El síndrome de Frankenstein (o de Frankenfood )

La novela Frankenstein o El moderno Prometeo, de Mary W. Shelley, se publicó en Londres el 1 de enero de 1818. Celebremos, a nuestra manera, el 200 aniversario de un evento que es crucial en la relación de la ciencia con la sociedad en nuestro tiempo.

“Tu eres mi creador, pero yo soy tu dueño: ¡obedece!”
Mary W. Shelley, Frankenstein o El moderno Prometeo, 1818.

Una definición del síndrome de Frankenstein aparece en Wikipedia: es el temor de que los descubrimientos de la ciencia se vuelvan contra la especie humana y la dañen o, incluso, la destruyan. Es, en último término, el temor patológico hacia las creaciones humanas. Así, en nuestro tiempo, nos asustan las vacunas, los móviles, la electricidad, las ondas electromagnéticas, las centrales nucleares o, como veremos, las plantas transgénicas.

Entre los descubrimientos más recientes que tanto temor provocan están las organismos modificados genéticamente (GMO, del inglés Genetically Modified Organism), llamados, con propiedad y acierto, Frankenfoods. Es un término que se puede juzgar peyorativo, y que se aplica, sobre todo, a las plantas y animales modificados genéticamente en el laboratorio. El término apareció por primera vez el 16 de junio de 1992, en el New York Times, en una carta al director, firmada por Paul Lewis, profesor de inglés del Colegio Boston, y enviada en respuesta a un artículo de Edmund Andrews, publicado el 13 de junio, que presentaba la patente del primer alimento modificado genéticamente, en este caso, un tomate. Era una patente de la empresa DNA Plant Technology Corporation que, en el grupo dirigido por Pamela Dunsmuir, había insertado en el tomate los genes que dirigían la síntesis de péptidos anticongelantes en el lenguado de invierno. Este pez, de nombre científico Pseudopleuronectes americanus, resiste el frío en su área de distribución de la costa este de Estados Unidos, en el Atlántico Norte. Así se conseguía un tomate resistente al frío, tanto en el campo como luego en el almacenamiento y transporte refrigerados. A este tomate le llamaron Flav Savr.

Consiguieron la patente en 1992, la noticia apareció en el New York Times en junio y provocó la respuesta de Paul Lewis que, en su carta al director, decía:

Desde que el barón de Mary Shelley liberó de su laboratorio a su creación que mejoraría la especie humana, los científicos no han parado de traer a la vida novedades parecidas. Si ellos quieren vendernos Frankenfoods, quizá es el momento de convocar a los campesinos, prender las antorchas y asaltar el castillo.”

La realidad es que, en estos momentos, el 75% de los alimentos procesados que se consumen en Estados Unidos tienen alguno o varios de las ocho GMO que se comercializan en la actualidad: maíz, soja, alfalfa, remolacha azucarera, colza, algodón, papaya y calabacín.

Precisamente ahora, en las últimas semanas, el salmón gigante transgénico se ha puesto a la venta en Canadá. La empresa que lo comercializa ha declarado que ya ha vendido unas cuatro toneladas y media en filetes. En Estados Unidos también tienen permiso para comercializar este salmón desde 2015, pero todavía no ha llegado al mercado.

Era inevitable que a este salmón se le llamara Frankenfish, y es la primera especie animal GMO que llegará, y ha llegado en Canadá, a nuestra cocina y nuestra mesa.

Y, de nuevo recientemente, Sánchez y Parrott, de la Asociación Gremial ChileBio CropLife, de Santiago de Chile, y de la Universidad de Georgia, respectivamente, han publicado un meta-análisis sobre los trabajos que tratan de los riesgos de las GMO.

Un 5% de los estudios publicados sobre riesgos de plantas transgénicas concluyen que representan algún peligro. En total, son 35 artículos de un total de casi 700. Es curioso que, de esos 35 trabajos, el 43% venga de Italia o el 17% de Egipto y, en cambio, solo uno trate de investigaciones hechas en Estados Unidos, aunque la publicación venga de Australia.

Son investigaciones puntuales con GMO concretas, aunque, cuando llegan a los medios y al público, lo que es típico y habitual, el riesgo para una sola especie se amplia a todos los cultivos de transgénicos.

En general, los estudios vienen de pocos laboratorios y se publican en revistas no muy importantes. Además, presentan problemas metodológicos que invalidan sus conclusiones. Después de 20 años de cultivos comerciales de GMO, los autores del meta-análisis destacan que todavía no se ha publicado ningún trabajo que demuestre efectos peligrosos para la salud humana.

