De los organismos

Experientia docet

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A finales del siglo XVIII un número creciente de naturalistas afirmaba que los seres vivos poseen rasgos que los distinguen claramente de los objetos inanimados. La principal de estas características sería la “organización” interna que mostraban tanto animales como plantas. Los naturalistas comenzaron a referirse a ellos como “organismos”, una denominación que reestructura la división tradicional de la naturaleza en tres reinos, haciendo énfasis en una separación entre lo vivo y lo no vivo que aún perdura.

Alrededor de 1800 naturalistas como Georges Cuvier entendían “organización” como la disposición interna de los órganos considerada como necesaria para que el conjunto exhibiese las características fundamentales de la vida. Según Cuvier la anatomía comparada de animales y plantas ponía de manifiesto la existencia de reglas que regían la dependencia mutua de las partes. Estas reglas eran tan exactas como las que aparecían en las ciencias físicas.

Estas reglas tuvieron una enorme influencia mucho más allá del programa de Cuvier. La ley de la “subordinación de los caracteres”, por ejemplo, aseguraba que las peculiaridades observadas en los órganos principales de una planta o animal permitía a los anatomistas predecir la estructura del resto del organismo; sólo algunos caracteres podían ligarse a determinados órganos principales para asegurar la “correlación de las partes” necesaria para hacer la vida posible.

Los paleontólogos usaron reglas similares a lo largo de todo el siglo XIX en sus esfuerzos para reconstruir toda la diversidad de organismos extintos a partir de unos restos fósiles parciales y dispersos.

Según Cuvier las leyes de organización, al limitar estrictamente el rango de cambios permitidos, hacen imposible la evolución. Sin embargo, para un contemporáneo de Cuvier, Jean-Baptiste de Lamarck, los “movimientos orgánicos” propios de los “fluidos” activos dentro de los seres vivos causaban cambios constantes en su organización. Estos cambios podían pasarse de generación en generación, acumulando sus efectos y produciendo una tendencia hacia una organización aún más compleja de estos seres vivos. Los “fluidos” habrían dado forma gradualmente a los organismos que conocemos hoy.

Uno de los mayores retos a los que tuvo que enfrentarse Charles Darwin en las décadas centrales del siglo XIX fue reconciliar la visión evolutiva de la vida con el concepto ortodoxo de organización establecido por la tradición anatómica y enriquecido por los descubrimientos de la embriología. Sería el darwinismo, más que el propio Darwin, quien superaría el reto.

Los descubrimientos en biología como la consolidación de la teoría celular en la década de 1830, los logros de la bioquímica a partir de mediados del siglo XIX y el redescubrimiento de las leyes de Mendel en 1900, contribuyeron sobremanera a modificar el concepto de organismo.

Para los años veinte del siglo XX lo que constituía un organismo, y que recomendaba una aproximación antimecanicista al concepto, era una organización compleja, especializada y jerárquica, que coordina estructuras y funciones que implican a órganos, tejidos, células, cromosomas y proteínas, considerados los portadores de las especificidades de géneros y especies.

A lo largo del siglo XX, y siguiendo una larga tradición, la metáfora de la organización continuó favoreciendo intercambios conceptuales entre las ciencias biológicas y las sociales, basados en la idea de que en ambos campos las relaciones son tan importantes como los constituyentes.

Después de la Segunda Guerra Mundial los conceptos generados por las ciencias de la información empezaron a apuntar a nuevas formas de usar la metáfora.

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

2 comentarios

  • […] intuitivo. Esto pasa con la palabra organismo para referirse a los seres vivos, como vemos en De los organismos. Y ocurre también con el demonio de Maxwell si dejamos que sea sólo de Maxwell y nos olvidamos de […]

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