“Ciencia y sociedad en el siglo XXI” por Jorge Wagensberg

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Este texto de Jorge Wagensberg apareció originalmente en el número 4 de la revista CIC Network (2008) y lo reproducimos en su integridad por su interés.

A estas alturas de la historia, principios del siglo XXI, hay unas pocas reflexiones que parecen fuera de toda duda:

1 La ciencia es la forma de conocimiento que más influye en la convivencia diaria de las personas (no era así hace medio siglo, ni hace veinte años… ni siquiera hace cinco años).

2 El proceso de globalización de la humanidad se puede hacer bien o mal, pero no parece haber dudas de que será una realidad. Si se hace bien, el futuro estará bien encarrilado, si se hace mal será una tragedia de una dimensión inestimable.

3 Quizá sólo haya dos temas que siempre han estado globalizados casi por definición: la calidad de nuestro entorno físico y la ciencia. Los científicos siempre han conversado sin problemas ni fronteras sobre cualquier contenido, el clima y el cambio climático es un tema común, más aún, es un enemigo común para cualquier miembro de la humanidad.

4 Urgen espacios creíbles de encuentro donde crear opinión científica y en los últimos 20 años hemos encontrado por lo menos una clase de espacios que están funcionando. No son las universidades, ni las escuelas, ni las empresas, ni las diferentes clases de administraciones, ni los clubes de opinión, ni las sedes de instituciones bienintencionadas tipo ONG, ni la calle, ni los templos… Son, créanme, los museos de la ciencia. Pero no cualquier museo de ciencia, sino los buenos museos de ciencia concebidos como herramientas de cambio social para este siglo que empezamos. Este texto intenta convencer de esta idea.

Lo que sigue en este breve ensayo resulta de más de 20 años de quehacer diario en el Museu de la Ciencia de la Fundación La Caixa y de la concepción del nuevo Museo CosmoCaixa que sustituyó al primero en 2004. Las ideas que se exponen a continuación surgen de la voluntad de estimular un cambio en la actitud del ciudadano en favor del conocimiento y del método científico, las ideas que hemos puesto a trabajar en esta nueva institución que hoy, en 2008, ya se pueden considerar como una referencia internacional. No son dogma, sino una opción para crear un instrumento de cambio social útil a la hora de organizar la convivencia de los ciudadanos en el siglo XXI. He aquí la propuesta: una red de museos de la ciencia europeos como espacio común de encuentro de los ciudadanos. Se puede asegurar que la red ya existe. Sólo falta que los centros, los nudos de esta red se ajusten a una nueva ambición.

Empezaré por relatar una anécdota de donde nace toda la política de actividades que practicamos y que proponemos:

Barcelona, martes, 21 de abril de 1992, 19.00 horas. Sala del auditorio principal. Dentro del ciclo “Las Tardes del Museo” hoy vienen tres importantes científicos del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) para debatir con la audiencia sobre el tema: El Mediterráneo aún no ha muerto. Comparece un químico ambiental, director de un centro de investigación, un oceanógrafo, también director de un centro de estudios avanzados, y un biólogo investigador del Instituto de Ciencias del Mar. Se trata, en una palabra, de la ciencia oficial. La sala con aforo para 200 personas está llena a rebosar, igual que otra auxiliar de 150 desde donde se puede seguir la sesión por un circuito cerrado de televisión. La expectación por la velada es espléndida. A mí me toca hacer las presentaciones y moderar el debate. Uno tras otro los científicos exhiben datos y exponen sus argumentos ayudándose con lujo de datos frescos, límpidos gráficos y atractivas fotografías.

