¡Cuidado! Publicación depredadora a la vista

Naukas

La historia la contaba Kelly Cobey en una pasada columna para Nature: un colega investigador, ya con tablas y algunas canas, había caído en uno de los más extraños, peligrosos y agresivos timos del mundo científico. Aunque esta estafa lleva bebiendo de las sangres del “publica o muere” muchos años ya, parece que es capaz de atrapar hasta al más experimentado de los investigadores.

Hablamos, nada menos, que de las “revistas depredadoras”, más conocidas como Predatory Journals o, en casos concretos, Open Access Predatory Journals (OAPJ). Esta peligrosa práctica puede bloquear nuestra investigación o hacernos perder una cantidad ingente de dinero. ¿En qué consiste esta engañifa? ¿Cómo podemos reconocer una publicación de este tipo?. Entender cómo operan y qué consecuencias trae el caer en sus garras es crucial para poder defender nuestro paper en el peor de los casos.

¿Qué son los ‘Predatory Journals’?

El nombre de “revista depredadora” fue acuñado por Jeffrey Beall para describir una serie de journals científicos (publicaciones) que se hacen pasar por revistas típicas del ámbito especializado pero que en realidad esconden prácticas abusivas y que en muchos casos rozan la pura estafa. El término “depredador” refleja la naturaleza intencionalmente engañosa de estas revistas, que “cazan” a los investigadores y sus estudios con artimañas diversas.

Entre las estratagemas, y haciéndonos eco de las investigaciones realizadas por el propio Beall o Cobey (et al), estas entidades afirman, por ejemplo, realizar una exhaustiva revisión por pares, cosa que no hacen. También ofrecen un servicio de acceso Open Access, pero más adelante, cuando ya es demasiado tarde para los autores, no cumplen con la conocida como Declaración de Bethesda a la hora de darle acceso gratuito a los investigadores y lectores, faltando en varios puntos a los derechos de autor.

Como guinda de este pastel, los Predatory Journals utilizan tácticas agresivas y trucos sucios para obligar a los autores a enviarles el manuscrito, incluso si estos se han dado cuenta del lío en el que se estaban metiendo. De esta manera, los investigadores se encuentran en una tesitura muy difícil. Para muestra un botón: el encontronazo del que hablábamos resultó ocurrir como sigue.

De investigador a “presa”

Parafraseando a la Dra. Cobey, en 2017 recibió un correo de un colega explicándole su problema con cierta publicación. Al parecer, meses antes había llegado una “invitación” para que publicara el material de cierto estudio en forma de artículo. Unos meses antes, este investigador había hecho una presentación oral mostrando parte de sus resultados. Esta “invitación” parecía la oportunidad perfecta para convertir este esfuerzo en un paper que contara en su currículum.

Tanto el título de la revista como el tema al que se refería el correo que recibió encajaban a la perfección con su especialización. “Qué diablos”, pensaría nuestro desdichado científico. Poco después, tras algunas correcciones menores, el investigador recibió un email explicando que el artículo había sido aceptado para su publicación. “¡Albricias!”. Pero no, no había motivo para alegrarse. Un poco más abajo, en ese mismo mensaje, se incluía un albarán de casi mil dólares por la publicación del artículo en el dichoso journal. “Un momento, a mi nadie me había avisado de esto”.

Así que, molesto por la argucia, el investigador decidió pasar de la publicación y, ya que el trabajo estaba hecho, enviarlo a una publicación legítima y que no tratara de timarle. Durante los siguientes meses le siguieron llegando mensajes de la anterior publicación, claramente depredadora, donde se le seguía solicitando el dinero de la publicación. Cuando su paper fue admitido en la otra editorial (esta vez sí, con una correcta revisión por pares), se alegró. “Albricias, ahora de verdad”. Pero el problema estaba lejos de acabar.

Así son las tácticas depredadoras

Resulta que una vez aceptado y todo preparado para la publicación, los investigadores (y la nueva publicación) se encontraron con que el paper ya había sido expuesto en la web del Predatory Journal de marras. Esto, como cualquiera familiarizado con la publicación científica, la revisión por pares y los embargos sabe, es un problema muy gordo.

Porque una vez publicada la información ya no es susceptible de ser publicada de nuevo en otra revista científica. La única manera posible de hacerlo es eliminando dicho documento. Al solicitarlo formalmente, explicaba Cobey en su artículo, los editores (mal eufemismo para estos estafadores), indicaron que el coste de la retirada del artículo era de unos 300 dólares, aproximadamente.

De esta manera, habían puesto al investigador y a su equipo en jaque: “¿Quiere que lo publiquemos? Bien, son mil dólares. ¿No quiere que lo publiquemos? Bien, son 300 dólares”. Y ante la tesitura, ¿qué haría cualquiera? Este investigador, aconsejado por la Dra. Cobey, contactó con los supuestos miembros editores del Journal y, para su sorpresa, estos indicaron que poco o nada tenían que ver con él, una muestra más de la estafa.

Finalmente, y para alivio del investigador (y a pesar de las semanas de esfuerzo y sufrimiento causadas) la publicación legítima decidió publicar el artículo sin que existiera “perjuicio” para los investigadores, reconociendo las prácticas del Predatory Journal como una vulgar estafa alejada de la ética editorial de cualquier publicación real.

