El Elogio del Horizonte de Chillida, un encuentro entre ciencia y arte

Elogio del horizonte Hormigón, Eduardo Chillida Juantegui, 1990

Elogio del horizonte, Hormigón, Eduardo Chillida Juantegui, 1990

Eduardo Chillida Juantegui (San Sebastián, 1924 – Ibídem, 2002) recorrió la costa europea en busca de un espacio acorde a su idea de «elogiar el horizonte», encontrándose que la mayoría de las situaciones que se adecuaban a lo que él buscaba ya estaban ocupadas por la armada por razones estratégicas.

El arquitecto Paco Pol, que estaba realizando la remodelación del Cerro de Santa Catalina de Gijón [1], se interesó por el proyecto de Chillida y éste, en vista de que el espacio se adecuaba a su preconcepción de la obra, puso en marcha el proyecto. La escultura Elogio del horizonte finalmente se erigió en el Cerro de Santa Catalina en 1990.

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LA CIENCIA DEL ELOGIO DEL HORIZONTE

El material escogido para esta escultura fue el hormigón, un material atípico para el Arte. El uso del hormigón por parte de Chillida empezó en 1972 con la escultura La sirena varada, en la que trabajó con el ingeniero José Antonio Fernández Ordóñez por primera vez.

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La sirena varada, Hormigón, Eduardo Chillida Juantegui, 1972

El hormigón es un material compuesto esencialmente por un aglomerante –cemento-, áridos, agua y aditivos como retardadores o pigmentos [2].

La pasta formada por cemento y agua es la que confiere al hormigón la capacidad de fraguado, de endurecimiento, mientras que el árido -llamado arena o grava según el grosor del grano- es un material inerte que no participa en las reacciones químicas que regulan el fraguado. El cemento se hidrata en contacto con el agua, iniciándose varias reacciones químicas de hidratación que lo convierten en una pasta maleable con propiedades adherentes que, en el transcurso de unas horas, derivan en el fraguado de la mezcla, tanto al aire como bajo el agua, obteniéndose un material pétreo.

Las materias primas básicas del cemento más común, el cemento Portland, son arcilla y caliza. La caliza es en su mayoría carbonato de calcio (CaCO3) que al calentarse a más de 900oC se descarbonata produciendo gas carbónico (CO2) y cal (CaO). La arcilla proporciona sílice (SiO2), alúmina (Al2O3) y óxido férrico (Fe2O3) [2]. En los hornos para cemento se desarrollan una serie de reacciones químicas complejas entre estos compuestos que dan lugar a silicatos, aluminatos y ferroaluminatos de calcio [3].

J.F. Navarro. Un horno para cemento (1896). Patente 19765 Ministerio de Industria, Turismo y Comercio. Oficina Española de Patentes y Marcas. Archivo Histórico.

J.F. Navarro. Un horno para cemento (1896). Patente 19765 Ministerio de Industria, Turismo y Comercio. Oficina Española de Patentes y Marcas. Archivo Histórico.

Los silicatos determinan la resistencia mecánica del cemento a largo plazo y su inercia química una vez fraguado. Los aluminatos son los compuestos que gobiernan el fraguado y las resistencias a corto plazo. El ferroaluminato forma un fluido muy adherente durante la fabricación del cemento, lo que provoca que la materia prima se disuelva y pueda reaccionar con facilidad [4].

Para la ejecución del Elogio del horizonte, Chillida volvió a contar con Fernández Ordóñez. Chillida no quería un hormigón sofisticado, sino que quería un hormigón visto, de piedra y de tierra, con un aspecto rudimentario y con un color terroso. No quería que el Elogio se erigiese como un monolito impecable, desconectado de la tierra.

Fernández Ordóñez se encargó de hacer los cálculos estructurales para que la obra que Chillida imaginaba pudiese ejecutarse. Le propuso las dosificaciones definitivas del hormigón, es decir, las proporciones de cada uno de los componentes [1].

El hormigón que emplearon es el hormigón aluminoso, formado por diferentes proporciones de grava roja, arena roja, viruta de fundición, agua y cemento aluminoso. El cemento aluminoso se fabrica a partir de caliza y bauxita, y se compone principalmente de aluminatos, con lo que el fraguado ocurre en cuestión de horas en lugar de días. En los años 70 su uso en construcción se popularizó, pero resultó que con el paso del tiempo este material se deteriora porque la estructura cristalina de los aluminatos cambia de hexagonal a cúbica, generando poros y acelerando la desintegración del hormigón, lo que se dio a conocer como aluminosis[5].

