Tubos de lava en Venus
La atmósfera de Venus siempre ha supuesto una gran dificultad a la hora de estudiar su superficie, ya que funciona como un opaco velo que impide que podamos observarla usando las longitudes de onda visibles, como, por ejemplo, sí podemos hacer con la superficie de la Luna o Marte. De ahí que, de todos los planetas interiores del Sistema Solar, sea del que peor conocemos su superficie.
Esto nos ha llevado a depender de otras tecnologías como el radar, que es capaz de atravesar las sulfurosas nubes de Venus y devolvernos una imagen completa del planeta, aunque a una menor resolución y con una mayor complejidad a la hora de procesar e interpretar el significado geológico de estas imágenes.
Dicho esto, sabemos desde hace mucho que Venus es un mundo volcánico e incluso aquí hemos hablado en “¿Es esta la prueba definitiva de que Venus tiene volcanes activos?” de que ya podríamos tener las primeras pruebas de una erupción volcánica ocurrida durante el transcurso de la misión Magellan en la década de los 90. Pero, además de volcanes y al igual que en la Tierra o en la Luna, por ejemplo, deberían existir tubos de lava formados durante las erupciones, pero a estas resoluciones deberían de ser muy difíciles de observar, ya que lo que vemos de estos son sus estructuras de colapso, a veces simplemente pequeñas aberturas en su techo.

Un nuevo estudio publicado en Nature Communications por Carrer et al. (2026) recoge lo que podría ser el primer tubo de lava documentado en Venus. Para ello han usado los datos de la misión Magellan, la misma que mencionamos antes, pero tratando estos con técnicas más modernas. Y han podido encontrar un gigantesco conducto abierto a la superficie en la región de Nyx Mons, en Venus. Este descubrimiento es más que una simple curiosidad, ya que nos puede ayudar a conocer mejor las propiedades de la lava o quien sabe si en un futuro -lejano, claro- ser un buen lugar para misiones robóticas de exploración.
Pero volvamos a los tubos de lava. Estos son cavidades formadas por la lava de los volcanes, especialmente por aquellos cuya lava es fluida. Hay dos grandes mecanismos que permiten se lleguen a formar: por enfriamiento y crecimiento de una corteza sobre la colada de lava o por “hinchamiento”. Y me explico.
En el primero de los casos, un torrente de lava de baja viscosidad se empieza a enfriar conforme se aleja del volcán en su camino ladera abajo, especialmente en sus bordes y en su parte superior. Si este enfriamiento es lo bastante efectivo, se forma una corteza dura que aisla térmicamente la circulación de la lava por debajo y le permite continuar su recorrido por su interior. Una vez acaba la erupción, el tubo puede quedar vacío y ese hueco es lo que denominaríamos tubo de lava, porque al final es como un conducto por donde esta ha circulado, como una tubería de agua.
En el caso del “hinchamiento” -entiéndase este término en sensu lato- lo que ocurre es que la lava puede entrar entre capas de lava ya existente y más fría, “hinchando” la lava solidificada y dejando también un hueco en su interior. Si la parte superior aguanta la deformación, al dejar de circular esta por abajo podemos tener, de nuevo, un tubo de lava. Tenemos que pensar que en este caso la lava no solo deforma la roca ya existente, sino que puede erosionarla y fundir partes durante su circulación, agrandando el hueco.