Termino, por ahora, sobre este asunto con la recomendación de repasar el blog de José Miguel Mulet y, ya que parece que hay tantas publicaciones interesantes en los últimos meses sobre las GMO, y lean la entrada titulada “AntiOGM, si no tienes argumentos: invéntalos.

Vamos a profundizar en la acción de los medios en relación con el síndrome de Frankenstein. Son importantes para difundir la ciencia entre los ciudadanos y crear una cultura científica que ayude a tomar decisiones. En Estados Unidos, Mary Nucci y Robert Kubey, de la Universidad Estatal de Nueva Jersey, han repasado las noticias sobre las GMO en las tres cadenas nacionales de televisión más vistas: ABC, CBS y NBC.

Ya sabemos que la televisión es un medio esencial para difundir noticias con rapidez y a grandes audiencias. Sin embargo, el tratamiento de las GMO en estas tres cadenas es menor y más ligero que en la prensa escrita. Solo se le concede más tiempo en momentos puntuales de crisis. En general, el público sabe poco de las GMO, lo que no impide que, en muchos casos, tenga fuertes convicciones a favor o en contra.

Además, no hay que olvidar que, como escribe José Miguel Mulet, los periodistas aplican un exagerado principio de equidistancia en asuntos, como el de las GMO, que van desde un consenso científico extendido a declaraciones de falsedad manifiesta. Aunque también es cierto que, por lo menos en Estados Unidos, lo que llega de los científicos profesionales al público no influye mucho cuando se forman una opinión, basada más en creencias que en evidencias.

El mismo grupo, liderado por Mary Nucci, también analiza las noticias sobre GMO en la prensa escrita entre 1992 y 2002. Después de repasar cientos de referencias en periódicos y revistas de tirada nacional en Estados Unidos, destacan que el enfoque es muy variado así como el número de noticias, con picos en 1999 y 2000.

Sin embargo, el resultado final es confuso, los debates son continuos, las exageraciones abundan y, en último término, el ciudadano no sabe si las GMO suponen un riesgo o no. Así, un 31% de los consumidores no pueden nombrar un caso concreto sobre los riesgos de las GMO y, algunos, como mucho, recuerdan que es “algo relacionado con el maíz”. En el estudio de Kami Silk y sus colegas, de la Universidad Estatal de Michigan, encuestan a 958 ciudadanos, con 482 mujeres, con edades de 18 a 73 años, y edad media de 29.5 años. El grupo mayor, con 357 voluntarios, no tiene muchos conocimientos sobre las GMO y, también, su respuesta es emocional y tibia. Están a la espera de más información para tomar una decisión. En el otro extremo, otro grupo, con 50 voluntarios, son anti-GMO y las consideran peligrosas, sobre todo porque son parte de nuestros alimentos y las ingerimos. Es más, la mayoría de los encuestados no es consciente de que ya come GMO. Recordar que, en Estados Unidos, el 75% de los alimentos llevan algún GMO. Incluso algunos, quizá muchos, se asustan pues tienen asumido que con los GMO ingerimos “genes”, lo que, creen, es imposible cuando comemos los alimentos de siempre.

El término Frankenfood entró rápidamente en el debate sobre las GMO, siempre con una base psicológica importante en el síndrome de Frankenstein. Evoca profundas respuestas emocionales, como las provocaba la criatura de la novela de Shelley y, sobre todo, la película dirigida por James Whale en 1931. Frankenfood aparece con la incertidumbre que crea la continua polémica sobre las GMO. Es una metáfora que nos ayuda a comprender lo que para muchos supone el peligro de las GMO. Y refleja el miedo que la ciencia y la tecnología provocan en muchas personas y, todavía más, si se considera que la ciencia sobrepasa lo que algunos consideran sus límites. Ese límite es, como en la novela y se repite con las GMO, crear vida.

Además, es un debate que no es fácil simplificar pues, como tantos otros desacuerdos en nuestra complicada sociedad actual, incluye ciencia, política, ideología, salud humana y ambiental, patentes, economía, grandes multinacionales y la opinión pública de una cultura globalizada. Solo con mencionar Frankenfood ya sentimos creencias, emociones e ideología.

Referencias:

Andrews, E.L. 1992. Patents: Keeping ice out of flood that’s frozen. New York Times June 13.

Glass-O’Shea, B. 2011. The history and future of genetically modified crops: Frankenfoods, superweeds, and the developing world. Journal of Food Law and Policy 7: 1-33.

Hightower, R. et al. 1991. Extression of antifreeze proteins in transgenic plants. Plant Molecular Biology 17: 1013-1021.