Lo más destacado de la dosificación escogida por el ingeniero es la elevada concentración de virutas de fundición. Su inclusión en el hormigón produce un acabado oxidado que dota a la escultura de la fuerza vetusta que Chillida pretendía.

Otra característica reseñable es la elevada proporción de agua. El hecho de que contenga tanta agua beneficia la porosidad y ésta favorece la pronta oxidación de las virutas de fundición. También contiene más cantidad de grava gruesa que de arena, otro factor que favorece la porosidad del hormigón y en consecuencia la oxidación.

La porosidad superficial producida por esta dosificación hace que el hormigón sea más ácido, por lo que se favorece aún más la oxidación descontrolada del hierro [4]. Que además esta escultura esté situada justo delante del mar, facilita la acumulación de agua y salitre en las fisuras, acelerando la oxidación y perjudicando su durabilidad.

Esta dosificación del hormigón sólo puede justificarse bajo el prisma artístico. En obras ingenieriles el uso de este hormigón sería impensable y fuera de la normativa vigente como obra civil.

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Chillida realizó varias maquetas en acero y madera hasta llegar a la forma definitiva del Elogio, decantándose por la economía de formas.

La escultura definitiva, si se asimila a un pórtico en alzado y a una elipse en planta, el pórtico tiene 10 m de altura, y la elipse tiene unos diámetros de 12 m y 15 m. El grosor constante en toda la pieza es de 1,4 m. Los tres voladizos nacen a 8 m de altura y miden 2 m.

La maqueta en madera que fabricó Chillida fue útil para la elaboración de los planos, y a partir de éstos se procedió a ejecutar en el taller un molde de poliexpán (poliestireno expandido) con las medidas definitivas [1].

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La maqueta de poliexpán permitió levantar en torno a ella el encofrado que determinaría la forma final de la escultura. El encofrado fue una tarea difícil a causa de las dobles curvaturas de la escultura. Para el encofrado escogieron madera de pino por su resistencia y comportamiento, ya que por un lado tenía que satisfacer la curvatura de la escultura, y por otro lado tenía que minimizar el alabeado debido a la alta humedad del hormigón fresco, además de la humedad ambiental del Cerro de Santa Catalina.

Una vez finalizado todo el encofrado se fueron marcando los grupos de tablillas con signos de color rojo y azul que facilitasen el montaje en el Cerro de Santa Catalina.

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Se tuvo que diseñar una compleja armadura metálica necesaria para ejecutar una escultura que alcanzaría las 500 toneladas.

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Tras una semana de reposo del hormigón, se procedió al desencofrado y se limpió la superficie de la escultura con ácidos diluidos para que el hormigón perdiese la lechada superficial y recuperase su auténtico color.

Elogio 9

Tras el fraguado se producen pérdidas de agua por evaporación, pudiendo formarse pequeños huecos en el hormigón que disminuyen su resistencia. Esto se evita por medio del curado del hormigón. El curado se realiza añadiendo abundante agua desde la superficie que permite que se desarrollen nuevos procesos de hidratación. Hay varios procedimientos habituales, desde los que protegen la pieza con cubiertas de plástico o mediante riegos de agua superficiales [6].

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Chillida intervino en cada una de las etapas del proceso, revisando, cambiando y decidiendo cualquier detalle. Disfrutaba especialmente de las tareas de encofrado: «Cuando hago un encofrado veo el espacio interior en donde voy a meter el hormigón, me da una sensación de expansión, esa presión que se va a producir, eso de ir de dentro hacia fuera, es una cosa fantástica. Y es el mismo proceso que ha tenido la piedra, pero con un tiempo distinto. Son materiales expansivos que guardan el recuerdo de que allá ha habido una presión» [1].

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INTERPRETACIÓN ARTÍSTICA

La elección de los materiales de los que está hecha una obra de arte no es una elección caprichosa, sino que se fundamenta en criterios estéticos, formales y, sobre todo, interpretativos.