Encontrar tubos de lava desde la órbita venusiana no es fácil. Los científicos tuvieron que buscar las posibles aberturas superiores de estos tubos, que son lugares donde el techo del tubo de lava ha colapsado por su propio peso o por fuerzas erosivas. Estos agujeros son la única manera de observar los tubos de lava con las técnicas más tradicionales, y también de ver en su oscuridad interior. Porque dentro de un tubo de lava, si no fuera por estas claraboyas naturales, sería todo oscuridad.
Y mientras que las cámaras convencionales pueden ver con relativa facilidad estas aberturas en Marte o en la Luna, con radar es un poco más difícil debido a la menor resolución de las imágenes y a que la “iluminación”, la pone la sonda y tiene que dar con un ángulo adecuado para que estas estructuras sean bien prominentes y no se confundan con otras que puedan ser parecidas.
A pesar de estas vicisitudes, los científicos han podido localizar esta en el flanco occidental de Nyx Mons, un gigantesco volcán en escudo de más de 360 kilómetros de diámetro. Aunque es cierto que en Venus podemos encontrar algunas formas similares, ya que al radar incluso cráteres de impacto o algunas estructuras de colapso podrían aparentar parecidas, la asimetría de la forma y el lugar donde se encuentra lo convierten en un firme candidato.
Una de las cosas más sorprendentes que se deducen de su descubrimiento es que su tamaño es realmente gigantesco para los estándares terrestres. Los científicos han usado unos métodos matemáticos para estimar el diámetro del posible tubo de lava, que sería superior al kilómetro. El techo del tubo tendría aproximadamente 150 metros de espesor de rocas, y el espacio vacío en su interior mediría unos 375 metros de altura.
Y por el contexto geológico, los científicos apuntan a que este tubo podría ser parte de un sistema que al menos recorre 45 kilómetros bajo la superficie. Aunque sorprenda, el tamaño no es tampoco una novedad, ya que sabemos que en la Luna este tipo de tubos de lava de grandes dimensiones podrían ser estables siempre que el techo tuviese más de 100 metros de espesor de rocas, lo que le conferiría una buena estabilidad en un entorno gravitatoriamente más favorable que el terrestre.
Pero, ¿por qué estos tubos de lava son mucho más grandes que los de la Tierra? La respuesta está en el entorno venusiano. La menor gravedad de Venus comparada con la nuestra (alrededor de un 9.5% menos) y su alta presión y temperatura en superficie -recordemos que en Venus la temperatura está en torno a los 480ºC- crean unas condiciones adecuadas para la formación de estos grandes sistemas de tubos de lava que además podrían estar formados por unas lavas -valga la redundancia con esta palabra- menos viscosas que las terrestres, permitiendo que estas llegasen más lejos con más facilidad.

Para validar los resultados del estudio, los científicos compararon la respuesta al radar de esta cueva en Venus con una terrestre: el Jameo Cumplido, situado en la isla de Lanzarote, en España. Aunque este sistema es mucho más pequeño -hablamos de diámetros menores de 30 metros- el patrón de la señal de radar es muy parecido al que se observa en Venus. Y esta comparación ha hecho concluir a los científicos que lo que han observado no se debe a la rugosidad del terreno o a otras formas geológicas.
Este descubrimiento puede tener grandes implicaciones para la geología si es que algún día podemos explorarlos, ya que protegen el interior de las coladas volcánicas del exterior del planeta, quizás conservando un registro de distintas erupciones -así como distintos tipos- y estar representadas diferentes épocas que podrían muestrearse con misiones robóticas, ayudándonos a conocer la evolución del vulcanismo en el planeta. Casi siempre hemos hablado en esta sección de la importancia de los tubos de lava en la astrobiología, pero en Venus, al menos a priori, esa opción queda descartada por sus infernales condiciones.
Y la verdad es que este hallazgo no podría haber llegado más a tiempo, ya que las misiones VERITAS y EnVision llevarán radares con mucha mayor resolución que el de la Magellan, de 15 a 30 metros por pixel comparados con los 75 m/px de esta última. Y, además, EnVision lleva un instrumento que permitirá estudiar la estructura del subsuelo del planeta hasta varios cientos de metros de profundidad, comprobando si efectivamente lo que se ha observado corresponde con la existencia de tubos de lava o si estamos viendo otro tipo de estructura.
¿Qué secretos más estará guardando Venus? Sin duda, lo sabremos la próxima década. Pero mientras, todavía podemos exprimir más unos datos que cada día que pasa demuestran que tienen mucho por enseñarnos.
Referencias:
Carrer, L., Diana, E. & Bruzzone, L. Radar-based observation of a lava tube on Venus. Nat Commun 17, 1147 (2026). doi: 10.1038/s41467-026-68643-6
Sobre el autor: Nahúm Méndez Chazarra es geólogo planetario y divulgador científico.
