Ciencia ficción contra el cambio climático

Fronteras

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Ciencia ficción contra el cambio climático

Temperatura: 38 ºC. Humedad: alrededor del 35 %. El problema era la combinación de ambas. Solo unos años antes habría sido una de las temperaturas de bulbo húmedo más altas jamás registradas. Ahora no era más que un miércoles por la mañana.

Este fragmento de El Ministerio del Futuro (2020), de Kim Stanley Robinson, suena, lamentablemente, cada vez menos a ciencia ficción. Sobre todo durante un verano en el que varias olas de calor están llevando a Europa a alcanzar temperaturas para las que ni siquiera los servicios e infraestructuras básicos están preparados… porque nunca hizo falta.

En las últimas semanas estamos viendo una proyección, todavía a pequeña escala, del inmenso caos que desencadena en el capítulo de apertura de la novela de Robinson un episodio de bulbo húmedo[1] en la India y que, en 2020, cuando se publicó, parecía una exageración. Tal vez aún no hayamos tenido noticias de ningún robo a punta de pistola de un aparato de aire acondicionado, pero sí han aparecido imágenes en redes de altercados violentos en diferentes establecimientos de Francia, Alemania y Reino Unido por tratar de hacerse con un ventilador. Temperaturas como las que están soportando muchos países europeos en 2026 no se esperaban hasta, al menos, el año 2050, y ya entonces esas previsiones se ponían en entredicho. Ahora que se han hecho realidad… ¿qué vamos a hacer?

El canal francés TF1 hizo una simulación en 2014 de las temperaturas previstas para Francia en agosto de 2050 si el cambio climático seguía su curso, con máximas de hasta 43 °C. Este escenario se ha hecho realidad en junio de 2026, con todo el verano todavía por delante. Fuente: TF1 Info.

Muchas de las novelas de Kim Stanley Robinson han tratado sobre cuestiones ecológicas o climáticas. En su trilogía marciana —Marte rojo (1992), Marte verde (1993) y Marte Azul (1996)— ya habla de ingeniería climática a escala planetaria. La serie de la ciencia en la capital —Forty signs of rain (2004), Fifty degrees below (2005) y Sixty days and counting (2007)— es una llamada a tomar medidas de índole social y político ante una amenaza cada vez más inminente. En Nueva York 2140 (2017), el ascenso del nivel del mar convierte Manhattan en una suerte de Venecia moderna, con todo lo que ello implica a nivel socioeconómico y cultural. También se reflexiona sobre temas afines en Pacific Edge (1990), Antártida (1997) y 2312 (2012). Esta trayectoria narrativa no solo ha convertido a Robinson, a día de hoy, en una figura de referencia en el ámbito literario —más allá del género de la ciencia ficción—, sino que también lo ha colocado en el centro del debate sobre el futuro climático de nuestro planeta.

El Ministerio del Futuro
Kim S. Robinson, además de escritor, es hoy en día una figura de referencia en el debate sobre el futuro climático de la Tierra. Fuente: CC BY-SA 4.0/Christopher Michel

Se podría decir que El Ministerio del Futuro es el culmen de todos esos mundos alternativos que han poblado la mente de su autor durante todos estos años. Y, lejos de las soluciones simplistas —por no mencionar directamente el negacionismo— a las que ciertos medios y políticos nos tienen acostumbrados en el mundo real, la novela no plantea una solución sencilla para un problema tan complejo. Al contrario, involucra a todos los estratos sociales, económicos y políticos internacionales y, como no podía ser de otra manera, plantea también soluciones científicas y tecnológicas que, si bien aún se encuentran fuera de nuestro alcance, no son, para nada, descabelladas.

No es la primera vez que la primera de todas ellas aparece en la ciencia ficción, y no solo en la ciencia ficción, de hecho, ya hemos experimentado sus efectos alguna vez a lo largo de nuestra historia, aunque de forma accidental. En abril de 1815, el volcán Tambora, en Indonesia, entró en erupción; fue la mayor registrada hasta el momento y los estragos que provocó fueron tales, que hasta modificó el clima, reduciendo la temperatura global 0,5 ºC y convirtiendo 1816 en «el año sin verano» —también en el de las hambrunas, por la pérdida de cosechas, las epidemias y las revueltas sociales—. La geoingeniería solar o modificación de la radiación solar (SRM, por sus siglas en inglés) busca métodos para reflejar la mayor cantidad de luz solar de vuelta al espacio y así disminuir las temperaturas sobre la superficie de la Tierra. Inyectar partículas en forma de aerosol (SAI) en la atmósfera —justo lo que sucedió en la erupción del Tambora— es una forma de hacerlo. Pudimos confirmarlo utilizando instrumentos modernos en 1991, con la erupción del volcán Pinatubo, en Filipinas —en 1815 no contábamos con los medios de los que dispusimos más tarde—: se pudo confirmar un descenso de la temperatura global de 0,5 ºC y el incremento de la destrucción de la capa de ozono. La primera propuesta de hacer algo así de forma artificial fue, no obstante, anterior; se remonta a 1974, cuando Mijaíl Ivánovich Budyko sugirió quemar azufre en vuelos a gran altitud para lograr ese efecto de enfriamiento. Pero ¿sería una buena idea? Es posible que sirviera como solución temporal ante la emergencia que se nos está viniendo encima, pero no arreglaría el problema y, además, podría alterar el ciclo hidrológico o tener efectos inesperados en la atmósfera, por no mencionar otros problemas técnicos e incluso geopolíticos.

