Dos años después

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El virus del ébola se detectó por primera vez en 1976, y entre ese año y 2013 la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó de 24 brotes que ocasionaron 1 716 casos en total. Hace aproximadamente dos años se declaró el último brote, que ha afectado principalmente a tres países africanos: Liberia, Sierra Leona y Guinea. Durante la segunda mitad de 2014 la epidemia alcanzó tal proporción que se convirtió en uno de los asuntos de más relevancia mediática en los países ocidentales y provocó gran alarma social. Ésta se vio agravada porque se llegaron a producir contagios en países no africanos. Este brote ha causado 28 638 casos y 11 315 muertes.

Los pasados 7 de noviembre, 29 de diciembre y 14 de enero la OMS ha declarado el final de los contagios entre humanos en Sierra Leona, Guinea y Liberia, respectivamente, dado que no se han producido nuevos casos tras 42 días después de dar de alta al último paciente. Ha concluido así, dos años después de su comienzo, el brote más grave de ébola desde que se empezaron a producir estos episodios hace cuatro décadas.

Muchas cosas han ocurrido durante el desarrollo de la epidemia. Al principio las autoridades de los países occidentales no le dieron la importancia debida. Las peticiones de ayuda de la OMS, de los gobiernos de los países afectados y de algunas organizaciones no gubernamentales -muy singularmente de Médicos sin Fronteras- no tuvieron una respuesta proporcionada a la gravedad del problema. La tardanza en actuar, junto con la escasez de medios adecuados para trabajar con agentes biológicos que sin ser muy contagiosos provocan una alta mortalidad (entre el 40 y 90% de los contagiados), hizo que la epidemia progresara de forma rápida. Mención especial merece la improvisación y torpeza con que actuaron algunos responsables políticos, como la ministra española de sanidad del momento. Una vez se empezaron a dotar los recursos necesarios y gracias a la dedicación de muchos voluntarios –verdaderos héroes de nuestro tiempo- pertenecientes a organismos no gubernamentales, como el ya referido Médicos sin Fronteras o ciertas órdenes de la Iglesia Católica y otros grupos religiosos, la extensión de la epidemia pudo ser controlada.

De todo lo anterior pueden extraerse valiosas consecuencias, algunas de las cuales serán muy útiles cuando se declare el próximo brote. La respuesta de los países occidentales, seguramente, se producirá antes y habrá más y mejores medios que en éste. También en el terreno científico se han podido extraer algunas enseñanzas. La gravedad de la situación constituyó el estímulo para que se desarrollase un esfuerzo investigador sin precedentes en este campo. Desgraciadamente, los resultados no han estado a la altura del esfuerzo pues, como se sabía, es muy difícil producir vacunas eficaces para enfermedades de desarrollo tan explosivo. De los nueve productos que se encuentran hoy en alguna de las tres fases de ensayos, sólo uno ha demostrado ser efectivo de forma reseñable; los demás, o no lo son o el final de la epidemia no permitirá alcanzar conclusiones fiables.

Y aunque a corto o medio plazo no surtirá los efectos deseados, otra enseñanza importante de esta crisis es que aunque las muertes las provocan unos virus, en última instancia son -como sostiene el microbiólogo Guillermo Quindós- la pobreza y la ignorancia las responsables de que se den las condiciones que permiten que los virus proliferen, contagien y ataquen a las personas. Los virus han de ser combatidos con carácter inmediato, sí, pero a medio y largo plazo, la pobreza y la ignorancia son los verdaderos males a erradicar.

Post scriptum: tras la redacción de este texto se acaba de informar que el pasado día 12, martes, una mujer murió por ébola en Sierra Leona, tras haberse declarado el fin de la epidemia en ese país el pasado 7 de noviembre. Así pues, 66 días después, el ébola resurge, posibilidad que ya había contemplado la OMS, y razón por la que los países para los que se declara el final de la epidemia han de permanecer especialmente vigilados durante 90 días. Ese plazo se habría terminado el próximo 5 de febrero.


Nota: Esta anotación es una adaptación del artículo del mismo título publicado en el diario Deia el pasado 3 de enero.


Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

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