Una universidad guiada por retos

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Las universidades llevan casi mil años reinventándose. Han sobrevivido a monarquías, repúblicas y dictaduras y son sorprendentemente parecidas en todos los continentes. Un profesor o un estudiante se siente «en casa» en cualquier campus de cualquier país y aunque siempre están en crisis, aunque viven bajo la feroz crítica interna y externa, estas instituciones de enseñanza superior son un modelo de éxito, las constructoras del futuro de su país y exploran de forma constante, a pesar de la poca implicación de muchos, cómo hacer mejor su labor. Un profesor que hubiera quedado en coma hace tres décadas y despertase ahora y viese nuestras aulas multiculturales y multiraciales, el uso habitual de las nuevas tecnologías y la exploración de nuevos ámbitos como la creación de empresas o la implicación con el entorno, sentiría asombro de que tanto hubiese cambiado en tan poco tiempo.

Aunque hay agoreros que proclaman la decadencia de la universidad o su inminente declive, los datos no les dan la razón. Los últimos años han mostrado un incremento enorme del número de estudiantes del sistema universitario global, que superan los 150 millones en estos momentos y que se calcula que alcanzarán los 260 millones en el cercano 2025. Eso ha hecho que numerosos inversores hayan incursionado en el negocio universitario creándose muchas universidades nuevas, aumentando drásticamente el patrimonio de las fundaciones y sociedades propietarias e incluso en países donde valoran más a su fuerza laboral que el nuestro, incrementando notablemente los sueldos del profesorado.

Y sin embargo, la sensación que tengo es que el cambio es insuficiente, que la sociedad está experimentando una evolución acelerada y global y la universidad corre el riesgo de quedarse atrás. Al mismo tiempo sé que no va a pasar. Las universidades actuales cambiarán o surgirán nuevos tipos de universidades, comunes en los principios fundamentales (autonomía, autogobierno, educación superior e investigación) pero con novedades que las harán diferir de las actuales. Durante siglos nos hemos dedicado a transmitir conocimientos pero eso, en la era de Internet, ha dejado de ser importante. Es como las bibliotecas, han perdido su sentido como centros de préstamo y consulta de libros y revistas, ahora son o deben ser centros de servicios de información, núcleos de conexión entre personas y proyectos, lanzaderas de fomento de la creatividad, centros culturales de primer nivel y un enorme etcétera. Universidades y bibliotecas construyen una nueva realidad, una que aún no conocemos pero que será mejor que la actual.

Hay quien imagina —por ejemplo Christine Ortiz, decana durante seis años de estudios de posgrado del MIT— una universidad «sin clases, sin aulas, sin carreras, sin departamentos». ¿Y por qué la sustituimos? La propuesta es que los estudiantes trabajen en problemas reales, problemas prácticos, problemas difíciles, una universidad guiada por retos.

Ortiz es respetada y valorada por sus colegas, ha recibido premios prestigiosos como el Martin Luther King Jr. a la excelencia y dirige el programa de ciencia y tecnología del MIT en colaboración con Israel. Fue definida por su rectora como «una entusiasta y estratégica campeona de las innovaciones en los programas de postgrado, del éxito de los estudiantes, de la excelencia académica, de la diversidad y la inclusión». Son temas que las universidades españolas apenas atienden, salvadas todas las honrosas excepciones. Ortiz ha sido reconocida por conseguir crear una comunidad de estudiantes de posgrado reconocida por su talento, curiosidad y compromiso de hacer del mundo un lugar mejor. Consiguió que los estudiantes de postgrado pertenecientes a minorías aumentaran un 30%, logró una potente financiación de la fundación Alfred P. Sloan dedicada a mentorización, impulsó la creación de plataformas online para tutorías, el establecimiento de un sistema de guarderías para estudiantes con familia y un largo etcétera. Lo que quiero decir es que Ortiz es una dirigente universitaria, catedrática de ciencia de materiales, que conoce bien la universidad, con una trayectoria impecable y que ha decidido que quiere dar un salto hacia un nuevo modelo educativo, ese nuevo tipo de universidad.

Este modelo, una universidad guiada por retos, no es nuevo. En los últimos quince años se han creado decenas de universidades o centros universitarios siguiendo esa idea, de China a Chile. Aunque son enormemente variadas comparten una idea común: rechazan los medios tradicionales de enseñanza: clases, apuntes y manuales, horas de estudio y exámenes, y hacen que los alumnos trabajen en grupo en proyectos, intentando resolver un problema para el que no hay respuesta o la que hay es insuficiente o se debe mejorar. Da igual si el tema es un coche solar, una vivienda de adobe resistente a los terremotos o cómo evitar el racismo tras las migraciones. Las empresas y los gobiernos responden con interés a este modelo que busca respuestas proporcionando temas, medios y mentores. Cada vez es menos defendible nuestro sistema compartimentado de disciplinas, asignaturas, temarios y planes de estudios.

