La verdadera composición última del universo (II): Verdad verdadera

Viene de Más allá del modelo estándar

A lo largo de, literalmente, miles de años se han acumulado teorías que han intentado dar una respuesta a la pregunta “¿qué hace que una afirmación sea verdadera?”. Desde ya podemos decir que no existe una respuesta definitiva, después de tanta discusión no se ha llegado a un consenso. Pero eso no nos preocupa ahora. Para nuestros fines es suficiente saber que existen dos grandes conjuntos de teorías de la verdad, que llamaremos correspondiente y coherente. Aunque existen más teorías de la verdad que no encajarían completamente en estos dos grupos, entre los dos cubren la mayor parte de las ideas sobre el tema.

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Según las teorías correspondientes lo que hace a una afirmación (o creencia) verdadera es que se corresponde con una realidad independiente y objetiva, completamente independiente de nosotros y que no depende de lo que creamos o dejemos de creer. Lo que hace a una afirmación falsa es que no se corresponde con esa realidad independiente y objetiva. Para muchos científicos esta es la posición que asumen por defecto: casi todos, por no decir todos, creen en la existencia de una realidad “real” y cognoscible. Pero, ¿es esto así?

Por otra parte, las teorías coherentes dicen que lo que hace una afirmación (o creencia) verdadera es que es coherente con una colección amplia de creencias, y lo que hace a una afirmación falsa es que no es coherente con esta amplia colección de creencias. La mayor parte de lo que un científico sabe, o cree que sabe, curiosamente, son afirmaciones coherentes con un conjunto de creencias y no otra cosa. Es esta idea la que justifica a Kuhn para hablar de paradigmas y cambios de paradigma, por ejemplo.

Las teorías coherentes necesitan especificar de quién son las creencias que se tienen en cuenta a la hora de contrastar la veracidad de una afirmación. Si las creencias son las de una sola persona estamos ante una teoría coherente individualista: una creencia será verdad para una persona si encaja con su sistema particular de creencias. Análogamente existen teorías coherentes grupales, en las que las creencias son las de un grupo: aquí encontramos las verdades religiosas, las verdades pseudocientíficas, las verdades de sentido común de una sociedad concreta, etc. Una clase especial de teoría coherente grupal es la que constituyen las teorías coherentes basadas en la ciencia, cuyo sistema de creencias se fundamenta en las actitudes científicas, entre ellas la construcción del consenso científico.

Los problemas de las teorías de la verdad

A primera vista parece que una teoría correspondiente verdad-realidad es lo correcto. Después de todo, ¿qué hay más natural que dejarse llevar por el sentido común? Pero no es tan fácil; hay problemas graves en estas teorías de la verdad. Y el mayor de ellos es, precisamente, la referencia a la realidad.

También según nuestro sentido común todos sabemos como funciona la percepción, tanto que lo damos por sentado. Nuestros sentidos nos proporcionan representaciones elaboradas por nuestro encéfalo (en el caso de la visión, las representaciones son imágenes, algunas veces en movimiento) de cosas del mundo exterior. Pero esto implica que todos nosotros, en este sentido, estamos aislados del mundo. En concreto, no hay forma para nosotros de saber si estas representaciones suministradas por nuestros sentidos y elaboradas por nuestro encéfalo son fieles a la realidad. Podríamos perfectamente estar en Matrix y no tendríamos forma de saberlo. En resumen, no tenemos forma de saber cómo es la realidad realmente.

Para salir de ese atolladero solipsista la única solución es recurrir al consenso científico, pero entonces nuestra teoría de la verdad ya no sería correspondiente, sino una teoría coherente basada en la ciencia.

Las teorías coherentes de la verdad también tienen sus problemas. Pero ninguno de ellos relevante para lo que sigue. Quedémonos pues con que la verdadera composición última del universo se establece por coherencia.

Nuestra incapacidad de acceder directamente al conocimiento de la realidad tiene como consecuencia inmediata que debamos poner en cuestión la misma existencia de la materia (y, por tanto, de la energía). Esto, completamente contrario al sentido común, es sin embargo lo que viene haciendo la ciencia desde hace siglos.

Sigue en La desmaterialización del universo

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

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