Un cierto optimismo se propaga por la sala. Se define por ejemplo una medida de la tasa de renovación de las aguas del mediterráneo. Al parecer, desde que una molécula de agua entra por el estrecho de Gibraltar desde el océano Atlántico, hasta que vuelve a salir, media un tiempo de cien años. Este es el dato. Y la interpretación de los científicos: el Mar Mediterráneo es muy grande, en muchos sentidos es como si fuera un océano. Otro ejemplo: se dan las toneladas de crudo perdidas en el mar por diferentes causas. Ése es el dato. Y la interpretación oficial: eso es muy poca cosa. Hay bacterias apropiadas que darán, sin problemas, buena cuenta de ello. Y otro más: las construcciones para la prospección de petróleo no suponen ninguna tensión suplementaria a la flora y la fauna de las profundidades. Más bien al contrario: suponen protecciones artificiales que favorecerán el florecimiento de nuevos paraísos subacuáticos. El mediterráneo no sólo no ha muerto todavía, sino que no parece nada fácil acabar con él. Todos parecen estar de acuerdo entre sí, los científicos y la audiencia. El acto difícilmente acabará en debate. Los asistentes, en efecto, se miran los unos a los otros agradablemente sorprendidos. Pero el moderador, a pesar de su natural carácter entre ingenuo y semieufórico, escruta la audiencia un poco mosqueado. Algo huele a gato encerrado. Está claro que la sala está entregada de antemano; son de la esfera social y cultural de los ponentes: colaboradores, alumnos, familiares… ¡Salvo la última fila!

Algo se agita en la última fila. El moderador reconoce a uno de ellos: nada menos que el presidente de Greenpeace en España. Esto está mucho mejor. De repente el moderador parece recordar, echa una ojeada al programa que tiene delante y… ¡recuerda! Para el día siguiente, día 22 de abril, y por puro capricho del azar, la celebérrima ONG había alquilado el mismo auditorio para un acto muy similar. El título se parecía mucho al del acto de aquel día, aunque tenía, sin llegar a ser contradictorio, otros matices: El Mediterráneo se muere. La casualidad era notable porque, aunque la sesión era privada, también me habían pedido actuar de moderador. La cosa esta clara: los ‘oenegetistas’ se han enterado de la sesión que precede a la suya y se han presentado para tomar medidas y para presentar batalla. Para eso están. El moderador se frota las manos. Cuando eso ocurre se escucha una gran ovación y el moderador empieza a dar las primeras palabras a la sala. Son intervenciones de la misma onda que las ponencias, una precisión aquí, un piropo por allá, un pronóstico, una confirmación… El moderador mira hacia la última fila con impaciencia creciente. ¿Es que no van a decir nada? Al final se dirige hacia ellos con las cejas levantadas y las manos abiertas como diciendo ¡adelante, está claro que no compartís lo que se ha dicho, os doy la oportunidad ahora…! Pero los activistas de la ecología ponen los ojos en blanco y se encogen de hombros rechazando la invitación, como diciendo ¡Éstos no tienen remedio, es el discurso de siempre, inútil intentar nada…! Antes de despedirme de la audiencia, anuncio el debate del día siguiente e invito a la audiencia a presenciar lo que puede ser la otra cara de la moneda. Identifico a los espectadores de la última fila y la gente se vuelve con curiosidad para mirarlos. A los científicos, después de agradecerles su colaboración, les explico lo sucedido (los científicos se sorprenden de mi sorpresa: ¿Qué esperabas?) y les emplazo para el día siguiente. Incluso les invito (al restaurante que ellos elijan) si acceden a volver, como público, e iniciar ¡ellos! el debate tras las ponencias de los ecologistas. Prometen hacerlo entre risas y pronósticos para el día siguiente.

Barcelona, martes, 22 de abril de 1992, 19.00 horas. Sala del auditorio principal. Dentro del ciclo Las Tardes del Museo, el mismo moderador se sienta para debatir el mismo tema que la víspera. Sólo han cambiado los ponentes… ¡y la audiencia! Ni un solo espectador de la víspera ha vuelto. Las dos salas están también repletas. Pero se trata de simpatizantes, curiosos e incondicionales de Greenpeace. Después de proyectar unas acrobacias temerarias de miembros de esta ONG, que la audiencia aplaude a rabiar, empiezan las ponencias sobre el Mediterráneo. Y empiezan igual que las del día anterior. Los mismos datos. El tiempo de residencia de una molécula en el mediterráneo es de cien años. De acuerdo en eso. Pero eso significa hoy que el Mediterráneo no sólo no es un océano ¡Es un charco! El mismo dato, pero diferente interpretación. También hay acuerdo respecto al volumen de las pérdidas de petróleo en el mar, pero desacuerdo respecto de lo que esa cifra significa. ¿Bacterias que digieren el petróleo? Quizás en el Golfo Pérsico, pero no en la Costa Brava o en la Costa Azul. ¿Paraísos bajo las plataformas? ¡Un sarcasmo!…

De este episodio surge una idea: la de una tercera sesión abierta a las dos corrientes y a todas las audiencias. Así se hizo algunos meses después Y hubo debate. Y hubo matices. Porque la esencia, como bien se sabe, es una cuestión de matices. Pero la trascendencia de este lance ha sido, pretendemos que sea, de mucho mayor alcance.

