Del magnetismo terrestre (y III)

Experientia docet

del magnetismo terrestre

Si en los siglos XVIII y XIX había sido la navegación marítima la gran impulsora de los estudios sobre el magnetismo terrestre, en el siglo XX sería la introducción del submarino y su uso durante las guerras mundiales, y las consecuencias del uso potencial de armas nucleares durante la guerra fría los que harían del geomagnetismo una cuestión de estado para los beligerantes. El uso militar estará siempre en un discreto pero omnipresente segundo plano en los avances que se alcancen durante este siglo.

Desde el punto de vista estrictamente científico, el siglo XIX se cierra con la internacionalización de los estudios sobre el magnetismo terrestre y la expansión de organizaciones supranacionales para ello, además de la aparición de la primera revista dedicada exclusivamente a estas investigaciones, Terrestrial Magnetism, fundada en 1896.

Las primeras décadas del siglo vieron un aumento sustancial en el número y calidad de datos disponibles pero no así de avances teóricos relevantes. Habría que esperar a 1947, tras la publicación de varias mediciones de los campos magnéticos del Sol y otras estrellas, a que Patrick Blackett sugiriese que el magnetismo, incluido el terrestre, podría ser una propiedad de todos los cuerpos en rotación. Paralelamente entre 1946-47 Walter Maurice Elsasser publicaría una serie de artículos en los que exponía un modelo matemático de una dínamo planetaria, en el que el campo magnético surgía por las corrientes eléctricas inducidas en la capa externa del núcleo terrestre. Elsasser ideó y desarrolló su modelo mientras trabajaba para el Cuerpo de Comunicaciones del Ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.

Durante los años siguientes los científicos exploraron las bondades de ambos modelos. Entonces, en 1952, sería el propio Blackett el que, tras el fracaso a la hora de intentar encontrar experimentalmente una relación entre el momento angular y el momento magnético, rechazase su propia teoría. Desde esa fecha hasta nuestros días el modelo de Elsasser es la referencia, si bien no existe todavía una versión completamente satisfactoria que describa numéricamente todos los hechos observados.

Poco después del fracaso experimental de Blackett se produjeron nuevos descubrimientos en paleomagnetismo de una importancia decisiva en el desarrollo de la teoría geológica (tectónica de placas), descubrimientos que complicaban aún más la obtención de un modelo ajustado del magnetismo terrestre basado en Elsasser.

Ya en el siglo XIX los científicos habían identificado la existencia de un magnetismo fosilizado. Se habían dado cuenta de que algunos tipos de arcilla y los ríos de lava solidificados preservaban la alineación magnética con el campo magnético principal de la Tierra tal y como era éste en el momento en que arcillas y lavas se habían enfriado. En los años cincuenta del XX los geólogos que cartografiaban sistemáticamente el magnetismo fosilizado llegaron a la conclusión de que el polo norte parecía haber cambiado de posición continuamente en el pasado.

El descubrimiento era tan extraordinario que se barajaron todo tipo de hipótesis: que eran sus instrumentos los que creaban el efecto, que el campo magnético no había sido siempre dipolar, que los continentes se habían movido relativamente con respecto a los demás, o que los polos se habían desplazado independientemente uno del otro. Para finales de la década, por estos y otros datos, un grupo de científicos de las universidades de Londres y Nacional Australiana, liderados por Keith Runcorn, de la Universidad de Newcastle, llegaron a la conclusión de que los continentes se habían desplazado, reviviendo de esta manera la languideciente teoría de la deriva continental.

Por otra parte, en los años treinta ya había quedado demostrada otra característica peculiar del magnetismo fosilizado: en algunas rocas la polaridad magnética era la opuesta a la existente en la actualidad. Los polos no solo vagabundeaban por la Tierra, a veces incluso intercambiaban sus posiciones. A mediados de los años sesenta, usando técnicas de datación radioactiva, se había conseguido reconstruir la historia de estas inversiones, que serían claves para la teoría de la creación y expansión del fondo marino.

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

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