Si Felipe fuese nutricionista hablaría de la transición nutricional

Naukas

Recuerdo una tira de Quino en la que su adorable Mafalda dirigía una profunda reflexión cargada de valores a su compañero Felipe. Esta le decía, con toda la solemnidad propia de ese tipo de frases lapidarias:

– Es mejor morir de pie a vivir de rodillas.

Y Felipe, con toda la practicidad del mundo posible, pero preocupado, le respondía:

– ¿Y será muy deshonroso subsistir sentados?

Más en el ámbito de mis experiencias mi abuela sostenía que no suele ser cosa buena en absoluto aquello de pasar de la gran secada a la gran remojada. Y con este par de reflexiones a modo de preámbulo pretendo de alguna forma poner de relieve cómo ha afectado –y afecta- esto a las cuestiones nutricionales.

En el terreno nutricional, que es en el que yo me muevo, he observado que el devenir de los tiempos nos ha empujado a una de esas situaciones en las que no fueron mejores aquellas circunstancias propias de otro tiempo, ni tampoco lo son estas a las que hemos venido a parar. Y no se trata de una cuestión de inconformismo. A fuerza de ser sincero he de reconocer que tampoco es una observación demasiado original ya que esta cuestión ha sido descrita por muchos estudiosos bastante tiempo atrás. En cualquier caso me refiero a las consecuencias, al parecer inevitables, de eso que se llama transición nutricional.

Tomada de Da Silva R. et al. “Worldwide variation of adherence to the Mediterranean diet, in 1961-1965 and 2000-2003”
Tomada de Da Silva R. et al. “Worldwide variation of adherence to the Mediterranean diet, in 1961-1965 and 2000-2003”

Una buena parte de los ciudadanos actuales pueden acceder de primera mano al relato de las condiciones de vida propias de un tiempo no demasiado alejado (una generación o a lo sumo dos) que serían difícilmente comprensibles para los más jóvenes. Mis padres, sin ir más lejos, como hijos de mis abuelos, conocieron de primera mano la escasez de alimentos, las cartillas de racionamiento y las dificultades de una población, la de principios y mediados del siglo XX, situaciones que a día de hoy algunos solo podrían identificar con los dramas cinematográficos más amargos.

España ha sido el país en el que, dentro de su entorno actual, más tardó en producirse la transición nutricional. Un efecto que en la mayor parte de los países desarrollados acompañó en el tiempo a otras transiciones, la demográfica y la epidemiológica, en las que no voy a entrar, pero que en cualquiera de las casos se produjeron casi de forma sincrónica con aquella referida a las cuestiones nutricionales. La transición nutricional es por tanto una especie de resultado de las otras dos transiciones mencionadas y grosso modo implica el paso de un entorno de carestía alimenticia a otro de superabundancia; como he dicho que decía mi abuela, el pasar de la gran secada a la gran remojada… pero con alimentos.

Cartilla de racionamiento 1945 por Falconaumanni vía Wikimedia Commons
Cartilla de racionamiento 1945 por Falconaumanni vía Wikimedia Commons

En los inicios de nuestra transición nutricional, me refiero a las décadas de los años 50 y 60, aun convivían problemas nutricionales radicalmente opuestos. Por un lado, eran palpables aquellos relacionados con la carestía y, por el otro, aquellos novedosos en cuanto a su incidencia y que estaban vinculados al exceso y desequilibrio alimentario. No obstante, para el resto de países nuestro modelo transicional era digno de observación. En la mayor parte de los países observados hasta entonces la transición nutricional cursaba de forma indefectible con un incremento de la morbilidad y mortalidad debidas a las enfermedades cardiovasculares. En España, sin embargo, al menos al principio, sucedió lo que algunos dieron en llamar la “paradoja española”. Esta hipótesis sugería que la menor incidencia de la enfermedad cardiovascular observada en España estaba asociada a la sinergia de factores de riesgo (propios del exceso) y otros de carácter protector representados por los descriptores propios de la dieta mediterránea.