La anécdota ha dividido la historia de las actividades del museo en dos partes, un antes y un después, ilustra todo un vicio de nuestra sociedad actual y es la base de toda una propuesta. El análisis no es difícil de hacer: Es fácil concluir que toda ciudad, por encima de cierta masa crítica, debería reivindicar un museo de ciencia, de la misma manera que reivindica una orquesta de cámara o de una orquesta sinfónica. En particular, no es una mala propuesta para Europa. Europa tendrá pronto más de 40 millones de visitantes, fieles usuarios, a los museos de la ciencia.

Esto nos lleva a replantear la cuestión. ¿Cuál ha de ser el papel de un museo de ciencia en la sociedad moderna? La ciudadanía, el conjunto de los ciudadanos, se divide, respecto del conocimiento científico, en cuatro grandes sectores:

1 El sector en el cual el conocimiento científico se crea. Son las universidades, los institutos de investigación, los laboratorios… Es la comunidad científica.

2 El sector en el cual el conocimiento científico se aplica. Es la industria, son los servicios, lo agropecuario… Es el sector productivo.

3 El sector que gestiona los dos anteriores, es decir la creación y la aplicación del conocimiento científico. Son las autoridades académicas, los dirigentes políticos… Es la administración.

4 El sector que sufre y se beneficia de los logros de la creación y aplicación del conocimiento científico. Es el propio conjunto de todos los ciudadanos… Es la sociedad entera.

El lugar que debe ocupar un museo moderno de ciencia está claro en este contexto: ha de ser, sencillamente, el escenario natural común para los actores de estos cuatro sectores.

Y ha llegado la hora de soñar. Imaginemos que sí, que los museos de ciencia son así algún día, por ejemplo en Europa. O en el mundo. Lo que tendremos en realidad es una red de centros dedicados al conocimiento científico para el ciudadano; todos sobre ciencia, sobre sus resultados, sus métodos, todos compartiendo debates sobre todo aquello de los resultados y los métodos que puede afectar al ciudadano. Todos los museos serán diferentes, porque los museos los hacen los hombres y las mujeres y los hombres y las mujeres son siempre diferentes. Cambiará la sensibilidad estética y artística, cambiarán muchos aspectos culturales, cambiarán las creencias, pero, si son museos de la ciencia (y además conectados entre sí), todos ellos tendrán, por definición y por método, muchas cosas en común. Y tener cosas en común es algo que ayuda a vivir y a convivir.

Crear este tipo de red requiere cierta homogeneidad, dentro de la diversidad, en la filosofía y objetivos de lo que debe ser un centro moderno de ciencia. Lo que sigue son trece puntos básicos, que incluyen lo expuesto hasta ahora, y que se recomiendan para crear una mínima atmósfera común. A continuación se sugieren los principios fundamentales en los que debe descansar la filosofía de un centro para cumplir con esta función.

Museología científica moderna

Principios fundamentales para la museología científica moderna. El título es deliberadamente excesivo. En realidad no son más que trece hipótesis de trabajo extraídas de los aciertos y errores (mucho más de estos últimos, claro) después de veinte años de hacer museo en el Museo de la Ciencia de la Fundación La Caixa en Barcelona. Con la apertura de CosmoCaixa en el año 2004, se consagró la oportunidad impagable de volver a empezar. Las nuevas instalaciones quintuplican las del antiguo museo y su audiencia anual no ha dejado de incrementarse desde entonces hasta los 2.458.832 visitas del 2007. Por lo tanto, las hasta entonces tácitas hipótesis de trabajo se convierten en explícitos y deliberados principios museológicos.

Aquí están por si a alguien le pueden ser útiles.

1 Un Museo de Ciencia (MC) es un espacio dedicado a crear, en el visitante, estímulos a favor del conocimiento y del método científicos (lo que se consigue con sus exposiciones) y a promover la opinión científica en el ciudadano (lo que se consigue con la credibilidad y prestigio que sus exposiciones dan al resto de actividades que se realizan en el museo: conferencias, debates, seminarios, congresos…). Enseñar, formar, informar, proteger el patrimonio, divulgar son otras vocaciones del museo, aunque ninguna de ellas es prioritaria.

