Juno, Júpiter, arte y amoniaco

Una de las ventajas que ofrece este rincón del Cuaderno de Cultura Científica es la relativa atemporalidad del arte. Un servidor puede traer prácticamente cualquier tema a colación sin preocuparse de que sea de vibrante actualidad, algo que no pueden hacer quienes divulgan sobre temas más candentes como las ondas gravitacionales o los últimos avances en medicina.

Sin embargo, recientemente ha habido una noticia de tal impacto que bien merece que le dediquemos unas líneas. Me refiero, como ya habréis deducido por el título del artículo, a las últimas imágenes que nos ha regalado el satélite Juno de la superficie de Júpiter. No tengo la menor intención de hablar de los prometedores resultados científicos que se han recibido, de eso ya se ha encargado la gente que sabe del tema. Pero sí que quería aportar un punto de vista diferente, ya que Júpiter es una enorme obra de arte con mucha química. Y, si no, contemplad la Imagen 1 para salir de toda duda.

Imagen 1. Vista de Júpiter creada por Gabriel Fiset empleando los datos de la cámara Juno. Fuente: NASA

Juno abandonó la Tierra el 5 de agosto de 2011 y casi seis años después ha llegado a su destino. Más allá de los datos gravimétricos que pueda ofrecer, lo más fascinante para quienes no sabemos resolver una ecuación diferencial son las imágenes captadas por la cámara que lleva incorporada (JunoCam). Por cierto, la NASA ha habilitado una web donde podemos obtener toda la información que deseemos y subir nuestras propias fotos del planeta. Juno ya lleva unas semanas en la órbita de Júpiter en una escena similar a la recreación artística que os enseño en la Imagen 2. Digna de una película de ciencia ficción, ¿verdad? Y, sin embargo, es a la vez una antigua leyenda griega trasladada al siglo XXI. Cuando en la NASA eligieron el nombre del satélite, no lo podrían haber hecho mejor. A continuación os explico por qué.

Imagen 2. Recreación artística de Juno orbitando alrededor de Júpiter. Fuente: NASA

Al igual que Júpiter es el más grande de todos los planetas del sistema solar, el dios homónimo era el más poderoso entre los de su especie para los romanos. Éstos, en otra demostración de pragmatismo, habían tomado sus dioses del panteón griego donde Júpiter se conocía como Zeus. Así, aunque directamente el nombre provenga del latín, el legado es más bien heleno (como diría Javier Reverte y, antes que él, Percy Bysshe Shelley: todos somos griegos). Júpiter no sólo era el rey de los cielos, también era un auténtico mujeriego y no perdía oportunidad de mancillar a cualquier mortal, ninfa o diosa que se le pusiese en el camino (de eso ya os hablé aquí). De hecho, en un “poético” acto de nomenclatura que comenzó en el siglo XVII con los satélites galileanos (Calisto, Ío, Europa y Ganimedes), las lunas de Júpiter llevan nombres de sus amantes. Algo que supuso un problema cuando, al nombrar la número treinta y tres, las amantes se agotaron. Entonces se recurrió a su progenie que, como podéis imaginar, también era abundante si tenemos en cuenta que el machote del Olimpo siempre dejaba encinta a su pareja. Y mirad por donde, mientras escribo estas líneas se anuncia el descubrimiento de dos nuevas lunas jovianas, para un total de 69. ¡A este ritmo nos vamos a quedar sin nombres mitológicos!

Volviendo a las aventuras amorosas de Júpiter, hay que decir que el dios contaba con un impedimento considerable: estaba casado. Y os podéis imaginar que a su consorte no le hacían mucha gracia sus correrías, así que siempre estaba atenta para evitar otra infidelidad y, de paso, castigar a la desdichada víctima de su marido. Efectivamente, la esposa (y hermana) se llamaba Juno. Puesto que los amoríos de Zeus son una de las representaciones más habituales en la Historia del Arte, podemos encontrar numerosas obras en las que la divina pareja es representada. Me gustaría destacar por encima de todas la que os enseño en la Imagen 3: un colosal óleo realizado por Dominique Ingres, uno de los grandes pintores franceses del XIX. Ahí podemos ver al majestuoso dios, sentado en su trono en una representación iconográfica impecable (el águila, el cetro, las nubes…). Quizás os resulte familiar por este retrato de Napoleón. A sus pies la diosa Tetis que, en contra de lo que pueda parecer, no está intentando seducir al divino ser. Simplemente implora por la vida de su hijo Aquiles en la batalla de Troya, una escena descrita en la Ilíada que Ingres tomó prestada de la obra de Homero. ¿Y dónde está Juno? Pues allí, a la izquierda, entre las nubes, vigilando la escena. 200 años antes de que un satélite con su nombre posase la mirada sobre el otro Júpiter.

