¿Cómo se comía a bordo de la expedición Malaspina?

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Estos son días de celebración y por tanto, de comer. El fin de año coincide con una ápoca de excesos en la que la dieta suele variar aumentando en grandes cantidades y la mayoría se ‘da un homenaje’ sin pensar en las consecuencias.

Ese lujo no se lo podían permitir quienes viajaban a bordo de la expedición Malaspina, el proyecto científico más importante de la Ilustración española, un viaje científico-político alrededor del mundo que se llevó a cabo en el siglo XVIII para la exploración física exhaustiva de todas las posesiones de la Corona en la época. Durante su recorrido se recogieron numerosos datos científicos sobre astronomía, magnetismo terrestre, especies animales y vegetales, producción minera, rutas de navegación y el estado de los virreinatos.

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Pero volviendo al tema de la alimentación, el viaje duró más de cinco años (del 30 de julio de 1789 al 20 de septiembre de 1794) ¿se imaginan cargar un barco del siglo XVIII con alimentos y bebida para ese tiempo? Y no sólo eso, sino manteniendo los productos en óptimas condiciones y listos para su uso.

Como es evidente las naves se abastecían cada vez que tocaban un puerto español a pesar de lo cual podían pasar meses entre una parada y la siguiente. Pues bien, las Ordenanzas Generales de la Armada de aquel momento recogían de manera específica los preceptos sobre nutrición y seguridad alimentaria y aunque parezca increíble muchas de las normas recogidas se basan en los principios y prácticas que hoy están reconocidas como elementos fundamentales para garantizar la seguridad alimentaria. De hecho, se recogían acciones correspondientes a registro sanitario, trazabilidad, correctas prácticas de higiene o incompatibilidad en el almacenamiento.

El maestre era la persona que se encargaba del mantenimiento y control de los víveres embarcados y el control de los alimentos se iniciaba en el momento de la adquisición de los mismos. Cabe destacar que la dieta de la tropa marinera era diferente a la de enfermos y convalecientes, al igual que la de los comandantes, oficiales y guardamarinas, algo que se justificaba por la labor intelectual que realizaban.

Todos los alimentos disponían de un lugar concreto dentro de los barcos y estaban marcados con su nombre y fecha de adquisición, entre otros datos. Solían rotar en las bodegas para evitar su deterioro pero no siempre se conseguía, las alteraciones que sufrían los productos dependían mucho de qué tipo se trataran. Así por ejemplo, las semillas farináceas secas (como garbanzos o arroz) podían humedecerse y convertirse en un sustrato ideal para determinados insectos.

Y no siempre era posible sustituir esos alimentos a bordo o adquirirlos en otro sitio por lo que no les quedaba otro remedio que vencer la repugnancia a impulsos de la necesidad, hasta tal punto que nadie quería comer mazamorra (una especie de sopa que se elaboraba con bizcocho o galleta de mar, que constituía el pan) a menos que fuese de noche a fin de evitar ver la multitud de gusanos que de él salían y en él se cocían.

Otro dato curioso es que el alcohol consumido diariamente proporcionaba casi una quinta parte del aporte calórico diario algo que no era fruto de la casualidad o el gusto de los marineros por esta bebida sino que se empleaba como alimento reconstituyente, para elevar el ánimo a la tripulación durante las largas travesías. Estaba considerado como un excelente digestivo a la vez que se le atribuían propiedades para prevenir el escorbuto y, además, el agua era difícil de mantener en buenas condiciones.

En los barcos también había un espacio para los animales que, aunque había que alimentarlos y suponían un gran riesgo de trasmisión de enfermedades, les permitía disponer de carne fresca. De otro modo, aunque no se disponía de un conocimiento científico acerca del papel que jugaba la sal en la conservación de los alimentos, el proceso de salazón era el más empleado para el mantenimiento de la mayoría de los productos al inhibir el crecimiento de microorganismos patógenos y alterantes.

A pesar de todo, parece ser que la dieta de quienes participaban en la expedición Malaspina era bastante equilibrada en cuanto a valor calórico de acuerdo con los estándares actuales aunque un poco por debajo de las necesidades del momento, dada la intensa actividad que se llevaba a cabo diariamente.

Dicho lo cual, mucho se ha avanzado en esta materia en apenas unos siglos y tanto los controles veterinarios, como la nutrición y dietética, seguridad alimentaria o control sanitario, etc., no sólo han mejorado destacablemente sino que lo siguen haciendo día a día porque independientemente de los productos que se consuman en unos u otros lugares del mundo, hacerlo de manera adecuada es crucial para el desarrollo de la sociedad.

Referencia:

María Jesús Periago Castón, ‘Seguridad alimentaria y nutrición en la armada del siglo XVIII’, (Academia de Veterinaria de Murcia, 2014) ISBN: 978-84-697-1435-5

Sobre la autora: Maria José Moreno (@mariajo_moreno) es periodista

7 comentarios

  • Avatar de EDWIN CORONA Y CEPEDA

    No hay que desdeñar que gran parte de la alimentación en los galeones y naviós de la época, era frecuente el obtener productos del mat por medio de la pesca de anzuelo y que las barricas y peleljos que contenían agua se rellenaban durante las paradas obligatorias en islas con veneros de agua dulce
    Aparte era comun el consumo de olivas embarcadas en {anforas de terracota, así como otros productos como el queso y las carnes saladas.

  • […] ¿Cómo se comía a bordo de la expedición Malaspina?: “Todos los alimentos disponían de un lugar concreto dentro de los barcos y estaban marcados con su nombre y fecha de adquisición, entre otros datos. Solían rotar en las bodegas para evitar su deterioro pero no siempre se conseguía, las alteraciones que sufrían los productos dependían mucho de qué tipo se trataran. Así por ejemplo, las semillas farináceas secas (como garbanzos o arroz) podían humedecerse y convertirse en un sustrato ideal para determinados insectos.” Lo de la mazamorra y los gusanos es un asssssco. […]

  • […] ¿Cómo se comía a bordo de la expedición Malaspina?: “Todos los alimentos disponían de un lugar concreto dentro de los barcos y estaban marcados con su nombre y fecha de adquisición, entre otros datos. Solían rotar en las bodegas para evitar su deterioro pero no siempre se conseguía, las alteraciones que sufrían los productos dependían mucho de qué tipo se trataran. Así por ejemplo, las semillas farináceas secas (como garbanzos o arroz) podían humedecerse y convertirse en un sustrato ideal para determinados insectos.” Lo de la mazamorra y los gusanos es un asssssco. […]

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