El verano suizo que vio nacer al monstruo
En otras ocasiones ya he manifestado mi gusto por seguir en televisión el desarrollo de diferentes competiciones deportivas, en especial aquellas que tienen lugar en espacios abiertos, ya que me permiten disfrutar de los maravillosos paisajes que rodean a las y los deportistas durante la competencia. Y, si hay un deporte rey en esto, es el ciclismo. Pero, en esta ocasión, no voy a hablaros de la Vuelta Ciclista a España, que acaba de comenzar, sino de una etapa del Tour de Francia de la que me he acordado al ver la tremenda granizada que impidió finalizar la tercera etapa de la ruta española.
La 16ª etapa del Tour masculino consistió en una contrarreloj individual que bordeaba la orilla francesa del lago Lemán, o lago de Ginebra, una de las masas de agua dulce más grandes de Europa y que sirve de frontera natural entre Francia y Suiza. Aunque no me voy a centrar en la historia geológica de este lago. Vamos a viajar prácticamente al otro lado del mundo, para conocer un evento sucedido hace más de dos siglos y que ha quedado ligado por siempre al lago Lemán.

El 5 de abril de 1815, en la isla indonesia de Sumbawa, el volcán Tambora empezó a dar señales de una erupción inminente. Evento que sucedió el día 10 del mismo mes. Se trató de una erupción explosiva, de las más grandes de las que se tiene registro histórico. Una enorme nube de gases, cenizas y fragmentos de rocas ardientes se deslizó a gran velocidad por la ladera del volcán como una masa gigantesca que arrasó todo lo que se encontraba a su paso, culminando en el mar, donde produjo varios tsunamis que afectaron a las islas cercanas. A finales de agosto, cuando cesó la actividad por completo, se pudieron evaluar los efectos de esta erupción: la montaña Tambora disminuyó su altura casi a la mitad, prácticamente un tercio de la isla fue devastada y se calculó que más de 10.000 personas murieron de manera directa.

Pero los efectos de la erupción del volcán Tambora no terminaron aquí. Con la explosión se vertieron toneladas de ceniza volcánica y gases de azufre que cubrieron la atmósfera. Ahí, actuaron como una especie de pantalla que reflejó los rayos del Sol, impidiendo su llegada hasta la superficie terrestre. Esto provocó un descenso generalizado de la temperatura, que se ha calculado en aproximadamente 0,5ºC en el Hemisferio Norte y que se pudo mantener durante los dos años siguientes a la erupción. Así, al año 1816 se le conoce como “el año sin verano”.
El enfriamiento generalizado estuvo acompañado de alteraciones atmosféricas muy significativas, con periodos de lluvias prolongadas, tormentosas y, en muchas ocasiones, cargadas de óxidos de azufre, que provocaron una gran pérdida de las cosechas. Le siguió la muerte del ganado. Y culminó con hambrunas y enfermedades que se extendieron por toda la población europea. En este caso, se estima que casi 50.000 personas más fallecieron de manera indirecta por las consecuencias de la erupción del Tambora.
En este contexto sombrío, frío y rodeado de enfermedad y muerte, volvemos al lago Lemán. En su orilla suiza, cerca de Ginebra, se encontraba la Villa Diodati, propiedad de poeta Lord Byron, que, durante ese “no verano” de 1816, decidió invitar a varios amigos y amigas a pasar unas lúgubres vacaciones. Entre ellas se encontraba una jovencita de 18 años llamada Mary Godwin, más conocida como Mary Shelley tras su casamiento.

Este grupo, al no poder disfrutar de tardes calurosas a la orilla del lago, decidió encerrarse en la mansión y dedicarse a leer y discutir sobre viejas historias de fantasmas. Hasta que, envalentonado por el alcohol y el láudano, Byron inició una apuesta con el resto: a ver quién era capaz de escribir la mejor historia de terror en unos días. Así, Mary dejó volar su imaginación y, rodeada por esa atmósfera fría, sombría y mortal que la rodeaba en el corazón de Europa, creo la novela corta “Frankenstein o el moderno Prometeo”.
Hace más de dos siglos, debido a las consecuencias de una erupción volcánica, el lago Lemán vio nacer un monstruo que sentó las bases de la literatura de terror y de la ciencia ficción modernas. Este año, el mismo lago ha sido testigo de la consagración de un monstruo del ciclismo, del que ahora estamos disfrutando por nuestras carreteras gracias a la Vuelta Ciclista a España. Y, ¿aquí no hay volcán? Bueno, existe una curiosidad geológica muy particular: el día en que nació ese monstruo de las dos ruedas, cesó una de las erupciones del volcán fisural del Pitón de la Fournaise.
Dedicatoria:
Quiero dedicarles este artículo a Daniel Ampuero y Gonzado Da Cuña, periodistas deportivos de RNE. Aunque este año no haya podido disfrutar de vuestra compañía aprendiendo un poquito de comunicación y de ciclismo, seguro que volveré a “daros la brasa geológica” pronto.
Sobre la autora: Blanca María Martínez es doctora en geología, investigadora de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y colaboradora externa del departamento de Geología de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV/EHU
