Crisis, emergencia, apocalipsis

Fronteras

Lo llamábamos calentamiento global. A finales de los 90 se popularizó cambio climático. A finales de los años 10 de este siglo triunfó el término crisis climática. En poco tiempo dio paso a la emergencia climática. Antes de que nos acostumbrásemos a esta nueva expresión, apareció una nueva: apocalipsis climático. La emergencia del lenguaje suele usarse para esconder la crisis de las ideas.

Detalle de Inflatable Flowers (Four Tall Purple with Plastic Figures). Jeff Koons, 1978. Foto: Corrado Serra. Fuente

Un nuevo entendimiento requiere del uso de nuevos términos. Así, el calentamiento global se refiere al aumento de la temperatura, mientras que el cambio climático incluye el calentamiento y todos los efectos secundarios que derivan de él: aumento de la frecuencia de los eventos meteorológicos extremos, subida del nivel del mar, acidificación de los océanos, pérdida de biodiversidad, mengua de recursos, empobrecimiento, entre otros. Hubo consenso entre científicos, comunicadores, políticos y lingüistas en el uso de esta nueva y más precisa denominación. Tanto es así, que el IPCC, el organismo de referencia mundial creado por las Naciones Unidas para evaluar la ciencia relacionada con el cambio climático, lleva el término en sus siglas y se refiere a él con esa expresión en todos los documentos oficiales.

No obstante, las recomendaciones actuales en términos de comunicación indican que la expresión crisis climática es más adecuada para referirse a la magnitud y a las consecuencias del cambio climático causado por la actividad humana. Es la expresión preferida por la mayoría de políticos y periodistas. La definición de crisis comprende un cambio profundo de consecuencias importantes. Históricamente se ha empleado la declaración de situaciones de crisis para definir objetivos y tomar decisiones concretas.

Es cierto que el uso de la expresión crisis climática ha coincidido en el tiempo con una mayor conciencia medioambiental. Según los datos, cada vez hay más personas que optan por el transporte público por una motivación medioambiental, que escogen electrodomésticos de bajo consumo, que reciclan, que prefieren materiales reciclados y reciclables, que han modificado su alimentación y su forma de ocio.

A pesar de ello, según el barómetro del CIS, el 60% de los entrevistados creen que los esfuerzos individuales son inútiles si no se toman medidas de carácter global. El 80% cree que es imprescindible que los gobiernos intervengan. Esta percepción se corresponde con la realidad de los hechos. Según datos del Ministerio, el 75% de las emisiones de CO2, el principal gas responsable del calentamiento global, proviene del sector energético. El 27% lo emite el transporte, el 18% la generación eléctrica, el 19% la combustión en industria y el 9% deriva del uso comercial y residencial. Los procesos agrícolas, sin contar transporte, son el 12%, donde el 8% del CO2 proviene de la ganadería y el 4% de la agricultura.

Sin un plan estratégico global concreto y ambicioso, es cierto que el impacto medioambiental de las acciones individuales es despreciable. A esto hay que sumarle que la toma de decisiones que afectan al ámbito privado acostumbra a estar mediada por prejuicios y desinformación. Por ejemplo, desde el punto de vista medioambiental, la cruzada contra el uso del plásticos es anticientífica: usar bolsas de plástico es más sostenible que usar bolsas de papel o de algodón, y el impacto medioambiental de los materiales cerámicos es mayor que el de los plásticos, aunque cause más desasosiego una montaña de basura de plástico que una montaña de basura de hormigón. La realidad es que optar por recorrer 5 km en trasporte público en lugar de hacerlo en coche particular, ahorra más CO2 al planeta que todo el plástico que usarías en un año.

Gramos de CO2 emitidos por el medio de transporte por persona y kilómetro recorrido. Imagen: Deborah García Bello. Datos: Agencia Europea de Medio Ambiente

De poco o nada servirá que cada uno de nosotros se fabrique su propia bolsa de patchwork ideológico, a base de retales de tela de algodón, poliéster y bambú, si no se toman medidas mensurables cuyo impacto real concuerde con las dimensiones del problema.

Según el IPCC, las principales opciones de mitigación del cambio climático radican en el sector energético: mejorar la eficiencia energética y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto solo puede lograse, según el IPCC, apostando por el uso de energías renovables, el uso de energía nuclear, y el uso de sistemas de captura y almacenamiento de dióxido de carbono.

Así escrito en un párrafo parece sencillo. Pero la realidad es que cambiar un modelo energético requiere de tiempo y solvencia. Necesitamos gobiernos sólidos y ambiciosos capaces de afrontar inversiones y planes que vayan más allá de los años de legislatura. Por eso no se apuesta por las centrales nucleares, porque pocos países tienen la certeza de ser capaces de soportar el periodo de amortización. Por eso se cierran centrales térmicas sin hacer demasiado ruido mediático, porque el cierre, desde el punto de vista tecnológico es sencillo, y desde el punto de vista del cambio climático es conveniente, pero la gestión del impacto social y económico es harina de otro costal.