El Ministerio del Futuro
Métodos de geoingeniería solar para modificar la radiación solar que llega a la superficie terrestre. La inyección de aerosoles en la estratosfera sería una de las opciones, tal y como aparece en la novela. Fuente: Dominio público/ Chelsea Thompson / NOAA / CIRES

Otra intervención interesante que aparece en la novela es el drenaje subglaciar, en este caso, con el objetivo de desacelerar el aumento del nivel del mar,. Este proceso consiste en la extracción del agua líquida que fluye bajo los glaciares para aumentar la fricción del hielo con el terreno y disminuir así la velocidad a la que se desplaza. Durante la década de los noventa, Sławomir «Slawek» Tułaczyk —profesor de Ciencias de la Tierra en la Universidad de California, Santa Cruz— estaba estudiando seis grandes corrientes glaciares de la Antártida Occidental para su doctorado, cuando las mediciones indicaron que la corriente de Kamb se movía a una velocidad muy inferior a la de sus vecinas. Tułaczyk y otros colegas lo atribuyeron a la ausencia de esa capa de agua líquida bajo el hielo. ¿Habría alguna manera de extraerla por métodos artificiales? Kim S. Robinson conocía las ideas de Tułaczyk, ya que había asistido a una de las conferencias del científico en 2008. Diez años después le mandaría un correo electrónico para documentarse e incluir la idea en El Ministerio del Futuro, idea que se está investigando en la actualidad para poder, tal vez, llevarla a la práctica algún día.

Las corrientes glaciares de la Antártida transportan gran parte del hielo continental hacia el océano, influyendo en el aumento del nivel del mar. Si pudiéramos ralentizarlas, podríamos paliar en cierta medida sus efectos. Fuente: Dominio público/Dave Pape

La captura y eliminación del dióxido de carbono de la atmósfera es otro eje central, y tal vez esta sea el tipo de iniciativa con el que podríamos estar más familiarizados. Kim S. Robinson habla de cambios en la agricultura destinados a aumentar la cantidad de carbono almacenada en suelos y vegetación; de reforestación y recuperación de ecosistemas; de la captura directamente del aire (DAC, por sus siglas en inglés) a través de procesos físicos o químicos, así como su posterior almacenamiento, e incluso plantea una «moneda de carbono» con la que empresas, agricultores o gobiernos se vean incentivados a realizar acciones en ese sentido. Por supuesto, algo como esto último requeriría un consenso —y un acto de fe— por parte de los bancos mundiales.

Los seres humanos añadimos CO₂ a la atmósfera mucho más rápido de lo que océanos, bosques y suelos pueden absorberlo, por ello son necesarias iniciativas que reequilibren este ciclo. Fuente: Dominio público/Kevin Saff y FischX

¿Estaríamos aún a tiempo de desarrollar estas tecnologías? ¿Tiene sentido hacerlo? Eso depende del valor que le demos a la vida humana y a la preservación de nuestro hogar. Esperemos que no sea necesaria la muerte de veinte millones de personas durante una ola de calor extrema, como en la novela, para empezar a reaccionar, y baste con las de los varios miles de europeos que el calor se ha llevado este año por delante —hasta el momento—. Habría que ver, asimismo, a cuánto ascienden las cifras a nivel mundial.

Pese a lo que pueda parecer, el mensaje de El Ministerio del Futuro no es catastrofista, sino esperanzador. Tal vez ya no podamos hacer lo que deberíamos haber hecho hace décadas, pero quedarse de brazos cruzados tampoco debería ser una opción. Si en algo le podemos dar la razón a Kim S. Robinson es que la ciencia puede lograr muchísimo, pero nuestra voluntad, mucho más.

Bibliografía

Fox, D. (2025, 5 de febrero). Can geoengineering plans save glaciers and slow sea level rise? Science News.

La rédaction vidéo de TF1info. (23 de junio de 2026). Les prévisions de 2050… déjà dépassées! [Video]. TF1 Info.

Moore, J. C., Gladstone, R., Zwinger, T., y Wolovick, M. (2018) Geoengineer polar glaciers to slow sea-level rise Nature doi: 10.1038/d41586-018-03036-4

Morgan, G. (2022). Science fiction. Voyage to the end of imagination. Thames & Hudson.

Morgenstern, M. (2025) Climate engineering in The Ministry for the Future and Termination Shock Textual Practice 1–22. doi: 10.1080/0950236X.2025.2551327

National Research Council. (2015). Climate intervention: Reflecting sunlight to cool Earth. The National Academies Press. doi: 10.17226/18988

Robinson, K. S. (2021 [2020]). El Ministerio del Futuro. Minotauro.

Nota:

[1] Durante un episodio de bulbo húmedo, la combinación de temperatura y humedad elevadas impide que el sudor se evapore y, por tanto, el cuerpo no puede enfriarse de manera eficaz.

Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.

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