Criónica, ¿el elixir de la inmortalidad?
El mes pasado apareció publicado uno de esos artículos científicos proclives al sensacionalismo. Y no es que no supusiera un gran avance en su campo, que lo supone, pero muchas veces dejamos volar la imaginación antes de tiempo, sobre todo cuando se trata de una cuestión, la criopreservación, que la ha alimentado durante décadas… e incluso siglos, en este caso.
Científicos de la Universidad de Erlangen-Nuremberg (Alemania) lograron criopreservar tejido cerebral —de la zona del hipocampo— de ratones a través de un proceso de vitrificación y, tras revertir el proceso de forma controlada y devolverlo a una temperatura compatible con la vida celular, lograron recuperar la actividad eléctrica y metabólica de las neuronas. Si bien en 2018 se consiguió algo parecido con neuronas corticales de roedor, en aquella ocasión se trataba de un cultivo, no de tejido adulto extraído del animal, lo que supone un avance cualitativo que nos acerca un poquito más a la posibilidad de la criopreservación de órganos y tal vez… ¿seres vivos completos? Ojalá. Lo cierto es que ese momento está aún muy, muy lejos, por más que la mera posibilidad nos lleve a pensar en futuros que solo imaginó la ciencia ficción —no todos demasiado brillantes—.
Si bien la animación suspendida es un proceso habitual en la naturaleza y existen organismos —desde bacterias a mamíferos— cuya bioquímica y anatomía están adaptadas a esos procesos, nuestro caso es bien diferente. Conseguir algo similar en humanos es harina de otro costal. El primer gran obstáculo es la formación de cristales de hielo, tanto en el interior como en el exterior de las células. En el primer caso, esos cristales dañan las estructuras subcelulares —núcleo, mitocondrias…— y provocan que se formen compartimentos en el citoplasma. En el segundo, se puede romper la comunicación entre células o hacer que se salga el agua no congelada del interior, deshidratándolas con todo lo que eso conlleva —aumento de concentración de iones y otros solutos, desnaturalización de proteínas…—. Cuando la proporción de hielo supera un 66 % del agua total de un tejido, este se daña de forma irreversible. Pero ¿podría evitarse que se formaran esos cristales de hielo de alguna manera? Sí, con crioprotectores —algo parecido al anticongelante—.

Una forma de criopreservar tejidos es a través de la congelación controlada: se enfría la muestra lentamente para que el hielo se forme, en primer lugar, en el exterior de las células y así salga el agua del interior, evitando el daño intracelular. Pero esta técnica no elimina del todo el problema. Otra opción es la vitrificación, en la que el enfriamiento es rápido y se utilizan crioprotectores para evitar la formación de cristales. En esta técnica, el agua se solidifica en un estado amorfo, como el vidrio. ¿El problema? Los propios crioprotectores. La vitrificación se usa ya, por ejemplo, en la congelación de embriones, pero aplicarla a órganos complejos es un reto mucho mayor. Por un lado, hay que conseguir que los crioprotectores se distribuyan de manera homogénea por los tejidos; por otro, hablamos de sustancias que, por lo general, son tóxicas, así que no es fácil encontrar un equilibrio entre conseguir una vitrificación uniforme y no dañar los tejidos. Por no mencionar el proceso de descongelación.

