Frankenstein, la delgada línea entre la ciencia y la poesía

Fronteras

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Frankenstein, la delgada línea entre la ciencia y la poesía

Hubo un tiempo, cuando la ciencia todavía no se había separado de la imaginación y el sense of wonder, en que uno de sus idiomas era la poesía. ¿Qué mayor fuente de inspiración podía haber para un poeta, cuando los descubrimientos se sucedían uno tras otro y el mundo se transformaba, poniendo rumbo directo al progreso?

A finales del siglo XVIII y principios del XIX, una ola de romanticismo envolvía Europa, pero aquella reacción al racionalismo ilustrado, lejos de implicar una negación absoluta de la ciencia, propuso una nueva forma de mirarla. Los románticos no rechazaban el conocimiento, sino una forma de ver el mundo que reducía la naturaleza a un gran mecanismo regido por leyes abstractas. Tenía que haber algo más. Y es que todos aquellos nuevos descubrimientos en química, electricidad, anatomía, medicina, botánica, zoología, geología… lejos de ayudar a simplificar y entender el mundo, lo volvían más exótico, más misterioso. ¿Y cómo se pueden representar el misterio, la fascinación o el asombro con matemáticas? No es fácil para alguien que no las domine; en cambio, la poesía lo hace muy bien:

Ver un Mundo en un Grano de Arena
un Cielo en una Flor Silvestre;
tener el Infinito en la palma de tu mano
y la Eternidad en una hora.[1]

La división entre ciencia y humanidades es un «invento» moderno. No siempre fue así. Durante siglos hubo, simplemente, conocimiento, y las diferentes disciplinas de este se entrelazaban formando un todo que, en ocasiones, sobrepasaba el límite de lo imposible. En esa tierra de nadie, donde la alquimia convivía con la química, la física con la magia y la fisiología con la espiritualidad, donde, en definitiva, la ciencia describía fenómenos y la poesía los sentía, nació Frankenstein, de Mary Shelley.

Joel Levy lo expresa mejor:

…la era de la ciencia romántica, en la que un nuevo espíritu de creatividad e imaginación, aliado a una profunda comprensión de las maravillas de la naturaleza, desdibujo la frontera entre la filosofía natural y la poesía […]; una sinergia que tomaría un vuelo fantástico en la oscura apoteosis de la ciencia romántica de Mary.

Frankenstein
Mary Shelley (1797-1851) y página de título de la primera edición de Frankenstein o El moderno Prometeo (1818). Fuentes: Dominio público

No es de extrañar, por tanto, que Frankenstein surgiera de una tertulia literaria, filosófica y, por supuesto, científica. En particular de la que tuvo lugar una lúgubre noche de tormenta de 1816, el «año sin verano», en Villa Diodati (Suiza) entre Mary, entonces de apellido Godwin; su prometido, Percy Shelley; los poetas Lord Byron y Clarie Clarmont, y el médico John Polidori. Ella misma lo contó en el prólogo a la edición de 1931 de su novela:

Lord Byron y Shelley sostuvieron muchas y prolongadas conversaciones, y yo fui oyente devota pero casi silenciosa de esos coloquios. Durante una de esas charlas se discutieron diversas doctrinas filosóficas, y entre otras la naturaleza del principio de la vida, y si existían probabilidades de que jamás fuese posible descubrirlo y comunicarlo. Hablaban de los experimentos del doctor Darwin […] que preservaba un trozo de vermicelli en un frasco de vidrio, hasta que gracias a ciertos medios extraordinarios comenzaba a moverse voluntariamente. Después de todo, no se trataba de infundir vida. Quizá fuera posible reanimar un cadáver; el galvanismo había sugerido cosas por el estilo: quizá fuera posible fabricar los elementos de una criatura, reunirlos e infundirles calor vital.

Es por este prólogo, entre otros factores, por lo que hay quien dice que Frankenstein fue la primera novela de ciencia ficción, algo con lo que personalmente discrepo —tanto en que fuera la primera como en que sea ciencia ficción en el sentido moderno del término—. Sobre todo porque habían pasado trece años desde la publicación de la edición original y en ella no se encuentra esa reivindicación tan directa de la ciencia como piedra angular de la historia. Es todo mucho más vago… y seguramente más bello.