Maximen, A. 2012. Politics holds back animal engineers. Nature 490: 318-319.

Mazanek, C. 2016. Frankenfoods: Conceptualizing the Anti-GMO argument in the Anthropocene. News Errand’s: The Undergraduate Journal of American Studies 3: 1-12.

McInnery, C. et al. 2004. The flow of scientific knowledge from lab to the lay public. The case of genetically modified food. Science Communication 26: 1-31.

Nucci, M.L. & R. Kubey. 2007. “We begin tonight with fruits and vegetables”. Genetically modified food on the evening news 1980-2003. Science Communication 29: 147-176.

Sánchez, M.A. & W.A. Parrott. 2017. Characterization of scientific studies usually cited as evidence of adverse effects of GM food/feed. Plant Biotechnology Journal DOI: 10.1111/pbi.12798

Shelley, M.W. 2001 (1818). Frankenstein o El moderno Prometeo. Cátedra. Madrid. 356 pp.

Silk, K. et al. 2005. Gene cuisine or Frankenfood? The theory of reasoned action as an audience segmentation strategy for messages about genetically modified foods. Journal of Health Communication 10: 751-767.

Van Ennennaam, A.L. & W.M. Muir. 2011. Transgenic salmon: a final leap to the grocery shelf? Nature Biotechnology 29: 706-710.

Wikipedia. 2016, Síndrome de Frankenstein. 16 febrero.

Sobre el autor: Eduardo Angulo es doctor en biología, profesor de biología celular de la UPV/EHU retirado y divulgador científico. Ha publicado varios libros y es autor de La biología estupenda.

3 Comentarios

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Txema M.Txema M.

Me parece muy feo meter todo en el mismo saco, señor Angulo. Usted dice que “en nuestro tiempo, nos asustan las vacunas, los móviles, la electricidad, las ondas electromagnéticas, las centrales nucleares o, como veremos, las plantas transgénicas.” Es cierto que todas las cosas citadas asustan a alguien, pero hay gente que se asusta por todo y personas que lo hacen por cualquier cosa banal para los demás, la gente con fobias. Así que dejando aparte la irracionalidad de algunos miedos, conviene no mezclar las cosas y no tachar a quien rechaza algunas actitudes rechazables de asustarse por nada y de mantener actitudes irracionales. Eso solo sirve para ridiculizar a quien disiente sin atender a las razones de su disidencia. Y esa actitud tiene un nombre: “hombre de paja”, término con el que se denomina a la figura imaginaria que pretende representar al adversario ideológico atribuyéndole afirmaciones que jamás dijo. Ejemplo: el que dice que no tiene miedo de que por que le pongan una incineradora cerca de su domicilio le vayan a salir los hijos con dos cabezas (cita literal).

Tal vez yo también tenga miedos irracionales, pero me pone de muy mala leche que me manden apagar el móvil al despegar el avión y ver que otros lo siguen manejando. Seguramente no influirá, digo yo, porque bien que saben que hay muchos que no lo apagan. Tampoco lo dejan de usar cuando conducen. La culpa, desde luego, no es de los creadores o fabricantes de móviles.

No tengo ningún miedo particular a la electricidad, pero bien que procuré proteger los enchufes de mi casa de la curiosidad infantil. Y tal vez tenga una fobia particular a la electricidad cuando los arreglos en enchufes y cables los hago cortando la corriente de casa, con luz de día. La electricidad no debe dar miedo, pero hay gente que por falta de miedo se mete en la bañera con el secador de pelo. Ignoro cuál sería el resultado real de un accidente, pero siempre se nos dijo que la electricidad y el agua no se llevaban bien y yo, en mi ignorancia, prefiero ser prudente.

Las ondas electromagnéticas no deberían darnos miedo. Vale. Deberíamos ser como dicen que decían ser los galos: no debería darnos miedo nada salvo que el cielo caiga sobre nuestras cabezas. Pero por no hacer suficiente caso a la prevención recomendada respecto a la radiación ultravioleta me han tenido que operar dos veces de pequeños cánceres de piel, benignos, en la cara. También a mi mujer. Mi tía trabajó treinta años en un centro de radiología tras la guerra. No había tantas precauciones como ahora las hay en los hospitales. Tenía, es verdad, un delantal de plomo, pero le resultaba muy incómodo usarlo continuamente. Vivió hasta los 98, lo que demuestra que, en su caso, las radiaciones no debieron afectarle demasiado. Pero sé que perdió su menstruación antes de los 35. No todo es perfecto. Supongo que el principio de precaución nunca está de más, por eso se estudia cómo proteger a los astronautas de la radiación sin la protección de la atmósfera.