Atemorizar a la gente con palabras como emergencia o apocalipsis, sabemos que solo genera miedo, ansiedad e inmovilismo. No quiero ciudadanos actuando como pollos sin cabeza, tomando decisiones que afectan a su bienestar sin ser conscientes de la relevancia de sus actos. No quiero que paguen por sellos ecológicos de kiwis que vienen de Nueva Zelanda, creyendo que ese esfuerzo económico responde a un acto heroico por el planeta. No quiero que restrinjan su alimentación y su ocio más allá de lo simbólico o lo ético. No quiero que cada persona a título individual cargue con la culpa y la responsabilidad de gestionar desde su parcela privada algo tan grande como el cambio climático. Hablo de culpa porque hay quien habla de apocalipsis. Ese juego dialéctico ha pasado de responder a un uso apropiado del lenguaje, a un uso circense. Crisis, emergencia, apocalipsis. Si el lenguaje es importante, uno debería usarlo como si lo fuera.

Sobre la autora: Déborah García Bello es química y divulgadora científica

Este artículo contiene opiniones que no tienen por qué reflejar las del Cuaderno de Cultura Científica o la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

8 comentarios

  • Avatar de pvl

    Un art. excelente por lo claro y preciso de su razonamiento, en el que solo me ha «chirriado» esta afirmación de la que no comprendo su significado:
    «Por eso no se apuesta por las centrales nucleares, porque pocos países tienen la certeza de ser capaces de soportar el periodo de amortización».
    ¿Podría explicar qué significa exactamente ?

  • Avatar de Sergio

    Creo que es importante aclarar que las palabras crisis y emergencia son ambas muy adecuadas en este contexto, pues invitan a la acción.

    Si vamos a la RAE:

    Emergencia: «Situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata.»

    Crisis: «Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados.»

    Por ello «emergencia» me parece un término especialmente adecuado, pues invita a «una acción inmediata». No se me ocurre nada menos relacionado con el inmovilismo ni creo que se lo pueda comparar con «apocalipsis».

    «Apocalipsis» es exagerado, pero creo que también es importante matizar algo: nadie está utilizando ese término. Es cierto que en el último foro de Davos se hizo un panel que usaba dicho título, pero de ahí a decir que «hay quien habla de apocalipsis» creo que hay un trecho. De hecho puedo decir que ya he escuchado a más gente criticar que se use el término «apocalipsis climático» (o que lo usa para reírse del asunto y minimizar el problema) que a gente que lo use de verdad.

    Por último, si hablamos de los términos utilizados para hablar de cambio climático creo que no se puede obviar la presión que han hecho las petroleras a lo largo de los años: primero negando el cambio, luego diciendo que era natural y por último que no está causado por el hombre. Ahí está la verdadera batalla dialéctica en este tema.

  • Avatar de Claudi Mans

    El ayuntamiento de Barcelona, siempre el primero en estas cosas, está ahora planteándose la creación de refugios climáticos (!), uno en cada distrito. Serían escuelas o centros cívicos donde se procuraría evitar los calores excesivos, con puntos de agua, sombras, y cosas así. Prioridad para embarazadas, niños y ancianos, menos mal.
    Ello sería para paliar la subida prevista de temperaturas de 2ºC el 2050. Y lo empiezan a hablar ahora. Son ganas de querer tener protagonismo.
    Igual en estos refugios pondrán aire acondicionado, ay no, que agrava la emergencia climática.

  • Avatar de Masgüel

    «No quiero ciudadanos actuando como pollos sin cabeza, tomando decisiones que afectan a su bienestar sin ser conscientes de la relevancia de sus actos. No quiero que paguen por sellos ecológicos de kiwis que vienen de Nueva Zelanda, creyendo que ese esfuerzo económico responde a un acto heroico por el planeta. No quiero que restrinjan su alimentación y su ocio más allá de lo simbólico o lo ético. No quiero que cada persona a título individual cargue con la culpa y la responsabilidad de gestionar desde su parcela privada algo tan grande como el cambio climático.»

    Su querencia es razonable, pero la última frase es discutible. Comprar kiwis «ecológicos» neozelandeses como acto heróico por el planeta muestra inconsciencia de la relevancia de los actos. Pero cuando la relevancia de los hábitos de consumo resulta más coherente con los fines que se persiguen, como no tener hijos, no tener coche, no volar en avión, no comer carne, parece que el ámbito individual no puede escapar a la obligación de gestionar la parte que le toque en la responsabilidad compartida por el cambio climático. Caso distinto es el de quien piense que el cambio climático y sus consecuencias son ya inevitables y, aceptando su responsabilidad, entiende que cualquier restricción para ese propósito en los hábitos de vida y consumo es absurda.

  • Avatar de Rawandi

    Un planeta Tierra más caliente es un planeta más verde, o sea, más capaz de sustentar la vida. Por tanto, ni «crisis» ni «emergencia» ni «apocalipsis»: la realidad es que los humanos del siglo XXI hemos sido bendecidos con una jauja climática.

  • Avatar de Mikel Orrantia

    Lo de la solución en la «energía nuclear» es como un bofetón en un artículo por lo demás muy necesario y clarificador. ¿Que tipo de nuclear? ¿la altamente contaminante (extracción del uranio, enriquecimiento, tratamiento industrial y de los residuos, etc…) y de riesgo (accidentes, sin ir más lejos) que actualmente está siendo utilizada en las centrales térmicas nucleares y por la industria militar y financiera…?

  • Avatar de Iñaki

    Quizá sea una cuestión de cantidad más que de calidad, un planeta con algunos plásticos creo que sería perfectamente sostenible, pero un planeta repleto de residuos plásticos sería tan insostenible como un planeta repleto de manzanas aunque nadie dude del carácter natural (y sano) de una manzana.

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