Si es tan complicado, ¿por qué este tipo de noticias despiertan siempre tanto interés? Porque muchas veces lo interesante de un nuevo adelanto científico no es el adelanto en sí, sino las consecuencias que podría tener para el ser humano e incluso la sociedad. Y no hablo en este caso —o no solo— de la posibilidad de criopreservar cuerpos enteros con enfermedades incurables para revivirlos cuando exista una cura, tampoco del capricho de unos cuantos millonarios con ínfulas de inmortalidad que esperan poder resucitar en un futuro, ni siquiera de viajes interestelares a galaxias lejanas en los que la tripulación permanezca en animación suspendida hasta su llegada. Hay una aplicación mucho más sencilla que ya supondría un antes y un después en la medicina: la conservación de órganos y tejidos complejos para trasplantes o investigación. Un corazón, un pulmón, un riñón… apenas aguantan unas horas fuera del cuerpo. La coordinación entre donante, transporte y receptor tiene que ser absoluta. Un solo fallo y un órgano perfectamente viable se pierde. Las técnicas de conservación actuales no permiten crear bancos de órganos que permitan disponer de ellos a largo plazo, algo que cambiaría por completo si la criopreservación fuera viable.
Por supuesto, y tratándose de uno de sus temas favoritos, la ciencia ficción ha ido mucho más allá, y me voy a permitir dos recomendaciones que invitan a la reflexión acerca de este tema, por si a alguien le interesa —lamentablemente, no he encontrado traducciones al español—. Cuando se escribieron, Robert Ettinger, un profesor de física y matemáticas, acababa de publicar The prospect of immortality, donde planteaba la posibilidad de conservar cuerpos inmediatamente después del fallecimiento a bajas temperaturas. Ni que decir tiene que la idea no se le ocurrió de la nada, y aquí es cuando llega el crossover: Ettinger era lector de Amazing Stories, revista de ciencia ficción fundada por Hugo Gernsback en abril de 1926 —¡hace justo cien años!— y parece ser que un relato aparecido en el número de julio de 1931 le causó bastante impacto: «The Jameson Satellite», de Neil R. Jones. En él, el profesor Jameson es enviado al espacio en una cápsula tras su muerte, donde permanece congelado durante miles de años, hasta que una civilización de máquinas lo encuentra y… nada de spoilers. Solo adelantaré que la criónica no es la única tecnología adelantada a su época que aparece.

El caso es que, tras la publicación del libro de Ettinger, comenzaron los primeros intentos por pasar de la teoría a la práctica y empezaron a surgir en Estados Unidos las primeras organizaciones de criopreservación de cadáveres —aquí sí voy a hacer spoiler: al principio salió mal, muy mal—. Era algo que estaba en el ambiente, de lo que se hablaba, con lo que se especulaba. En ese caldo de cultivo, Clifford D. Simak escribió Why call them back from heaven? (1967), donde habla de una sociedad que se vertebra en torno a la posibilidad de la criogenización humana —previo pago, por supuesto— y posterior resurrección. Con todo lo que eso conlleva. Otro relato interesante es «The Defenseless Dead» (1973), de Larry Niven, en torno a la situación legal de las personas criopreservadas o, en otras palabras, que no están ni vivas ni muertas.
Ya me contaréis que os parecen.
Referencias:
German, A., Akdaş, E. Y., Flügel-Koch, C., Erterek, E., Frischknecht, R., Fejtova, A., Winkler, J., Alzheimer, C., y Zheng, F. (2026) Functional recovery of the adult murine hippocampus after cryopreservation by vitrification. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America doi: 10.1073/pnas.2516848123
Parker, S. S., Moutal, A., Cai, S., Chandrasekaran, S., Roman, M. R., Koshy, A. A., Khanna, R., Zinsmaier, K. E., y Mouneimne, G. (2018) High Fidelity Cryopreservation and Recovery of Primary Rodent Cortical Neurons eNeuro doi: 10.1523/ENEURO.0135-18.2018
Bibliografía:
Ettinger, R. C. W. (1964). The prospect of immortality. Doubleday.
Jones, N. R. (julio de 1931). «The Jameson Satellite». Amazing stories.
Niven, L. (1973). «The Defenselees Dead». En R. Elwood (Ed.), Ten tomorrows. Fawcett.
Stratman, H. G. (2016). Using medicine in science fiction. Springer.
Simak, C. D. (1967). Why call them back from heaven? Doubleday/Ace.
Thompson, T. (2026) Scientists revive activity in frozen mouse brains for the first time Nature 651, 563–564.
Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.
