Amor romántico

Ciencia infusa

Sin el animal que habita dentro de nosotros somos ángeles castrados.”
Hermann Hesse.

Amor: un juego en el cual hay dos que pierden, el hombre y la mujer, y uno sólo que gana: la especie.”
Abate Prévost.

El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza.”
José Ortega y Gasset.

El amor romántico no es fácil de definir. Nada menos que catorce acepciones aparecen en el Diccionario de la Lengua (por cierto, la última afirma que así se conoce el cadillo, una planta que se considera mala hierba). Quizá nos ayude la definición que ha publicado Tiffany Field, de la Universidad de Miami:

Amor es un sentimiento profundo de afecto y cuidado que implica intimidad, compromiso y pasión, que nutre como el aire, el agua, las palabras y el tacto, y que tiene características típicas en la conducta, la fisiología y la bioquímica de las personas.”

El amor integra, por tanto, conductas, pensamientos, emociones y moléculas asociadas con el deseo de iniciar y mantener una relación con otra persona.

Parece que el amor incluye tres componentes: sexo, unión emocional e intimidad, y compromiso en el cuidado mutuo y de los hijos. Podemos resumir y concretar que el amor romántico es un compromiso para formar pareja con pasión, intimidad y cuidados. Es universal y aparece en todas las culturas. De manera inmediata suspende, en los que forman la pareja, la búsqueda de otras parejas. Tiene características propias en las emociones, en las conductas, en hormonas como la oxitocina o la testosterona, y en las respuestas neuropsicológicas de las zonas del cerebro relacionadas, ante todo, con los circuitos cerebrales de recompensa.

El amor tiene efectos beneficiosos para los individuos, con emociones positivas, felicidad y satisfacción vital, aunque también supone estrés, celos, a veces ruptura con tristeza y sensación de vergüenza, incluso depresión. Golpea a todos por lo menos una vez en la vida. En encuestas publicadas en Estados Unidos, Sandra Langeslag y Jan van Strien, de las universidades de Missouri y de Maryland, afirman que el porcentaje de individuos que padecen, o gozan, del amor romántico casi llega al 100%.

Hay varias hipótesis sobre el amor romántico. Garth Fletcher y sus colegas, de la Universidad Victoria de Wellington, en Nueva Zelanda, plantean tres propuestas conectadas entre sí. En primer lugar, el amor romántico es una conducta de compromiso para motivar la formación de la pareja en nuestra especie. En segundo lugar, la formación de la pareja facilita el peculiar ciclo vital de homínidos que implica dedicar una enorme y duradera inversión en tiempo y recursos para criar los hijos nacidos con un desarrollo muy temprano. Y, finalmente, el amor romántico ayuda a gestionar la pareja a largo plazo, incluyendo las relaciones familiares, y facilita la evolución de la inteligencia social y de las herramientas de cooperación dentro del grupo, clan o familia tan típicos en nuestra especie.

Según la revisión que hacen Fletcher y su grupo, los datos que se conocen son coherentes con la propuesta de que el amor romántico es una conducta de compromiso para formar la pareja. Hay referencias específicas de este objetivo en la conducta de ambos sexos, en la presencia de hormonas y en la aparición de mecanismos psicológicos peculiares del amor. Además, el amor romántico supone una ventaja pues da mejor salud y mayor supervivencia en los adultos y en las crías, o sea, en los niños.

Sin embargo, también hay conductas contrarias para el mantenimiento de la pareja y el cuidado de los hijos. Son, por ejemplo, los matrimonios arreglados y obligatorios, la poligamia, la separación, el divorcio y, en general, la infidelidad. Por el contrario, también hay mecanismos que regulan y controlan la relación y, sobre todo, la fidelidad por lo que implica de evitar la crianza de los genes de otro. Algunos autores sugieren que cada vez hay más evidencias de que, cuando nuestra especie surgió hace unos 150000 años, la conducta habitual en la reproducción era la monogamia. Cuando aparecieron los cazadores recolectores, la relación se complicó con la formación de clanes familiares, aunque siempre a partir de parejas.

En las primeras fases del amor romántico aparecen los síntomas típicos de las adicciones, sean a sustancias o a conductas. Hay euforia, deseo, tolerancia, dependencia física y emocional, abandonos, desintoxicaciones y recaídas. Helen Fisher y su grupo, de la Universidad de Indiana en Bloomington, proponen que el amor romántico es una adicción natural, y resultado de la selección natural pues es, casi siempre, positiva para la reproducción. Fisher afirma que ha evolucionado desde hace miles de años como mecanismo de supervivencia para buscar pareja y para el éxito reproductor.

El escaneo del cerebro de las personas enamoradas revela que se activan las zonas relacionadas con la recompensa y, en concreto, lugares con dopamina, el neurotransmisor conocido como recompensa química cerebral. Son las mismas zonas que funcionan con varias adiciones hacia sustancias o conductas como, por ejemplo, las armas de fuego en Estados Unidos, las autocaravanas en sus dueños, los pastelitos, la cocaína, las anfetaminas o el fútbol en los hinchas. O, en este último caso, es así para los seguidores del Oporto o del Coimbra, de la Primera División de Portugal, como declaran los 56 voluntarios del estudio de Isabel Duarte y su grupo, de la Universidad de Coimbra. Como definen los autores, este apego a un equipo de fútbol es un amor no romántico, pero con una atracción específica a su equipo y una motivación para seguirlo que se sienten premiadas por los circuitos cerebrales de recompensa. En concreto, los autores lo llaman amor tribal. O sea, al grupo, al clan, a la familia.

También el grupo de Zhiling Zou, de la Universidad del Sudoeste en Chongqing, en China, estudia el amor romántico como adicción en su primera fase y relatan que, cuando la relación amorosa progresa, los síntomas de adicción se atenúan y, poco a poco, desaparecen. Se pasa de una conducta de adicción a una conducta prosocial no adictiva.

De nuevo, como en el estudio de Helen Fisher (y en la afición al fútbol), el escaneo del cerebro revela la activación del área de recompensa y, además, de la red de emociones entre personas y con el entorno social. De nuevo, están la oxitocina y la dopamina.

Esta profunda implicación de hormonas, determinadas áreas del cerebro y neurotransmisores en el amor ha llevado a proponer que no es una emoción sino una necesidad fisiológica como el hambre, la sed, el sueño o el sexo. Así lo escribe Enrique Burunat, de la Universidad de La Laguna, cuando afirma que el amor es una conducta resultado de la selección natural para conseguir un mayor éxito en la reproducción. Los que desarrollan amor y, por tanto, compromiso para la cría de los hijos, tienen más descendencia y transmiten los genes de esa conducta a las siguientes generaciones. Los que no tienen amor, tienen menos descendencia y van desapareciendo. Así, después de miles de años, sea seleccionado la mejor conducta para el éxito en la reproducción. Y es una necesidad fisiológica y conductual inevitable. Por ello, el 100% de los humanos sienten o han sentido el amor en algún momento de su vida.

Por cierto, esta adicción al amor romántico es un poco especial. Los estudios del grupo de Jordane Boudesseul, de la Universidad de Grenoble, en Francia, demuestran que quien está enamorado cree más en el amor romántico, lo que se antoja coherente, pero, además, quien está enamorado cree en el libre albedrío aunque, también, acepta que la vida, quizá su enamoramiento en concreto, tiene un fuerte sentido determinista. Está, a la vez y sin ser consciente de ello, convencido de que se enamora obligatoriamente de quien quiere.

Para terminar, el amor romántico también tiene, a veces, un final, una ruptura que, como se dice, rompe el corazón. Nos cuenta Tiffany Field, aquella que nos definió el amor, que existe un síndrome del corazón roto. Una ruptura sentimental reproduce algo parecido a un ataque al corazón, aunque sin arterias ocluidas ni daños permanentes. Estas rupturas provocan hasta el mal funcionamiento del sistema inmune, con aumento general de la inflamación, lo que también influye en el corazón, y disminución de las defensas.

Referencias:

Boudesseul, J. et al. 2016. Free love? On the relation between belief in free will, determinism, and passionate love. Conciousness and Cognition 46: 47-59.

Burunat, E. 2016. Love is not an emotion. Psychology 7: 1883-1910.

Buss, D.M. 1996. La evolución del deseo. Alianza Ed. Madrid. 417 pp.

Duarte, I.C. et al. 2017. Tribal love: the neural correlates of passionate engagement in football fans. Social Cognitive and Affective Neuroscience doi: 10.1093/scan/nsx003

Field, T. 2016. Romantic love. International Journal of Behavioral Research & Psychology 4: 185-190.

*Fisher, H. 2004. Por qué amamos. Naturaleza y química del amor romántico. Santillana Ed. Madrid. 348 pp.

Fisher, H.E. et al. 2016. Intense, passionate, romantic love: A natural addiction? How the fields that investigate romance and substance abuse can inform each other. Frontiers in Psychology doi: 10.3389/fpsyg.2016.00687

Fletcher, G.J.O. et al. 2015. Pair-bonding, romantic love, and evolution: The curious case of Homo sapiens. Perspectives in Psychological Science 10: 20-36.

Langeslag, S.J.E. & J.W. van Strien. 2016. Regulations of romantic love feelings: preconceptions, strategies, and feasibility. PLOS ONE 11: e01611087

Song, S. et al. 2016. Romantic love is associated with enhanced inhibitory control in an emotional stop-signal task. Frontiers in Psychology doi: 10.3389/fpsyg.2016.01574

Zou, Z. et al. 2016. Romantic love vs. drug addiction may inspire a new treatment for addiction. Frontiers in Psychology doi: 10.3389/fpsyg.2016.01436

Sobre el autor: Eduardo Angulo es doctor en biología, profesor de biología celular de la UPV/EHU retirado y divulgador científico. Ha publicado varios libros y es autor de La biología estupenda.

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