2 La audiencia de las exposiciones de un MC es universal sin distinción de edad a partir de los 7 años, ni de formación, ni de nivel cultural, ni de ninguna otra característica. No existen visitantes de ‘diferente clase’ en un MC. Ello es posible porque las exposiciones se basan en emociones y no en conocimientos previos. El resto de las actividades en cambio, sí dependen de la historia del ciudadano, pueden tener objetivos especiales y pueden dirigirse a sectores particulares atendiendo a un nivel, interés o competencia. Un museo tiene la obligación de conocer su audiencia y de preocuparse por sus vacíos.

3 El elemento museológico y museográfico prioritario es la Realidad, esto es, el objeto real o el fenómeno real. El texto, la voz, la imagen, el juego, la simulación, la escenografía o los modelos de ordenador son elementos prioritarios en otros medios como las publicaciones, la TV, el cine, el parque temático, las clases, las conferencias, el teatro…, pero en museografía son sólo elementos complementarios. Un buen Museo de la Ciencia es, sobre todo, un instrumento de cambio social.

4 Los elementos museográficos se emplean, prioritariamente, para estimular según el máximo de las siguientes tres clases de interactividad con el visitante: 1) Interactividad manual o de emoción provocadora (Hands On) 2) Interactividad mental o de emoción inteligible (Minds On) 3) Interactividad cultural o de emoción cultural (Heart On). La tercera muy recomendable, la primera es muy conveniente y la segunda sencillamente imprescindible. Interactividad significa conversación. Experimentar es conversar con la naturaleza. Reflexionar es conversar con uno mismo. Un buen rincón de museo dispara también la conversación entre los visitantes.

5 Los mejores estímulos para que el ciudadano siga al científico se inspiran en los mismos estímulos que hacen que el científico haga ciencia. Resulta que la ciencia ya es bastante emocionante y divertida, no es necesario recurrir a alicientes de otro tipo de espectáculos.

6 El mejor método para imaginar, diseñar y producir instalaciones museográficas en un MC es el propio método científico (basado en los principios de objetividad, inteligibilidad y dialéctico). Se trata de que la museología científica sea científica. Se trata de ser todo lo objetivo, todo lo inteligible y todo lo dialéctico posible. No hay que olvidar la crítica sistemática de todo lo que se expone. El humor ayuda a desdramatizar tanto la verdad vigente como su eventual crítica. No sólo hay que mostrar los resultados de la ciencia, sino el método empleado para obtenerlos.

7 El Museo es un espacio colectivo (aunque se pueda disfrutar individualmente). Los objetos reales ilustran, los fenómenos reales demuestran y las escenografías y emblemas sitúan. Los accesorios y menudillos museográficos no deben poblar el nivel B, el nivel fundamental en un MC.

8 El concepto “hilo conductor” es sólo una de las opciones posibles. En ningún caso es obligatorio. Un museo se basa en la realidad y hay realidades como una selva, por ejemplo, que pueden recorrerse sin necesidad de seguir un hilo conductor.

9 Hay temas especialmente museográficos y temas que se tratan mejor con otros medios. Por ejemplo: para mostrar la Sinfonía Concertante para violín y viola de Mozart es mejor un concierto.

10 Existe un rigor museográfico y existe un rigor científico. El museo ha de ser museográficamente riguroso (no hacer pasar reproducciones por objetos reales, no sobrevalorar ni infravalorar la trascendencia, la singularidad o el valor de una pieza…) y científicamente riguroso (no emplear metáforas falsas, no presentar verdades que ya no están vigentes, no esconder el grado de duda respecto de lo que se expone…).

12 En un MC se trata al visitante como un adulto, en todos los sentidos, como eventualmente se trataría a un científico o a un futuro científico. Un ciudadano es museológicamente adulto en cuanto sabe leer y escribir.