Se trata de un elogio y como tal, ha de ser una creación del hombre, un artificio manifiesto, que exalte aquello a lo que elogia. Para resaltar esa idea de artificio Chillida ha escogido un material completamente artificial y lo ha sacado de su contexto. El hormigón es un material de carácter basto y macizo, destinado a desempeñar funciones prácticas, al contrario que lo propiamente artístico. El hormigón es un material robusto, de contención, de soporte, que recibe fuerzas y que pertenece al ámbito de la construcción, de lo útil.

El hormigón es la piedra artificial, la piedra inmediata. El hormigón es lo que los hombres hemos extraído de la tierra, de diferentes tierras de diferentes lugares, hemos pulverizado, mezclado a antojo, calentado, eliminado el agua e incorporándola después, para que todas las piezas que componen esa mezcla recuperen una forma y una compactación nueva y estable, también regida por las leyes de la naturaleza. Por eso es piedra y por eso arrastra el adjetivo de artificial, porque sigue siendo piedra, piedra destrozada y recompuesta por el hombre. No ha sido sometida al largo proceso creativo natural, no ha soportado larguísimos vaivenes termodinámicos para convertirse en quien es, sino que en cuestión de días ha pasado de ser polvo a ser piedra.

Decía Heidegger que la obra de arte abre un mundo propio a partir de la manifestación de la tierra de la que está hecha [7]. Un monolito o un templo señalan una porción del espacio y lo convierten en lugar, hacen sobresalir la tierra de la tierra, constituyen un elogio a lo divino y se erigen como iconos de lo sagrado. De un modo similar, también el Elogio señala un espacio para convertirlo en lugar, también hace sobresalir la tierra de la tierra, pero esta tierra ha sido sometida al hombre, ha sido rescatada de su función como herramienta y se ha convertido en el objeto que señala, en contenido, pero sobre todo en continente. El Elogio no es en sí mismo icono, no es el objeto de la obra, sino que el mundo de la obra es lo que inunda a ese material innoble.

Puede decirse que las esculturas de Chillida envuelven el espacio y están contenidas por el espacio. Ese espacio señalado es el mundo de la obra, es más mundo que el objeto en sí. Así el Elogio subraya lo limítrofe desde el mundo que ha creado dentro, donde se sitúa el hombre que lo contempla, y desde fuera, donde enmarca el horizonte.

El hormigón, como material, contiene ese carácter limítrofe entre lo que es del hombre, lo artificial, y lo que es de la naturaleza. Señala esa impostada diferencia entre lo humano y lo natural, y lo convierte en vínculo. El hormigón se erige sobre la tierra y es de tierra, y se oxida como la tierra, y envejece como la tierra, va perdiendo su blancura y las estrías de su encofrado, y se va desdibujando como la tierra ocre de la que vino. Por eso es un hormigón basto, pedregoso, anaranjado, sin normativa. Es un hormigón que contiene la huella del hombre y a la vez pretende integrarse en su naturaleza salvaje.

Las dimensiones del Elogio también apoyan esta lectura de la obra. Es una escultura monumental, de 10 m de alto. Está en el límite de la escala que hombre asume como su escala. Es inmensa pero no inabarcable. Bajo sus brazos uno siente el peso del hormigón, se siente protegido por sus paredes del enviste del viento. Tiene una ventana abierta al mundo y las puertas abiertas, invitan a refugiarse dentro. El Elogio es un refugio. Tiene las dimensiones de un refugio y ha sido construido con el material del hombre.

Hacia el límite de la tierra con el mar la escultura tiene forma de ventana desde la que contemplar. La escultura es el marco. Hacia arriba la escultura es una elipse cuyo tejado es el cielo. Y hacia la tierra, la escultura es una puerta abierta, unos brazos abiertos que invitan a entrar y refugiarse, que indican hacia dónde mirar, dónde situarte, cuál es el lugar de ese espacio.

La experiencia contemplativa desde el refugio además se ve intensificada por la reverberación que produce el viento en el hormigón. La bravura del mar y del viento se entremezclan y potencian como si estuviésemos dentro de una caracola colosal. Las vistas quedan enmarcadas y amplificadas desde una posición aquietada que alienta la actitud contemplativa, al tiempo que es percibido el dinamismo de las imágenes, el cambio perpetuo del oleaje y de la luz, el vuelo de las aves, el discurrir de las nubes. Y como resultado de esta adecuación entre la visión contemplativa y la dinámica, sin intermediaros artificiales, sin aparataje tecnológico, queda abierto el enriquecimiento de la noción de tiempo real. El mirador en que se erige el Elogio pasa a convertirse en un cinematógrafo [8]. Lo que Chillida consigue con el Elogio es la amplificación de la percepción de la realidad a través de la contemplación, de la combinación entre la percepción estática de uno mismo, la percepción dinámica del espacio, y el tiempo, armonizados por el sosiego del recogimiento.

