¿Bacterias visibles a simple vista en nuestro intestino?

Vida fascinante

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¿Bacterias visibles a simple vista en nuestro intestino?

En 1985, tres investigadores que estudiaban la microbiota intestinal del pez cirujano (Acanthurus nigrofuscus) del mar Rojo descubrieron unos peculiares organismos que consideraron como protistas, es decir, eucariotas unicelulares. Dado que los hospedadores eran herbívoros, parecía probable que se tratase de simbiontes que favorecían la degradación de la materia vegetal. Llamaba la atención su abundancia, entre 20 000 y 100 000 individuos por mililitro de contenido intestinal. También sorprendía su tamaño, alrededor de 600 mm (0,6 mm) de largo por 80 mm de diámetro, por lo que eran visibles a simple vista. Para que se hagan una idea, 0,6 mm es casi el doble del diámetro del punto tipográfico con el que se cierra esta frase. Sería, por tanto, un organismo muy grande entre los protistas. Los paramecios, por ejemplo, tienen longitudes medias entre 50 y 300 µm.

Epulopiscium
Figura 1. Puede apreciarse el tamaño de Epulopiscium en comparación con un paramecio y con una bacteria típica (E. coli). A la derecha y arriba, vemos el ADN bacteriano marcado con una sustancia fluorescente. Cada pequeño punto es una copia completa del genoma. Imagen: Esther Angert, reproducida en N. Lane (2017) doi: 10.1142/S2529732517400120 CC-BY 4.0. Escalas: 100 mm.

Tres años más tarde este supuesto protista fue bautizado con el nombre científico de Epulopiscium fishelsoni[1]. La sorpresa saltó en 1993, cuando especímenes de E. fishelsoni fueron estudiados con microscopía electrónica y analizados genéticamente. Se trataba de bacterias, las mayores bacterias conocidas hasta aquella fecha (Figura 1). Este liderazgo en la clasificación de las bacterias más grandes les fue arrebatado en 1999, cuando se descubrieron las gigantescas bacterias sulfuro-oxidantes del género Thiomargarita. Una de sus especies, T. magnifica, alcanza los dos centímetros de longitud, y es, por tanto, el procariota más grande conocido en la actualidad.

Las bacterias del género Epulopiscium siguieron manteniendo su interés para los microbiólogos. Además de su extraordinario tamaño, sorprende su altísimo grado de poliploidía, es decir, el número de copias del ADN que contiene cada individuo, del orden de decenas de miles (Figura 1). Esto es imprescindible, porque el gran volumen celular exige un alto nivel de síntesis de proteínas y, por tanto, de una gran cantidad de ARN mensajeros que transcriban la información del ADN.

Por si fuera poco, la forma en que Epulopiscium se reproduce es insólita, y puede calificarse como vivípara. En cada individuo se forman dos células hijas que contienen un cierto número de copias de ADN. La bacteria madre termina lisándose y liberando a las dos hijas que albergaba en su interior. Este proceso es muy diferente al proceso habitual de reproducción bacteriana por fisión, y también es distinto de la esporulación (Figura 2).

Epulopiscium
Figura 2. Reproducción en Epulopiscium. Arriba se muestra el proceso típico de fisión bacteriana, y el eventual proceso de esporulación. La reproducción en Epulopiscium es completamente diferente, e implica la formación de dos descendientes dentro de la célula madre. Fuente: Miller et al. (2012) doi: 10.1186/1471-2164-13-265 CC-BY 2.0.

Epulopiscium nos acaba de proporcionar otra sorpresa. Un grupo de investigación de la Universidad Técnica de Berlín ha encontrado pruebas de la presencia de Epulopiscium en la microbiota de muchos organismos, humanos incluidos[2].

El estudio se basó en el análisis del ARN ribosómico 16S (ARNr 16S), un componente de la subunidad menor de los ribosomas en bacterias y arqueas[3]. Esta cadena de ARN, de aproximadamente 1500 nucleótidos de longitud, se utiliza como un marcador universal para identificar y clasificar bacterias y arqueas sin necesidad de cultivarlas en el laboratorio, a modo de “código de barras” molecular.

El ARNr 16S de Epulopiscium fue detectado en la microbiota intestinal de representantes de los principales grupos de vertebrados, y también en invertebrados como moluscos y crustáceos. En el caso de los humanos, fueron estudiadas miles de secuencias depositadas en bancos públicos de biodatos así como muestras de contenido intestinal procedentes de 83 países. Se localizaron muestras positivas para ARNr 16S de Epulopiscium en todos los países y en todas las clases de edad.

Los autores del estudio sugieren que el procesamiento de las muestras de contenido intestinal por filtración o centrifugación elimina en muchos casos las grandes bacterias Epulopiscium. Esto hace difícil estimar la incidencia real de la bacteria en la población humana. Sí que es posible valorar la abundancia relativa de Epulopiscium respecto de otras bacterias en las muestras positivas. Esta abundancia es mayor en bebés de menos de un año que en otras clases de edad, un 0,6-0,8% frente al 0,3% más o menos constante a partir del primer año de vida. La abundancia también es significativamente mayor en pacientes con cáncer de colon, enfermedad inflamatoria intestinal o infección por Clostridioides difficile. Sorprendentemente, pacientes con VIH, trastorno del espectro autista o Alzheimer presentan una bajísima abundancia relativa de Epulopiscium en su intestino (Figura 3).

Epulopiscium
Figura 3. Arriba: estrategia de detección y análisis de secuencias de ARNr 16S de Epulopiscium. Abajo: abundancia relativa de Epulopiscium en muestras positivas por clases de edad (a) y en relación con diferentes patologías (b y c). En verde se muestra la abundancia media en individuos sanos. De Lyu et al., (2026), cita completa en referencias, con licencia CC-BY 4.0.

Obviamente, se trata solo de un punto de partida desde el que se plantean muchas cuestiones, empezando por la necesidad de confirmar la presencia real, mediante observación directa, de estas bacterias gigantes en nuestro intestino. Por otro lado, será importante averiguar si Epulopiscium desempeña algún papel relevante en la ecología de la microbiota intestinal, y explicar las sorprendentes variaciones en su abundancia relativa en relación con la edad y con patologías intestinales o neurológicas.

Referencias

Lyu, Y., Grüner, M., Klein, A., et al. (2026). Giant bacteria in gut microbiomes. BioRXiv (preprint) https://www.biorxiv.org/content/10.64898/2026.09.30.750856v1.

Sobre el autor: Ramón Muñoz-Chápuli Oriol es Catedrático de Biología Animal (jubilado) de la Universidad de Málaga.

Notas:

[1] El nombre genérico (Epulopiscium) hace referencia al término latino epŭlo, -ōnis, referido al comensal, a quien asiste a un banquete o al sacerdote encargado de dirigir las comidas sagradas en la Antigua Roma. El microorganismo sería, por tanto, un “invitado” al banquete intestinal del pez hospedador.

[2] Como hemos señalado en otras ocasiones, se trata de una prepublicación, no revisada por pares, por lo que estos resultados deben ser acogidos con prudencia hasta que se formalice su publicación definitiva.

[3] Los ribosomas, orgánulos responsables de la síntesis de proteínas, están formados por dos subunidades, mayor y menor, entre las que se procesa el ARN mensajero. La subunidad menor contiene la cadena 16S de ARN ribosómico. Su utilización para el estudio de la filogenia bacteriana fue propuesta por Carl Woese (Univ. de Illinois) a principios de la década de 1970. Esta técnica llevó a la división de los procariotas en dos grandes divisiones: Eubacterias y Arqueobacterias.

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