El papel viejo es amarillo

“Fábulas ascéticas (en verso castellano) II” de Tamara Feijoo Cid (2012). Gouache sobre papel, 36,5 x 28,5 cm

Tanto el dibujo como la escritura y, por ende, el lenguaje, son las formas de comunicación y abstracción más antiguas y definitorias del ser humano. Las palabras se las lleva el viento, se las lleva el tiempo, si no se garabatean sobre algún soporte. Si además este soporte no pudiese trasladarse y apilarse, como ocurría con los estáticos muros de las primitivas pinturas rupestres, el conocimiento seguiría permaneciendo y perteneciendo a un lugar. La evolución del soporte a través de la historia simboliza nuestro carácter social, nuestro afán por conservar y comunicar.

La invención de un soporte ligero sobre el que escribir, dibujar, almacenar y comunicar nuestro conocimiento a nuestra manera, sigue siendo, a día de hoy, un asunto que se reinventa; desde la piedra, al papel, a las memorias de silicio.

El primer «papel», y de ahí el origen de la palabra papel, fue el papiro. El papiro se fabricaba en el Antiguo Egipto a partir del vegetal que le dio nombre: Cyperus papyrus. En la Edad Media, en Europa, se empleaba el pergamino, un papel elaborado a partir de pieles animales curtidas. En China, en el siglo II a.C., se empezó a fabricar papel con restos de tejidos, como seda, algodón o cáñamo. El papel que conocemos en la actualidad, el que fabricamos a partir de madera, comenzó su andadura mucho más tarde, en el siglo XIX.

En todos estos soportes, la huella del tiempo nos resulta muy reconocible. Y es que, cuando el papel envejece, se vuelve amarillo, quebradizo y adquiere ese olor característico a libro antiguo. El envejecimiento se debe principalmente a un proceso de degradación química y, muchas veces, también a agentes bióticos como insectos y microorganismos[1].

El papel, desde mediados del siglo XIX, está constituido por tres componentes: fibras procedentes de la madera, carga y aditivos[2].

Las fibras procedentes de la madera están formadas por cadenas de celulosa. La celulosa es un polisacárido lineal, es decir, está formada por unidades de glucosa unidas una tras otra, como las cuentas de un collar. Entre las cadenas de celulosa se establecen enlaces débiles por puente de hidrógeno que las hacen impermeables al agua y dan lugar a las fibras compactas que componen la pared celular de las células vegetales.

Estas fibras se mantienen unidas entre sí por medio de un polímero denominado lignina que dota a la madera de suficiente rigidez como para que los troncos de los árboles se mantengan erguidos. La lignina es de color ocre, de ahí proviene en mayor medida la coloración de la madera. Al eliminar la lignina, la fibra de celulosa es blanca, por ese motivo se retira la mayor parte durante la fabricación del papel. La eliminación de la lignina se hace por adición de sustancias alcalinas en las que es soluble y por blanqueo por medio de adición de cloro, peróxidos, o sulfitos[3].

La lignina nunca se consigue eliminar completamente del papel y, esto es un problema ya que, de forma natural, ayudada por la presencia de luz y humedad, la lignina se termina oxidando y recuperando su coloración ocre original. Esta es la razón por la que el papel viejo es amarillo.

Este proceso está íntimamente conectado con la química de los radicales libres que intervienen en nuestro envejecimiento natural. Resulta evocador que los procesos químicos que intervienen en el proceso de envejecimiento del papel sean tan similares a los que ocurren en nuestra piel.

En el proceso de oxidación de la lignina también se producen compuestos aromáticos que mantienen cierta similitud con la vainilla, de ahí que el olor a libro antiguo nos resulte agradable.

Además de la fibra procedente de la madera, el papel lleva carga. Al igual que en pintura, la carga suele ser de minerales blancos como carbonato de calcio, caolín, mica, talco, sílice, yeso, o sulfato de bario[4]. Como la carga es más económica que la celulosa, disminuye el precio del papel. La carga rellena todos los vacíos existentes entre las fibras, con lo cual el papel adquiere una superficie uniforme, al mismo tiempo que se blanquea, reduce su transparencia y mejora las condiciones para la impresión. La blancura del papel, su brillo u opacidad, dependen del tipo de carga y de la finura del grano[3].

Además de la carga, el papel suele llevar aditivos que actúan como ligantes, tales como las colas (colágeno), el almidón, el látex o el alcohol polivinílico[3].

Algunos microorganismos también son capaces de degradar el papel, generalmente por hidrólisis u oxidación de la celulosa a través de enzimas como la celulasa, que ocasionan las manchas típicas del papel deteriorado. Son habituales los Aspergilus Niger (hongos) y los vibrios (bacterias) [1].

Hay insectos que también destruyen el papel, como las lepismas, las termitas y los anóbidos. Todos ellos se nutren de la parte orgánica del papel, es decir, de las fibras y de algunos ligantes. Así que, cuando los insectos y los microorganismos colonizan el papel por completo, el único rastro que dejan tras de sí es la carga, la fracción pétrea del papel.

Los soportes de nuestros antepasados fueron muros, por eso resulta sugerente que, cuando el papel envejece tanto que se pierde, lo que queda de él sea la piedra.

Fuentes:

[1] Conservación y restauración de materiales de archivo. Mª Carmen Sistach Anguera. Departament d’Història de l’Antiguetat de la Cultura Escrita. Universitat de València, 1990.

[2] Fibras papeleras. José A. García Hortal. Edicions UPC, 2007.

[3] Conservación y restauración de material cultural en archivos y bibliotecas. José Luis Villacañas Berlanga. Biblioteca Valenciana, 2002.

[4] Los materiales de pintura y su empleo en el arte. Max Doerner. Ed Reverté, 1998.

Sobre la autora: Déborah García Bello es química y divulgadora científica

3 Comentarios

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CarabiruCarabiru

Me parece muy bonita la forma en que acabas una explicación que es didáctica sin por ello ser menos comprensible. Y dicho sea de paso, es un gustazo que tenga ese poso tan poético.

¡Gracias por la labor divulgativa!

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Manuel López RosasManuel López Rosas

Me pregunto si hay noticias de, o si hay intereses en, desarrollar nuevos materiales que permitan contener información (o signos) e incluso activarse para mostrar escritura, imágenes, y animación, y qué características de durabilidad, conservación, y aplicabilidad tendrán comparadas con el papel (que ya no es de papiro, y en su forma actual -industrializada- me parece que ronda los 60 años de vida útil previsible: ¡mis libros y revistas a punto de disolverse!)

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