La escala por un lado se asemeja al hombre, pero por otro, por su monumentalidad, y por su apertura hacia el cielo, hacia la tierra y hacia el horizonte, enfrenta al hombre con la dimensión inabarcable del cosmos. En el espacio delimitado por la pieza surge y se funda otro espacio, paradójico, por cuanto a la dimensión antropométrica refiere a la cósmica, infinita, a pesar de estar delimitada por los horizontes inabarcables, del cielo y el mar. En palabras de Heidegger: «El estar en pie el templo da a las cosas su fisionomía y a los hombres la visión que tienen de sí mismos» [7].

El Elogio es un refugio que obliga a la contemplación de lo insondable. Es como un templo que señala el límite siguiente, entre la tierra y el cielo. Elogia esos límites, los celebra y glorifica, porque esos límites son nuestro horizonte, el horizonte entre el hombre y la tierra, entre el hombre y el cosmos.

Este post ha sido realizado por Deborah García Bello (@Deborahciencia) y es una colaboración de Naukas con la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

Fuentes:

[1] Collell Mundet, G. (2007). Relación entre la obra de José Antonio Fernández Ordóñez y de Eduardo Chillida Juantegui. Escola Tècnica Superior d’Enginyers de Camins, Canals i Ports de Barcelona – Enginyeria de Camins, Canals i Ports.

[2] Arredondo, F. (1972). Estudio de materiales: V. Hormigones. Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Madrid). Instituto Eduardo Torroja de la Construcción y del Cemento. p. 9-15

[3] Neville, A. M.; Brooks, J. J. (1987). Concrete Tecnology. Longman Group UK Limited. Pearson Education Limited, England. Second edition. p. 1-37.

[4] Harold F. W. Taylor (1990). Cement Chemistry. Academic Press, London. p.60-94

[5] Talero Morales, R.; Triviño Vázquez, F.; Palacios de María, J.; Díaz García, F.F. (1989). La “Aluminosis” del cemento aluminoso o un término nuevo para una clásica enfermedad. Materiales de construcción, Vol.39, nº216. p. 37-51

[6] Jiménez Montoya P., García Meseguer A., MoráCabré F. (1987). Hormigón Armado Tomo I. Barcelona: Editorial Gustavo Gili S.A. p. 26-36, p.81-87

[7] Martin Heidegger. (1999). El origen de la obra de arte. Fondo de Cultura Económica, Madrid. p. 70-80.

[8] Arturo Segura. (2009). Breve comentario fenomenológico del Elogio del horizonte, de Eduardo Chillida. Estudios Vascos. Sancho el Sabio, 31. p. 11-22.

Imágenes: AsturPlan.com, César Álvarez (La sirena varada) y [1]

Agradecimientos: Agradezco a Manuel F. Herrador, ingeniero y profesor de Hormigón estructural de la Universidade de A Coruña, su ayuda en el desarrollo e investigación de la parte técnica de este artículo.

6 Comentarios

El Elogio del Horizonte de Chillida, un encuent...

[…] Elogio del horizonte, Hormigón, Eduardo Chillida Juantegui, 1990 Eduardo Chillida Juantegui (San Sebastián, 1924 – Ibídem, 2002) recorrió la costa europea en busca de un espacio acorde a su idea de «elogiar el horizonte», encontrándose  […]

Sebastian Agirretxe OraáSebastian Agirretxe Oraá

Me ha parecido muy interesante el articulo. Capta bien el pensamiento de Chillida. Mi felicitación

El Elogio del Horizonte de Chillida, un encuent...

[…] Elogio del horizonte, Hormigón, Eduardo Chillida Juantegui, 1990 Eduardo Chillida Juantegui (San Sebastián, 1924 – Ibídem, 2002) recorrió la costa europea en busca de un espacio acorde a su idea de «elogiar el horizonte»,…  […]

Emilio CanoEmilio Cano

Enhorabuena por el artículo, demostrando -como siempre- que ciencia, (técnica) y arte no solo no son opuestos sino que se complementan y necesitan, tanto en la fase de creación, como en este artículo, como en la de conservación.

