La ciencia “de risa” es cosa seria

Frontera

Imagen: Evan Ackerman.
Imagen: Evan Ackerman.

Cuando uno se dedica a la divulgación, una de las preguntas que más le hacen tiene que ver con los estudios absurdos. ¿Cómo puede dedicarse alguien a estudiar en qué posición orinan los perros?, te preguntan. O ¿qué importancia tiene que los escarabajos se orienten con la Vía Láctea? La respuesta no es sencilla porque no todos los estudios que mueven a la risa son del mismo tipo. Por un lado están los casos de mala ciencia, de estudios mal hechos, que establecen falsas correlaciones, y por otro los estudios que aparecen en los titulares de algunos medios, basados en trabajos patrocinados que no tienen la menor relevancia ni valor científico. Y luego está el trabajo diario de miles de investigadores en asuntos aparentemente nimios, que pueden a veces parecer hasta grotescos, pero que componen el tejido que sostiene los grandes avances de la ciencia.

Uno de los escaparates más conocidos de los estudios que parecen de broma son los conocidos premios Ig Nobel, organizados desde 1991 por la revista satírica Annals of Improbable Research y que se entregan cada año en una divertida ceremonia en la Universidad de Harvard a la que asisten auténticos premios Nobel. La intención de estos premios, bautizados como los “antiNobel”, es intentar hacer reír para luego hacer pensar a la sociedad. Aunque alguna institución se ha quejado de que los galardones ridiculizan la ciencia, la mejor prueba de que estos trabajos pueden tener una carga de profundidad es que algunos de los premiados han terminado galardonados con el Nobel de verdad o implicados en investigaciones de gran relevancia para la humanidad.

En el año 2000, por ejemplo, el físico ruso Andréy Gueim recibió el premio Ig Nobel por hacer levitar ranas con imanes. Diez años después, el 5 de octubre de 2010, Gueim fue galardonado con el Premio Nobel de Física junto a Konstantín Novosiólov por sus trabajos sobre el grafeno. En 2006, Bart Knols recibió el Ig Nobel por un estudio que mostraba que el mosquito Anófeles se siente atraído por el olor del queso Limburger y el olor de los pies. Como resultado de estos trabajos, este tipo de queso se coloca en algunos lugares de África para combatir la malaria.

En ocasiones, como el último caso, los autores juegan con el título de la investigación para conseguir el Ig Nobel, pues con otra terminología el trabajo podría confundirse con otros de la misma materia. Otras veces, una idea aparentemente tonta se concibe como un toque de atención para la comunidad científica. En 2012, por ejemplo, el neurocientífico Craig Bennett y la psicóloga Abigail Baird ganaron el premio Ig Nobel de neurociencia por realizar resonancias magnéticas funcionales con salmones muertos. El asunto produce mucha risa en la primera impresión, pero cobra otro sentido si sabemos que lo que demostraron es que la señal del escáner de un salmón muerto puede dar lugar a un falso positivo y que el trabajo permitió introducir una corrección estadística en el análisis de las imágenes cerebrales.

La historia de la ciencia está plagada de descubrimientos que surgieron de una duda trivial, o de científicos que estudiaron cosas pequeñas para llegar a conclusiones más amplias. En un artículo publicado en 2009 en The Nation, Robert Matthews repasaba algunas de las cuestiones aparentemente sin importancia que tuvieron que ver con grandes descubrimientos, como los juegos de dados de Pascal y Fermat que les ayudaron a desarrollar la teoría de la probabilidad o la conocida anécdota de Richard Feynman y el momento su inspiración al ver caerse un plato en una cafetería. La idea es que el origen de muchos otros descubrimientos habría parecido hoy día absurdo para los profanos, al igual que muchas de las pequeñas cosas que se investigan en los laboratorios del mundo y que a primera vista suenan ridículas.

Investigar qué ven los escarabajos peloteros cuando miran las estrellas, por qué las embarazadas no se caen hacia delante o la necrofilia homosexual de las ánades reales quizá parezca ciencia trivial, a veces es solo una broma, pero estos y otros trabajos aparentemente nimios son parte de los millones de pequeños hombros que sostienen a los gigantes de la ciencia. Pensar que toda la ciencia es finalista y consigue grandes objetivos no tiene sentido, la mayoría de las investigaciones intentan responder a preguntas intermedias o resuelven pequeños pasos en el camino.

De cuando en cuando, sucede que esos pequeños pasos son la frontera de un nuevo territorio. A finales del siglo XVII, el comerciante holandés Anton van Leeuwenhoek descubrió que puliendo sus cristales conseguía ver cosas pequeñas a gran tamaño y que aparecían unos bichitos (“animálculos”), entre los que estaban sus propios espermatozoides. Aquel arranque de curiosidad fue el nacimiento de la microscopía y quizá hubiera merecido un Ig Nobel de la época. La próxima vez que el título de un estudio te produzca risa, conviene tenerlo en cuenta.

Sobre el autor: Antonio Martínez Ron es periodista

7 comentarios

  • Avatar de Sergio Macías Arias

    Es microscopia, no microscopía.

    El acento siempre es en la o, no en la i. Curiosamente, en el mundo de la medicina se hace bien (artroscopia, endoscopia, gastroscopia, laparoscopia, etc.), pero en el ámbito no médico la acentuación incorrecta se ha extendido como la peste. Como digo, es crioscopia, ebulloscopia, electroscopia, espectroscopia, estereoscopia, microscopia y telescopia.

    Podría haber una influencia del italiano, donde el acento sí es en la i.

    Atentamente,
    Sergio Macías Arias
    Barcelona

    • Avatar de Germán

      “scopia o -scopía. Elemento compositivo sufijo (del gr. -skopía ‘acción de observar o examinar’) que forma sustantivos femeninos que designan, por lo general, procedimientos de exploración visual o técnicas de diagnóstico mediante exploración visual: artroscopia o artroscopía, laringoscopia o laringoscopía, microscopia o microscopía, etc. Ambas acentuaciones son válidas. Las formas con hiato (-ía), acordes con la pronunciación etimológica griega, suelen ser las preferidas en el español americano; las formas con diptongo (-ia), acordes con la pronunciación latina, son las preferidas en España.” 😐

  • Avatar de Marisa Castiñeira

    Seguí los IgNobel en directo, al principio solo era para echar un vistazo. Era tarde en horario de España y además no domino el inglés. Pero allí me engancharon hasta casi las dos de la madrugada aquellos que además de como dices hicieron reír tenían la mejor de las virtudes en ciencia; la curiosidad.
    Me gusta tu reflexión acerca de como estos estos “absurdos” premios acercan muy bien al método científico.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *