La ciencia y la duda

Lo más complicado y duro de practicar ciencia es mantener la permanente capacidad de hacerse preguntas: sobrevivir mentalmente en un entorno de duda continua. Porque la esencia del conocimiento científico es su volubilidad: cualquier teoría, hipótesis o hecho puede ser descartado debido a un nuevo avance, a un nuevo descubrimiento. Todo el andamiaje de lo que creemos saber es volátil; nada es permanente ni debe ser considerado fijo e inmutable. La obligación de cualquier científico es poner constantemente en duda todo lo que cree que sabe.

Y sí; es cierto que a veces y por razones diversas se cuelan en el corpus del conocimiento científico cosas que no son ciertas. La tradición, los intereses comerciales, los errores y la simple mala praxis contribuyen a engrosar el listado de errores de la ciencia. Hay múltiples razones por las que hechos, datos o interpretaciones falsas se pueden perpetuar, muchas de ellas derivadas de los intereses personales de alguien. Y no hablamos sólo de intereses económicos: en la ciencia a menudo el dinero no es la divisa más importante superada con mucho por el prestigio y la reputación. La resistencia a admitir errores o malas interpretaciones que puedan dañar el estátus de un científico o de una escuela o instituto puede ser un importante obstáculo para aceptar correcciones.

También es verdad que la desconfianza radical es poco práctica, y que nunca se replican los experimentos ajenos con ánimo de comprobar sus resultados. Si cada científico tuviese que demostrar todos los presupuestos de su disciplina desde cero para poder avanzar un paso más no sólo se repetiría sin necesidad una enorme cantidad de trabajo, sino que los avances serían muy lentos. De hecho el uso del trabajo anterior como peldaño para avanzar sirve en la práctica como sistema de comprobación: un resultado falso dura poco no porque nadie se dedique a comprobarlo, sino porque otros lo usarán como etapa intermedia en sus propios experimentos. Si no funciona, se sabrá: este no es el principal problema.

Para algunas personas, sin embargo, esta característica inestabilidad de la ciencia es inaceptable. Hay quien necesita sentir que conoce cuáles son los hechos básicos y permanentes sobre el cosmos y se siente inseguro cuando las respuestas a las preguntas cambian. Algunas personas sienten una especie de inestabilidad filosófica cuando las explicaciones sobre el mundo real varían, como si el universo mismo fuese tan poco inamovible como las teorías con las que lo explicamos. En el fondo todos nos sentimos más cómodos con las historias que conocemos y con las teorías con las que nos criamos y educamos; todo cambio de paradigma científico conlleva una cierta incomodidad, un esfuerzo mental de readaptación contra el que la inercia de nuestra mente se rebela.

Pero esta es la esencia del conocimiento científico: su capacidad de avanzar, de sobrepasar las teorías precedentes, de buscar nuevas y mejores explicaciones. Un científico debe estar dispuesto a aceptar que las ideas y teorías que aprendió en la carrera serán superadas por nuevos descubrimientos y nuevas hipótesis, incluso algunas suyas si tiene suerte. Aceptar que lo que antaño sabías ya no sirve no es fácil, pero si se quiere hacer ciencia es necesario. No es este un campo en el que se vayan a sentir cómodos quienes necesitan un cimiento firme e inamovible en el que asentar su concepción del universo. Porque a diferencia de otros sistemas de conocimiento que aspiran a ser equiparables la ciencia, cuando se equivoca, cambia de teoría. Y aunque para sus practicantes no sea fácil la duda constante como método de conocimiento es, sin duda, mucho más potente.

Sobre el autor: José Cervera (@Retiario) es periodista especializado en ciencia y tecnología y da clases de periodismo digital.

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