La naturaleza hecha arte de manera responsable

Fronteras

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La naturaleza hecha arte de manera responsable

El otro día estuve visitando un centro de exposiciones y hubo una escultura que centró toda mi atención. Se trataba de un conjunto de rocas sedimentarias, muy compactas, posiblemente con varios cientos de millones de años a sus espaldas, colocadas sobre el suelo formando varios círculos apretados. La etiqueta que colgaba de la pared indicaba que la obra se titulaba “Círculo de rocas en pie” del artista Richard Long. Reconozco que, como geóloga, rápidamente identifiqué la enorme belleza de esa obra de arte, así como la tremenda historia que me susurraban con fuerza cada una de las rocas. Pero, viendo las caras del resto de personas que pasaban por delante de la escultura, me di cuenta de que yo tampoco estaba muy enterada de qué era exactamente lo que estábamos presenciando. Investigando un poco, descubrí que Richard Long es un artista británico reconocido como uno de los máximos exponentes del “land art”.

"land art"
Obra “Círculo de rocas en pie” de Richard Long. Foto: Blanca Marís Martínez

El «land art» es una corriente artística que nació en Estados Unidos a finales de los años 60 del siglo pasado con una fuerte carga de conciencia ecologista, buscando que la propia naturaleza se convirtiese en la obra de arte en sí misma. Para ello, el ser humano utiliza los materiales que se encuentran en el medio natural (rocas, madera, agua, vegetación, etc.), en ocasiones incluso alterando el paisaje de manera radical, hasta convertirlos en una especie de esculturas al aire libre. Y aquí es donde aparecen los problemas.

Todos los elementos geológicos que conforman el paisaje nos están contando una historia del pasado, nos aportan recursos y determinan nuestra vulnerabilidad ante los riesgos naturales. Alterarlos de manera aleatoria, sin un análisis geológico detallado del lugar, nos va a acabar repercutiendo a las malas. Y os voy a poner varios ejemplos para explicarme.

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Obra “Spiral Jetty” de Robert Smithson, realizada en plena naturaleza en el desierto de Utah (Estados Unidos de América). Foto: Soren Harward / Wikimedia Commons

Empezaré con la pérdida científica. Hay afloramientos que son los únicos testigos de eventos y procesos geológicos ocurridos en el pasado. Si los perdiésemos, sería como si arrancásemos un capítulo entero de la novela que es la historia de nuestro planeta: no podríamos entenderla en su totalidad. Así que es responsabilidad de todo el mundo conservarlos y protegerlos para legarlos a las generaciones futuras.

Pasemos ahora al recurso natural más importante para la supervivencia de nuestra especie. La composición y estructura interna de las rocas que se encuentran tanto en superficie como en el subsuelo es determinante para la infiltración, el almacenamiento y la circulación del agua subterránea. Alterarlas mediante excavaciones, extracciones o vertidos afectaría directamente a la cantidad y calidad de esa agua, llegando en muchos casos a provocar la desaparición de los acuíferos. Es decir, en algunas zonas podríamos quedarnos sin los únicos depósitos de agua dulce que abastecen a las poblaciones de alrededor.

Y voy a acabar con los riesgos. Provocar un movimiento artificial de tierra o rocas, independientemente de su volumen, modifica el equilibrio natural del terreno, pudiendo favorecer la erosión del suelo, incrementar la inestabilidad de las laderas y aumentar la probabilidad de deslizamientos, desprendimientos y avenidas violentas de agua. Y creo que no hace falta que os recuerde las consecuencias de que estos eventos ocurran cerca de zonas urbanas.

Incluso, darle una patada a una roca que nos encontramos en nuestro camino por el campo puede modificar el ecosistema. Pensad que el suelo que se estaba formando debajo de ella acabará desapareciendo por la erosión superficial. Y eso sin entrar a hablar de los efectos que tendría en la fauna y flora. Por ese motivo, cuando el ser humano altera el paisaje para favorecer su desarrollo social y económico, por ejemplo en obra civil, el análisis geológico del terreno va acompañado de un estudio de impacto ambiental. Este estudio tiene un doble objetivo: proteger los elementos geológicos de especial interés científico, evitando su desaparición; y minimizar los efectos negativos que las actuaciones humanas puedan causar sobre el medio natural, contribuyendo así a una gestión más sostenible del territorio.

Con esto no quiero decir que el movimiento del “land art” deba ser erradicado de raíz. Lo que defiendo es que tiene que tener detrás un control geológico exhaustivo para evitar todos esos aspectos negativos que os he comentado. De hecho, la vertiente más actual de esta corriente artística se esmera en actuar dentro de los marcos legales referentes a ordenación del territorio, conservación del medio natural y protección del patrimonio geológico, trabajando mano a mano con especialistas del ámbito científico. Por eso, uno de los campos más fructíferos para el desarrollo futuro del “land art” es la regeneración de espacios naturales degradados.

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Obra “The Multiverse and Galaxies at the Crawick Multiverse” de Charles Jencks, realizada como proyecto de regeneración de una antigua mina de carbón en Escocia (Reino Unido). Foto: Rosser1954 / Wikimedia Commons

En antiguas zonas mineras y canteras es imposible devolver el terreno a su estado original antes de las acciones humanas, pero se puede minimizar nuestra huella en la naturaleza. Aquí, los y las artistas formadas en “land art” pueden transformar antiguos bloques de roca o escombreras de desechos minerales en esculturas y monumentos que se mimeticen con el entorno, mitigando el impacto visual de la explotación. También pueden tallar y esculpir los frentes de explotación imitando las laderas montañosas naturales, evitando así peligrosos derrumbes y deslizamientos del terreno. Incluso, pueden estabilizar y rellenar pozos y galerías de excavación con los materiales pétreos descartados, reduciendo el riesgo de estas zonas inestables. Y todo ello sin olvidar que convierten estos lugares degradados en museos al aire libre que pueden atraer a un buen número de turistas, llegando a favorecer el desarrollo económico de las localidades cercanas.

Estoy segura de que la obra de Long que pude disfrutar el otro día ha sido creada manteniendo criterios geológicos estrictos y que no ha alterado de manera irreversible el medio de donde fueron recogidas esas rocas. De hecho, creo que será todo un ejemplo de que el arte y la ciencia siempre van de la mano. Incluso, me parece una manera fabulosa de despertar el interés por la Geología en el público en general, porque yo me quedé con ganas de saber más sobre las fabulosas historias que me estaban contando esos pequeños fragmentos pétreos.

Sobre la autora: Blanca María Martínez es doctora en geología, investigadora de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y colaboradora externa del departamento de Geología de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV/EHU

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