad de hielo.

Louis Agassiz se basó en el trabajo de los especialistas en glaciares que mencionábamos antes para reinterpretar los datos y argumentar que la mayor parte de Europa estuvo cubierta por una masa de hielo. En los años sesenta del siglo, incluso los geólogos más reacios como Charles Lyell aceptaban, a regañadientes, la idea.

Agassiz se limitó a constatar un hecho; nunca dio una explicación del origen de la Edad de Hielo. La mejor explicación del XIX la dio en 1875 un escocés autodidacta llamado James Croll en un libro titulado Climate and Time. En él Croll sugería que ya que la forma de la órbita de la Tierra había venido cambiando debido a las interacciones gravitacionales con los demás planetas los cambios en elipticidad provocaban, no una, sino repetidas edades de hielo. Una de las consecuencias de esta hipótesis es que las glaciaciones en un hemisferio se corresponden con periodos interglaciares en el otro.

Los científicos comenzaron pronto a usar las glaciaciones para solucionar otros problemas. Así, por ejemplo, explicaron los conocidos cambios en el nivel del mar observados en la costa del Báltico por el atrapamiento de agua de mar en forma de hielo o por la depresión de la corteza bajo el peso del hielo (véase De la isostasia); sugirieron que los humanos habían alcanzado Norteamérica cruzando a pie un puente de hielo desde Eurasia; o explicaron buena parte de la prehistoria humana fuera de África como una serie de adaptaciones a las condiciones de vida del límite sur de la capa de hielo euroasiática.

Para los años veinte del siglo XX, los datos recogidos por el United States Geological Survey y los estudios de las terrazas de grava de los ríos europeos, llevaron a los científicos a varias conclusiones. La primera es que la Gran Edad de Hielo, la de Agassiz, realmente habría tenido cuatro fases diferentes de avance y retroceso. La segunda es que estas cuatro fases eran observables en ambos hemisferios, por lo que la hipótesis de Croll era insostenible.

La radiación recibida por la Tierra seguía siendo la principal hipótesis de trabajo para explicar el origen de las glaciaciones. Milutin Milánkovich calculó la radiación recibida en ambos hemisferios en varios momentos en último medio millón de años. Si bien estos estudios permitieron conocer mejor el clima de la Tierra (insolación, ciclos de Miláncovich), no terminaban de cuadrar con las cuatro etapas de la Edad de Hielo observadas.

Tras la Segunda Guerra Mundial la idea de las cuatro etapas tuvo que ser abandonada a la vista de los nuevos datos aportados por el estudio de los fondos marinos. Las correlaciones entre las edades de los fondos, su paleomagnetismo, y su temperatura en el momento de la formación apuntan a una historia más compleja que parece encajar algo mejor con los ciclos de radiación. Aún así, a día de hoy no existe aún una explicación completamente satisfactoria del origen de las glaciaciones.

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

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