Es difícil evitar la sensación de que es un triunfo de la burocracia que quita mucho más de lo que da. En ese nuevo modelo de universidad regida por retos, los cursos combinan habitualmente, arte, humanidades y ciencias. La vida de verdad suele ser así. La universidad Zeppelin fundada en 2003 en Alemania tiene el eslogan de «Los problemas de nuestra sociedad tienen poca disciplina, ¡igual que nosotros» pero el tema principal es que nos encontramos con estudiantes que normalmente no están satisfechos con su formación universitaria, con empleadores que dicen que esa formación no es acorde con las necesidades del mundo laboral, con una sociedad crítica con su universidad (por no estar en los puestos altos de los ránking o por ser demasiado cara, aunque estos no son los problemas reales) pero los universitarios, autoridades y profesores, tendemos a creer que todos están equivocados y solo nosotros sabemos cómo debe ser esa formación. La hubris característica de nuestra profesión. Al final, me temo, lo que sucede es que nuestro conservadurismo está mediado por nuestros miedos, nuestra vagancia y nuestras carencias.

No obstante hay algunas tendencias que deberíamos tener en cuenta, hay cambios interesantes en el horizonte:

  • Los estudiantes quieren hacer un verdadero trabajo, quieren aportar su grano de arena para mejorar la sociedad, quieren estar mejor preparados para el trabajo y para la vida.
  • Las universidades empiezan a recordar que son entidades educativas. Se empieza a contratar profesorado universitario por su calidad docente y no por su productividad científica.
  • Las grandes empresas empiezan a desarrollar su propia formación, algunas solo para sus empleados y otras en abierto. Algunos profesores siguen pensando que el contacto con las empresas contamina pero cada vez sus razones son más endebles sobre todo por una razón: es necesario para los estudiantes.
  • Hay una apuesta por los campos interdisciplinares y las disciplinas de frontera.
  • Las clases son pequeñas, 20-30 estudiantes, y cada uno tiene de 3 a 5 horas diarias de interacción con profesores y luego trabaja de forma independiente.
  • Se pone en marcha un esfuerzo para que teoría y práctica sean realmente complementarias.
  • «Flipped learning» Los estudiantes aprenden los conocimientos básicos a través de formación online y luego van a la universidad a «mancharse las manos».
  • Los estudiantes se implican en grupos de Makers que demuestran que se aprende más haciendo algo útil que siendo un observador pasivo o un mero consumidor de productos educativos.
  • Surgen nuevas iniciativas y modelos de aprendizaje. Hay programas de estudios donde los estudiantes van superando niveles como si fueran fases de un videojuego.
  • Se eliminan o flexibilizan los requisitos de entrada a la universidad. Nuestro sistema de selección es simplemente estúpido.
  • La universidad se abre el mundo, los estudiantes diseñan productos, presentan modelos experimentales, trabajan con clientes reales, crean empresas, se implican con ONGs
  • Las nuevas universidades son pequeñas, muchas tienen menos de mil estudiantes. Eso implica, si quieres sobrevivir, estructuras livianas.
  • Los estudiantes se empiezan a segmentar, ya no se asume que todos son iguales, que la enseñanza debe ser común para todos.
  • Se buscan nuevos incentivos para los profesores que lideren estos cambios. No puede ser, como es nuestro caso, que gane lo mismo el que trabaja que el que no trabaja.
  • Aumenta la transparencia. Los peores profesores son avergonzados en webs abiertas, los plagios son detectados, las cuentas se hacen públicas de forma detallada.
  • Las universidades se reconectan con la sociedad. Las ciudades, comunidades, ONGs, empresas… encuentran en la universidad una herramienta para afrontar y solventar sus problemas más urgentes. Hasta ahora, en el mejor de los casos, esos entes sociales aprovechaban el saber de los profesores de las universidades locales, ahora empiezan a descubrir el enorme beneficio de implicar a los estudiantes, que superan a menudo a sus docentes en el manejo de datos y de redes sociales y son, frecuentemente, más creativos.
  • Los cursos MOOC y las titulaciones on-line abren una nueva perspectiva: Aportan los conocimientos básicos necesarios y liberan tiempo para el aprendizaje cooperativo y el trabajo sobre objetivos y problemas.
  • Las plataformas digitales se convierten en bases de colaboración, permiten compartir ideas e información. Son el punto de encuentro.
  • Las universidades, en vez de enviar a sus estudiantes durante un par de semanas a trabajar en algo superficial en un país pobre, algo que hacen algunas universidades norteamericanas de éxito y que se convierte en un tipo de turismo pijo, buscan colaborar con Naciones Unidos y con los Objetivos del Desarrollo Sostenible. Más y más estudiantes trabajan en el diseño e implementación de soluciones a problemas cada vez más acuciantes como el cambio climático, la escasez de agua, las desigualdades, la violencia de género o la mala nutrición infantil.

Al final, lo mejor es que las universidades pueden hacerlo y cada vez habrá más universitarios que quieran hacerlo. El sentimiento compartido por los ya convencidos es que ese nuevo modelo de universidad puede ser más útil, más profundo, más divertido, más universitario.

Este post ha sido realizado por José Ramón Alonso (@Jralonso3) y es una colaboración de Naukascon la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

Para leer más:

Konar H (2016) Christine Ortiz to step down as dean for graduate education. MIT news http://news.mit.edu/2016/christine-ortiz-step-down-dean-graduate-education-0127

Flying high. The Economist 25 de junio-1 de julio de 2016 pp 53-54.

Challenge-driven Universities to Solve Global Problems

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