Imagen 3. Júpiter y Tetis (324×260 cm) de Dominique Ingres (1811). Fuente: Wikimedia

Pero aquí no acaba el parecido entre Juno “satélite” y Juno “diosa”. Una de las aventuras más conocidas de Zeus cuenta cómo, para yacer con la sacerdotisa Ío sin que nadie se enterase, el dios tomó forma de nube (en la Imagen 4 podéis ver la interpretación que hizo Correggio). Ahora bien, Hera difícilmente se dejaba engañar y fue capaz de ver entre las nubes la fechoría de su marido. Zeus se encontró en un callejón sin salida y tuvo que transformar a Ío en ternera para salvar su vida. Como veis, no se puede elegir mejor nombre para un satélite que pretende explorar entre las nubes de un planeta gaseoso.

Imagen 4. Júpiter e Ío (164×74 cm) de Correggio (1531-32). Fuente: Wikimedia

Siguiendo con las nubes, en la primera imagen os mostraba una foto de la superficie joviana. Esas manchas que forman caprichosas formas pueden estar compuestas de amoniaco o de agua. En la imagen 5 podéis disfrutar de una vista más espectacular si cabe. Eso que contempláis es el polo sur del planeta.

Imagen 5. El polo sur de Júpiter, capturado por Juno a una distancia de 52000 km. Fuente: NASA

¿No os parece una auténtica maravilla? ¿No os recuerdan esas ondulaciones a las pinceladas de van Gogh en la noche estrellada (Imagen 6)? Si os soy sincero no soy el primero al que se le ha pasado por la cabeza.

Imagen 6. Un detalle del polo sur de Júpiter y otro de la noche estrellada de Vincent van Gogh (1889). Fuente: Wikimedia

Decíamos que el agua o el amoniaco pueden ser los principales componentes de esos cúmulos tan llamativos. Y es que, si bien Júpiter es un portento en tamaño, su composición química es extremadamente simple (hasta donde sabemos). Al igual que el Sol, está compuesto por una gran cantidad de hidrógeno y helio (los dos elementos químicos más pequeños) a la que se le suman los compuestos que ya hemos mencionado. El amoniaco (NH3), aunque un poco más complejo, es también muy simple, ya que está formado por un átomo de nitrógeno y tres de hidrógeno.

Al leer el nombre es posible que vuestra primera reacción haya sido asociarlo al producto de limpieza que tan desagradable olor desprende (hay que aclarar que la fórmula comercial es una disolución acuosa, ya que el amoniaco se encuentra en forma gaseosa a temperatura ambiente). Ahora bien, más allá de su mal olor, esta sustancia puede deparar alguna sorpresa agradable para otro de nuestros sentidos: la vista.

En la Imagen 7 os muestro un par de ejemplos. En una de las fotografías tenemos dos tubos de ensayo con disoluciones diferentes. El de la derecha contiene cobre disuelto (en forma de Cu2+) y es de una tonalidad azul clara. Si encima de ese líquido añadimos una disolución de amoniaco (que no tiene color) se forma el compuesto de la izquierda, un “complejo” de un color azul intenso. Más allá de para la formación de disoluciones de colores llamativos, el amoniaco se ha usado históricamente para la obtención de numerosos pigmentos como el verdigris e incluso juega un papel importante en la composición de alguno de ellos como el violeta de manganeso (NH4MnP2O7) que podéis ver en la otra parte de la imagen.

Imagen 7. (A) Tubos de ensayo que contienen un complejo cobre-amoniaco (izquierda) y una disolución de cobre (Cu2+). (B) Un frasco con violeta de manganeso. Fuentes: Royal Society of Chemistry y Wikimedia Commons

Y, para acabar, quería hacer una referencia sobre la etimología del amoniaco. Según parece, el nombre deriva del dios egipcio Amón cerca de cuyo templo en Libia los romanos obtenían una sal que contiene amoniaco (cloruro amónico). ¿Y sabéis qué es lo más curioso? Amón era el dios principal de los egipcios (aunque esto dependía del periodo y de la ciudad) y de ahí que los romanos lo asociaran a Júpiter. Por lo tanto, el mencionado templo estaba también dedicado a Júpiter, quien posteriormente dio el nombre a un planeta cubierto de amoniaco. Y así se cerró este particular círculo de química, astronomía y mitología.

Un último espectáculo visual

No me gustaría finalizar este artículo sin mostraros un vídeo en el que el artista Garip Ay hace una recreación de la noche estrellada sobre… ¡agua! No os lo perdáis.

Para saber más:

Daniel Torregrosa: La influencia de la mitología en la ciencia (37ª Parte): Juno en Ese Punto Azul Pálido.

Daniel Marín: Descubriendo el interior de Júpiter: primeros resultados científicos de Juno en Eureka (Naukas).

Sobre el autor: Oskar González es profesor en la facultad de Ciencia y Tecnología y en la facultad de Bellas Artes de la UPV/EHU.

2 Comentarios

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DaniDani

Maravilloso artículo, Oskar.

Y mil gracias por la mención.

Salud

Manuel López RosasManuel López Rosas

Realmente hay muchas consideraciones que se nos escapan cuando descubrimos áreas de ignorancia en la ciencia, las técnicas (por ejemplo de coloreado), el arte, la historia o el sentido de la nomenclatura y las relaciones con la mitología. ¡Interesante! ¡Gracias por el artículo y los enlaces incluidos! 🙂

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