Probablemente, para cualquier intelectual del siglo XIX no existiera mucha diferencia entre las maravillas de la ciencia, las maravillas del mundo y las maravillas del ser humano y de la vida. Todo formaba parte de lo mismo. Racionalidad y espiritualidad, materia y alma, experimento y revelación, lógica e intuición eran solo diferentes facetas de una misma realidad. Así, cuando Luigi Galvani hacía que las ancas de una rana muerta se contrajeran gracias a la aplicación de una corriente eléctrica, en realidad estaba desvelando el secreto de la vida. Cuando Humphry Davy estudiaba los efectos analgésicos del óxido nitroso —gas de la risa—, en realidad estaba abriendo una puerta hacia la conciencia, la percepción y el ser. Y cuando creó la primera luz incandescente eléctrica, en realidad estaba venciendo la oscuridad en la que siempre había estado envuelto el futuro. Cuando Alexander von Humboldt exploraba lugares remotos, ascendiendo volcanes y atravesando selvas, en realidad estaba mostrando al ser humano que lo que desconocía era mucho más abrumador que lo que conocía… y extraordinario.

Frankenstein
Luigi Galvani (1737-1798), Humphry Davy (1778-1829) y Alexander von Humboldt (1737-1798). Fuentes: Dominio público.

¿Por qué iba a ser diferente en el caso de Mary Shelley? El argumento habitual es que Frankenstein fue la primera novela de ciencia ficción de la historia porque fue la primera que sustituyó el elemento sobrenatural propio de la novela gótica por un elemento racional: al monstruo de Frankenstein no lo resucitaba la magia, lo resucitaba la ciencia. Pero es que en el siglo XIX la línea que separaba lo racional de lo sobrenatural no estaba tan clara. El misterio, simplemente, empezó a trasladarse de un ámbito a otro, pero no dejó de ser misterio. La ciencia tendría que avanzar mucho más y acorralar cada vez más a la imaginación para que esa línea se definiera con claridad y, aún así, todavía hay áreas del conocimiento que se nos resisten.

Pero este artículo no trata sobre si Frankenstein es ciencia ficción o no, sino sobre el momento maravilloso en que nació: uno en el que la ciencia no era más que la poesía de la naturaleza, y la poesía la ciencia de lo inconmensurable. La novela de Mary Shelley se situó justo en la frontera de lo conocido y lo desconocido, de la visión científica y la visión humanista; no en vano sus planteamientos siguen vigentes hoy. Los límites del conocimiento, la ambición científica, la responsabilidad moral del creador hacia su creación, la soledad, la deshumanización… van más allá de la relación entre Víctor Frankenstein y su monstruo. Los seguimos encontrando hoy en día por todas partes: inteligencia artificial, biotecnología, ecología, exploración espacial… Mary Shelley entendió, en los albores de la ciencia moderna, que todo avance científico es también un dilema ético, pero ella no lo dijo así, sino que dijo:

Con una ansiedad rayana en la agonía, coloqué a mi alrededor los instrumentos que me iban a permitir un hálito de vida a la cosa inerte que yacía a mis pies. Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeaba las ventanas sombríamente, y la vela casi se había consumido, cuando, a la mortecina luz de la llama, vi como la criatura abría sus ojos amarillento y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo.

Porque, aunque pretendamos, a veces, enfrentarlas entre sí, ciencia y poesía descansan bajo el mismo umbral.

Bibliografía

Aldiss, B. (1973). Billion year spree. Weidenfeld & Nicholson.

Dyson, Freeman (2015). Cuando ciencia y poesía eran amigas. En Sueños de tierra y cielo, Debate.

Holmes, R. (2008). The age of wonder. Harper Press.

Levy, J. (2019). Gothic science: The era of ingenuity and the making of Frankenstein. André Deutsch.

Shelley, M. (2001[1818]). Frankenstein o El moderno Prometeo, Cátedra.

Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.

Nota:

[1] Descubrí estos maravillosos versos de William Blake traduciendo El espacio. 10 cosas que deberías saber, de la divulgadora Becky Smethusrt, editado por Shackleton Books.

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