Sin embargo, más en nuestro tiempo, aquella aparente ventaja fruto de la paradoja española se ha ido diluyendo y tornando absoluta normalidad o paridad con los países vecinos. A lo largo del pasado más reciente, superado ya de largo el concepto de transición nutricional en España, aquel patrón mediterráneo seguido por buena parte de la población española ha ido perdiendo definición hasta el punto de sufrir una especie de destierro a medida que la “occidentalización y uniformidad dietética” gana adeptos, conquista espacios y deshace costumbres tradicionales con la misma profesional delicadeza que la de un buldócer.

En 2009 la revista Public Health publicó un estudio revelador en este sentido al observar el grado de adhesión de 41 países en virtud de un “índice de adecuación mediterráneo” (MAI por sus siglas en inglés). Además, y desde luego en mi opinión como uno de los datos más atractivos del estudio, se comparó la evolución en 40 años de ese índice. España no salió muy bien parada: en el periodo 1961-65 se le atribuyó un MAI de 3,35 dejando a España en el puesto 13 de 41 (el primero entonces fue para Grecia con un MAI de 5,54); para el periodo 2001-03 España descendió al puesto 21 y su MAI fue de 1,19 (entonces fue Egipto el que ocupaba el primer puesto con un MAI de 4,09). Estudios algo más recientes apuntan de nuevo hacia esta tendencia, es decir, la de que España (como tantos otros países) se aleja con paso firme y de gigante del perfil dietético mediterráneo.

Según la opinión de algunos expertos en la materia, esta deriva está en cierta medida propiciada por el llamado de forma genérica proceso de “coca-colonización” de nuestro estilo de vida, en clara referencia al efecto que tienen algunas empresas de la industria alimentaria en el abandono de aquellas tradiciones dietético-alimenticias más recomendables, favoreciendo el auge de las enfermedades degenerativas man-made frente al retroceso de aquellas de origen infeccioso y superadas tras la transición epidemiológica.

Hambruna rusa 1922 Autor desconocido. Fuente Wikimedia Commons
Hambruna rusa 1922 Autor desconocido. Fuente Wikimedia Commons

Resulta realmente inquietante constatar cómo en los albores científicos de la nutrición (entre el final del siglo XIX y mediados del siglo XX) los países desarrollados pudieron erradicar en su entorno las hambrunas en un relativamente corto periodo de tiempo y que, sin embargo, en nuestro tiempo, seamos incapaces de solucionar este de la sobre exposición alimentaria con el que llevamos conviviendo algunas décadas. Lo peor, a la luz del más reciente análisis de la situación publicado hace pocos meses por The Lancet es que ni tan siquiera es posible ralentizar esta negativa tendencia. Al menos, dice este resumen, con los recursos que hasta el momento se han destinado a esta cuestión que, como se pone de manifiesto en el citado trabajo, son claramente insuficientes e ineficaces.

¿Se enfrentarán las generaciones venideras a una nueva transición nutricional o retansición? Con toda sinceridad, creo que sí. Desconozco cuánto lejos nos queda el tocar fondo… o durante cuánto tiempo una vez alcanzado este nos arrastraremos por él… pero de lo que apenas tengo dudas es que más tarde o más temprano este esquema en el que la industria alimentaria marca el son de las administraciones sanitarias y por ende de las recomendaciones de salud, cambiará. Se necesitarán muchas Mafaldas y muchos Felipes… pero cambiará.

Este post ha sido realizado por Juan Revenga (@juan_revenga) y es una colaboración de Naukas con la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

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Fuentes citadas / consultadas:

  • Bernabéu-Mestre J., Barona Vilar J. L. “Nutrición, salud y sociedad; España y Europa en los siglos XIX y XX” Editorial: Seminari D’Estudis sobre la Ciencia. Universitat de Valéncia. Año de edición: 2011. ISBN: 978-84-370-8173-1

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