Máquinas inteligentes (I): Del molino de viento al test de Turing

Molino Shapley. La superficie de sus aspas se ajustan automáticamente a la fuerza del viento (diseño de William Cubitt, 1807) y la cabeza gira para encontrar la posición óptima respecto a éste.

Molino Shapley (1879). La superficie de sus aspas se ajusta automáticamente a la fuerza del viento (diseño de William Cubitt, 1807) y la cabeza gira para encontrar la posición óptima respecto a éste (diseño de Edmund Lee, 1745).

Las primeras máquinas simplemente permitían multiplicar la fuerza humana pero los inventores de la época pre-industrial introdujeron dispositivos que permitían mejorar, facilitar o aliviar distintas tareas que asociamos a la inteligencia humana: así, por ejemplo, molinos de viento con aspas que se ajustan a la intensidad del viento o válvulas de flotación que mantienen el agua en un tanque al nivel deseado.

Estos ingenios usaban la retroalimentación, es decir, la información del estado o comportamiento del aparato en cada momento, por caso la altura de agua del tanque, se introduce en las fases de toma de datos iniciales, en esta caso las válvulas de entrada. Eran dispositivos mecánicos que procesaban información.

Para el siglo XIX este tipo de tecnologías había avanzado lo suficiente como para provocar la aparición de especulaciones acerca de las similitudes entre los mecanismos que se auto-regulan y los procesos mentales humanos. Los filósofos escribieron sobre el tema pero dos ejemplos, quizás inesperados, ilustren mejor este fenómeno.

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El primero es Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, publicado en 1818. En esta obra el personaje principal, la creación del Dr. Frankenstein, aparece no como una persona sino como un puzle mecánico casi humano que se convierte en algo peligroso para su creador.

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El segundo es la Paige Compositor, la máquina de composición tipográfica de James Paige, y las consideraciones que sobre su funcionamiento hizo Mark Twain en 1889, momento en el que compró los derechos sobre ella, lo que contribuiría a su ruina económica, todo sea dicho. La máquina, extremadamente compleja, con más de 18.000 piezas distintas, llevó a Twain a creer que su capacidad para justificar a la derecha de forma automática, algo que se sabía requería de la habilidad humana de los tipógrafos, era un indicio de inteligencia mecánica.

Eniac

La invención del ordenador digital a mediados del siglo XX hizo que la especulación filosófica sobre la inteligencia de las máquinas adquiriese un nuevo ímpetu. En 1948 el matemático Norbert Wiener, del MIT, acuñó el término “cibernética” en un libro en el que no solo discutía la naturaleza matemática de estas máquinas sino también sus implicaciones filosóficas. Algunas de estas máquinas podían regularse a sí mismas para ajustarse a los cambios en su medio físico, seleccionar distintos cursos de acción y recordar qué acciones habían tomado en el pasado y sus consecuencias. En definitiva, podían aprender de la experiencia, adaptarse a condiciones nuevas e interactuar con sus creadores humanos.

test de Turing

En 1951 Alan Turing publicaría un artículo sobre una forma de juego de salón en el que los jugadores tenían que adivinar si se estaban comunicando (mediante un dispositivo impersonal, como un teletipo) con una persona o con una máquina (un ordenador). Entonces, concluía Turing, si los jugadores no podían distinguir entre humano y máquina, habría que concluir que la máquina era “inteligente”.

La prueba de Turing, una forma breve, sencilla e ingeniosa para evaluar la inteligencia de una máquina, se sigue considerando válida hoy día. Ninguna máquina la ha superado, aunque algunos ordenadores en condiciones restringidas se aproximan mucho. Turing predijo que la superarían para el año 2000.

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En la serie Apparatus buscamos el origen y la evolución de instrumentos y técnicas que han marcado hitos en la historia de la ciencia.

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

4 Comentarios

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.Masgüel..Masgüel.

El blog se está tragando mis comentarios. A ver si ahora…

“La prueba de Turing, una forma breve, sencilla e ingeniosa para evaluar la inteligencia de una máquina, se sigue considerando válida hoy día.”

Esa pasiva refleja pretende un consenso universal. No es el caso. Pongamos sujetos. Algunos la siguen considerando válida. Tal como lo planteó Turing, era más un experimento mental que un juego de salón. Como la habitación china de Searle, que nos muestra (en mi opinión, también con alguna incosistencia) por qué el test de Turing solo trata la inteligencia de las máquinas, no su consciencia o su capacidad para comprender significados.

Por si te apetece verlo, antes de lanzarte a concluir la serie, te dejo un diálogo que también merece la pena (¿ves?, yo también puedo eludir el sujeto para que merezca la pena a tol mundo):

youtube.com/watch?v=L-rOe0nwieQ

P.D. Si canso, me lo dices y desaparezco.

sebaseba

También entiendo que el test que propuso Turing lo hizo para que sirva como ejercicio mental, no era su idea que fuera usado para que la gente trate de ganarse “el premio de pasar el test de Turing” por diseñar una IA.

JavierJavier

y que hay de la prueba de Lovelace? Mucho mas elaborada y definitivamente mucho mejor indicio que la de Turing:

“Hasta que una máquina pueda originar una idea para la cual no fue diseñada, argumentó Lovelace, no puede ser considerada inteligente en la misma forma que lo son los humanos”

… mide la genuina inteligencia autómata —capacidad de creación—en vez de la simple manipulación de sintaxis

kryten.mm.rpi.edu/lovelace.pdf

motherboard.vice.com/es/read/olv…-detectar-ia

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