¿Cómo se si mi ‘paper’ está en manos de un ‘Predatory Journal’?

Existen pocas universidades que cuenten con unidades y especialistas dedicados, casi exclusivamente, a la publicación. Esto, explican algunos expertos como Beall o la propia Cobey, es un problema muy serio ya que muchos (muchísimos investigadores) carecen de la experiencia (o incluso formación) sobre cómo funciona el mundo de las editoriales científicas. En otras ocasiones es la presión por publicar la culpable de una mala decisión.

En cualquier caso, los datos indican que no importa la formación o la carrera del investigador, cualquiera es susceptible a caer en las garras de un Predatory Journal. Hablamos de miles de investigaciones que son extorsionadas por estas mal llamadas publicaciones. Según los datos recogidos por Cobey, tras analizar unos 2.000 papers dispuestos en este tipo de revistas, ni tan siquiera el tipo de subvención, la procedencia de la investigación o el origen del equipo investigador libra a nadie de ser objeto de este tipo de prácticas. Por cierto, los países con más presencia de publicaciones depredadoras, con diferencia, son la India y Estados Unidos, aunque también se encuentran en Nigeria, Egipto, Turquía o incluso Japón y Reino Unido.

¿Cómo podemos esquivar a estos depredadores de la información? Para identificar este tipo de publicaciones varios hechos deberían hacer sonar nuestras alarmas alarmas. En primer lugar, la afiliación editorial. Una afiliación editorial dudosa, o la falta de información sobre la empresa que la maneja, son buenas razones para dudar. En segundo, una publicación legítima jamás pondrá tasas absurdas. Por ejemplo, el recargo por “retirar” un artículo no aparecerá en ninguna publicación que cumpla con una buena ética editorial.

Según el criterio de Jeffrey Beall para identificar a este tipo de Predatory Journals, estos se caracterizan por no seguir, o simplemente violar, el “Código de conducta de los editores de publicaciones científicas” o los “Principios de transparencia y buenas prácticas de las publicaciones académicas. En ellas, por ejemplo, se recogen asuntos tan variados como la información que se intercambia entre autores y editores, la cuestión de las tasas o los derechos de autor.

Las razones son muchas y muy variadas, demasiadas para recogerlas aquí. Por otro lado, estos criterios están bien recapitulados y arduamente resumidos en el documento preparado por el propio Beall, el cual podría servir como código genérico para detectar este tipo de publicaciones. Este documento, de hecho, surge a la par que una lista de publicaciones listadas en su web, con lo que revisar si el journal en cuestión entra dentro de estos criterios puede ser tan sencillo como comprobar que no haya sido mencionado en la “Lista Beall de Predatory Journals“. i

Una piedra más en esto de “hacer ciencia”

Si algo queda cada vez más claro es que la ciencia y el proceso para generar conocimiento científico está viviendo una profunda crisis. Desde cuestiones socioeconómicas a políticas, pasando por técnicas o humanas, el proceso de revisión por pares y la publicación en revistas científicas se encuentra ahora mismo con graves problemas.

Cada año son más los papers retirados debido a un sinfín de razones (en el peor de los casos porque sus investigaciones no se sustentan); los investigadores se ven envueltos en condiciones inasumibles de trabajo, cobrando poco y trabajando demasiado. Y lo peor es que en la mayoría de los casos se ven envueltos en una especie de “carrera de la reina roja” en los que han de publicar cada vez más para mantener su financiación o el apoyo institucional.

Al final, dentro de este círculo vicioso, se busca la publicación con el mayor índice de impacto para poder optar a la financiación y, mientras tanto, los artículos que no cumplen con las expectativas de los editores de grande publicaciones o, sencillamente, los resultados negativos se pierden el el frenesí del “publica o muere”.

Volviendo al tema de las grandes editoriales, y aunque a muchos no les gusta escucharlo, los investigadores viven regidos por un índice de impacto que ha sido decidido de forma interna y cuasi secreta por las mismas compañías que deciden qué papers son mejores o peores. Al final, todo el mundo científico danza al son de unas pocas marcas que contienen el 90% del haber científico del mundo.

Y en todo este maremagnum, los predatory journals acechan para hacerse con la carroña que puedan desgarrar de este tejido intelectual científico. Pero las víctimas no son solo los incautos investigadores que caen en sus artimañas. También lo son, y probablemente de forma más amarga, las pequeñas publicaciones. Esos journal que, sin tratar de acercarse a la sombra de los titanes editoriales, pretenden hacerse un hueco en la literatura científica especializada.

Estos son los primeros en sufrir las consecuencias en forma de rechazo y suspicacia, probablemente inmerecida, por culpa de otros estafadores sin escrúpulos. Por desgracia, los Predatory Journals han aumentado su número en las últimas décadas, lo que complica muchísimo más el trabajo a la hora de publicar, tanto para los científicos como para las pequeñas editoriales. Pero admitiremos una cosa: no hay mal que por bien no venga. Si al menos, tras el mal trago de gente como la que ha llegado a conocer Cobey el resto de la comunidad científica se pone las pilas, algo bueno sacaremos de esto. Y es que nos hace falta ser más conscientes de cómo funciona el mundo de la publicación científica si queremos mejorar la manera que tenemos de “hacer ciencia”.

Este post ha sido realizado por Santiago Campillo (@ScruzCampillo) y es una colaboración de Naukas con la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

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