13 El papel de un MC en una sociedad organizada democráticamente es el de escenario común y creíble entre cuatro sectores: 1) la sociedad misma entendida como el ciudadano de a pie que se beneficia y sufre la ciencia, 2) La comunidad científica donde se crea el conocimiento científico 3) El sector productivo y de servicios donde se usa la ciencia y 4) La administración donde se gestiona a ciencia. Y eso sólo se gana con reputación, la necesaria para tener credibilidad con el ciudadano. Es decir, sólo se gana con años. Un MC es un ser vivo que, como todos los seres vivos, se obliga a sí mismo a durar en el tiempo, pero que, además, debe luchar por su credibilidad en todo lo que hace.

La sociedad del siglo XXI necesita la idea de museo de la ciencia como un instrumento social. Acabamos de señalar ‘cómo’ han de ser tales centros, pero, ¿cuántos hacen falta, dónde deben ubicarse? Nuestro convencimiento es que un museo de estas características y con tal finalidad no es precisamente un museo que se visita sino un museo que se usa. Cualquier ciudad por encima de una mínima masa crítica, digamos cien mil habitantes, debería aspirar a un museo de la ciencia. ¿Hace falta algo más? La red de museos es la infraestructura que asegura los estímulos a favor del conocimiento científico, el método científico y la opinión científica Después de que CosmoCaixa se convirtiera en una referencia en todo el mundo, tenemos una oportunidad impagable para contribuir a la construcción de esta red. Colaboramos, más o menos directamente, en la concepción de nuevos museos en China, Chile, Brasil, Colombia, Argentina, Uruguay, Francia, Emiratos Árabes, España… Ojalá podamos trascender con tales proyectos para difundir esta idea.

Ahora quizá sólo se necesite la infraestructura que de continuidad a tales estímulos, un espacio y unos mecanismos que den vida al debate, la crítica y el fuego cruzado de ideas de opiniones sin límite en cuanto a las distancias, a las identidades colectivas, a las creencias, a las presiones de intereses prefijados, a la crítica ágil y fresca, a la búsqueda innegociable de la verdad, donde se pueda llegar tan lejos y tan profundamente como se desee… ¿una publicación? Sí, una publicación, pero una publicación internacional que aún no existe, una publicación basada en las nuevas tecnologías que aún hay que inventar. Pero eso quizá sea materia de otra entrega…

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Jorge Wagensberg Lubinski es profesor de Teoría de los Procesos Irreversibles en la Facultad de Física de la Universidad de Barcelona y Director del Área de Medio Ambiente y Ciencia de la Fundació La Caixa (hasta 2014). Creador y director de la serie Metatemas de Tusquets Editores. Director del Museu de la Ciència de la Fundació La Caixa entre 1991 y 2005. En 2007 recibe La Creu Sant Jordi de la Generalitat de Catalunya. Además, ha publicado un centenar de trabajos de investigación en dominios tan diversos como Termodinámica, Matemáticas, Biofísica, Microbiología, Paleontología, Entomología, Museología Científica y Filosofía de la Ciencia.

Edición realizada por César Tomé López a partir de materiales suministrados por CIC Network

5 Comentarios

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molinosmolinos

Muy muy interesante el artículo.
Los museos de ciencia son imprescindibles, pero creo que sugerir que convendría tener uno en cada ciudad con más de 100.000 habitantes es poco realista y poco práctico. ¿Cuántas ciudades con más de 100.000 habitantes hay en España? Eso no tiene ningún sentido.

mikelorrantiamikelorrantia

Gracias. Excelente explicación que comparto en sus inquyietudes y propuestas. Salud.

marisa castiñeiramarisa castiñeira

Extraordinario siempre Jorge Wagensberg . Que bien explica esas ideas de ” sin ciencia no hay cultura” la sociedad tecnológica debe conocer para elegir,…..”masa critica!
Y esas 13 características de un museo científico, si me son útiles? ( soy profesora de secundaria y bachillerato) ya son para mi como 13 mandamientos!
Gracias César Tomé y gracias Jorge Wagensberg .

Alfredo López SerranoAlfredo López Serrano

¿Y el martes, 22 de abril de 1992, acudieron los científicos oficiales, se lo permitieron su agenda u horario de funcionario, y en caso de acudir, hicieron alguna pregunta, entraron en debate? Se mezcla mal el petróleo y el agua.

Serie: “La ciudad en la escuela, la escuela en la ciudad” – Comprender participa...

[…] “Ciencia y sociedad en el siglo XXI”, por Jorge Wagensberg […]

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