Solo un pequeño matiz, al párrafo que comienzas “La porosidad superficial producida por esta dosificación hace que el hormigón sea más ácido …”. Con esta redacción, parece que el hormigón tuviera per se un carácter ácido, intensificado en este caso, cuando en realidad el pH del hormigón es extremadamente alcalino (alrededor de 12). El matiz creo que es importante pues es, precisamente, este pH alcalino el que permite que el hierro de la armadura no sufra corrosión. Solo cuando el pH baja de 10-11, al carbonatarse por reacción con el CO2 y agua ambiental, o entran cloruros, la armadura comienza a corroerse. Ambos mecanismos, eso si, se ven favorecidos por la elevada porosidad, así que -por eso lo de “matiz”, pues el resultado lo explicas perfectamente- la durabilidad se ve perjudicada.

Otra obra similar de Chillida, el “Monumento a la Tolerancia” (Muelle de la Sal, Sevilla) ha tenido ya que ser intervenido por los problemas de corrosion sufridos, en gran parte, por el uso de estas formulaciones de hormigón: europapress.es/andalucia/sevilla…5162211.html

Otro aspecto que me ha llamado la atención es el uso de “ácidos diluidos” tras el desencofrado. ¿Tienes alguna información sobre qué ácidos se usaron? En el caso del “Monumento a la Tolerancia”, en un estudio publicado en 2013 se encontraron concentraciones de cloruros -que como ya he dicho, despasivan el acero- anormalmente elevadas. El origen no puede ser ambiental, ya que no está en zona marina, así que una de las hipótesis planeadas fue que proviniesen de un tratamiento (¿ácido clorhidrico?) utilizado para crear un aspecto oxidado de la superficie.

Deborah García BelloDeborah García Bello

Hola Emilio. Muchas gracias por tu comentario.
Precisamente con este artículo pretendo hacer hincapié en esa relación entre la ciencia y el arte desde los cuatro puntos de vista que considero imprescindibles: significancia de materiales, ejecución (técnica), conservación y concepción de la idea plástica -si no existe la ciencia que posibilite la obra, ésta será difícilmente concebible-.
Con respecto al matiz que comentas: he revisado el texto y tienes razón, puede interpretarse que el hormigón se vuelve ácido, sin mencionar y dando por hecho que sigue siendo alcalino. Habría sido más acertado escribirlo de otra manera.
La información que he encontrado sobre cómo se eliminó la lechada superficial la encontré en las referencias de la fuente [1], y es que se utilizó ácido clohídrico diluído (desconozco la concentración exacta). Se pulverizó sobre la superficie, se dejó actuar varios minutos, y a continuación se lavó intensamente con agua y cepillos de cerda fuerte. La intención del lavado sería evitar precisamente acumulaciones de cloruros que se filtrasen hasta la armadura.
El Monumento a la Tolerancia fue inaugurado en 1992, dos años después del Elogio del horizonte, y Chillida volvió a trabajar con Fernández Ordóñez, así que podríamos sospechar que los tratamientos fuesen similares. Hay un detalle importante, y es que el Monumento a la Tolerancia no fue hormigonado in situ, sino en un pabellón, y luego se trasladó al Muelle de la Sal. Obviamente el factor ambiental también es importantísimo. Es posible que esa elevada concentración de cloruros provenga de un lavado que, por algún motivo, no se hiciese correctamente o le afectase el hecho de no estar a la intemperie. Imagino que también se habrán barajado otras hipótesis relativas al tipo de áridos.
Un saludo y muchas gracias, Emilio.

Emilio CanoEmilio Cano

Hola Deborah,

Gracias por el apunte, no conocía la ref. 1, donde efectivamente hablan de ácido clorhídrico. En el Monumento a la Tolerancia, efectivamente, una de las hipótesis sobre el origen de los cloruros era la de los áridos, pero me parece importante también tener en cuenta la del tratamiento ácido, que no había visto nunca referida en bibliografía de conservación. Desde luego, en Elogio del Horizonte, estando donde está, la contribución del aerosol marino será siempre mucho más importante.
Como con el Peine del Viento, son obras que hay que disfrutar mientras duren… que seguramente, no será demasiado. Nosotros las veremos; nuestros hijos, probablemente también; nuestros nietos… no lo tengo tan claro 😉

Un saludo,

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