Estoy en contra de la proliferación de centrales nucleares para producir energía eléctrica. Aún diría más: estoy por su cierre. Lo estoy por estar convencido desde hace cinco décadas de que los gastos corren por parte de todos y los beneficios se reparten entre unos pocos. Lo estoy por haber escuchado mentiras por parte de sus promotores, mentiras que puedo citar. Lo estoy por creer que el futuro de la humanidad debe ser tan largo como su pasado y ver que cuando nos hablan del futuro lo hacen a un máximo de unas pocas décadas, menos de un siglo frente a los dos millones de años de nuestro género Homo, cientos de miles de los cuales nuestros antepasados se sostuvieron con energías renovables y cientos de miles más nuestros descendientes tendrán que volver a hacerlo, de un modo efectivo, inteligente y bien planificado, racional, lo que no va en el sentido de las políticas que apoyan la reapertura de las nucleares y sancionan el consumo de energía solar. Estoy en contra de las centrales nucleares porque no admito que dejemos deudas a nuestros descendientes sin que vayan a obtener ningún beneficio a cambio. Los resíduos nucleares deberán ser vigilados durante muchísimos años por generaciones que no contarán con el beneficio de la electricidad producida y deberán hacer frente al gasto que ello suponga. No estoy en contra del uso de la energía nuclear ni de todas las centrales nucleares necesarias para engendrarla, sólo de aquellas cuyo supuesto objetivo primario es la producción de energía eléctrica para la red de consumo. Dos familiares míos, uno de ellos mi madre, fueron tratados con radioterapia. La medicina nuclear es uno de los enormes avances que ha mejorado nuestras vidas, las vidas de quienes tenemos acceso a una sanidad pública desarrollada a la que hoy quieren intervenir, privatizar y empobrecer promocionando la sanidad privada con fondos públicos los mismos que se empeñaban en reabrir Garoña. Así que no tengo miedo de las centrales nucleares, pero me opongo a ellas por razones que no caben en un temeroso hombre de paja que teme a las vacunas o al wifi. No mezcle unas cosas con otras, señor Angulo.

Y respecto al tema de su artículo, el rechazo a los transgénicos en agricultura, le recordaré que gran parte de ese rechazo, al menos en lo que me toca, no se debe a absurdos miedos sobre incidencias en la salud del consumidor, sino a otras razones que estoy completamente seguro que usted conoce y no cita, razones ligadas al deshumanizado sistema capitalista extremo al que nos encaminamos y que no querría que tuvieran que sufrir nuestros descendientes. Me encantará saber que otros productos tan imprescindibles como la insulina son producidos por medio de la modificación genética de organismos y que enfermedades hoy sin tratamiento o con un tratamiento costosísimo son combatidas por medio del cultivo de bacterias genéticamente modificadas. Pero en defensa de la biodiversidad agrícola, que se manifesta en la pervivencia de variedades locales menos aptas para su transporte y venta en grandes superficies y en defensa de los agricultores de los países empobrecidos a los que se les imponen los monocultivos en condiciones que coartan su libertad, seguiré oponiéndome a que puedan patentarse genes preexistentes en la naturaleza, a que puedan comercializarse productos derivados de la agricultura transgénica sin que esa información sea accesible al consumidor y a que se nos trate de engañar como si fuéramos niños diciéndonos que la modificación genética no es nada más que lo que los agricultores llevan haciendo durante siglos.

¿Sabe lo que puede encontrarse en la hemeroteca? Las afirmaciones de supuestos sabios que defendían la construcción de la central nuclear de Lemóniz diciéndonos que la energía nuclear no es otra cosa que la energía del sol. No vale el uso de mentiras; la fusión nuclear y la fisión son dos cosas bien distintas y la selección humana de fenotipos no tiene nada que ver con la intervención y transformación de genotipos.

Así que seguiré oponiéndome señor Angulo, a la incineración, a las nucleares y a la libre comercialización sin información de transgénicos agrícolas. Pero eso sí, le juro que lo haré sin ningún miedo. El miedo paraliza

Manuel López RosasManuel López Rosas

Agradezco expresamente el interesante y oportuno texto de puntualizaciones de Txema M., ha señalado y expresado en sus comentarios un deslinde importante que, por mi parte debo iniciar respecto a algunos artículos e informaciones que he dejado pasar sin prestarle mayor atención.

Seguramente lo menos que se espera de los lectores de este blog es que mantengamos alerta nuestra atención y capacidad de reflexión.

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