La ciencia ficción como indicador de progreso
Siempre he defendido que uno de los grandes papeles de la ciencia ficción es servir de puente entre el conocimiento científico y el humanista, y que tiene que existir algún tipo de relación entre la publicación e impacto cultural de la ciencia ficción en un país y su desarrollo científico y tecnológico. Pero se trata solo de una intuición basada en que la Edad de Oro de la ciencia ficción estadounidense coincidió con una de sus etapas más innovadoras y en que China lleva años gestando un fenómeno similar cuyos frutos estamos viendo hoy. Una intuición basada en circunstancias que, por sí mismas, no demuestran nada.

La idea tampoco es original. De hecho, forma parte de la impronta de la ciencia ficción moderna, entendiendo por ciencia ficción moderna la que se desarrolla a partir de las revistas y las ideas de los editores Hugo Gernsback y, posteriormente, John W. Campbell durante la primera mitad del siglo XX. Ambos trataban de publicar historias que en realidad fueran educación disfrazada de entretenimiento, aunque no siempre lo conseguían. Buscaban que cumplieran una función divulgativa e invitaran a la reflexión sobre el progreso científico y tecnológico vertiginoso que estaba teniendo lugar.
En 2009, el escritor y académico Gary Westfahl —una figura de referencia en el estudio del género— se adentró en la misma reflexión. Partiendo de las ideas de C. P. Snow sobre «las dos culturas» —las ciencias y las humanidades— y esa la necesidad de eliminar la frontera entre ambas en aras del progreso, se preguntó si la ciencia ficción podría ayudar a reducir la desigualdad entre naciones industrializadas y no industrializadas. O, en palabras del propio Westfahl: «¿Cómo ha ayudado este tipo de literatura, así como las personas que se dedican a ella, a hacer del mundo un lugar mejor en el que vivir?». De forma más concreta: «¿Se puede establecer una correlación fuerte entre el interés de un país en la ciencia ficción y su desarrollo tecnológico y económico?».
Para buscar una respuesta, recurrió a los datos y se centró en el caso de Taiwán, un país que en apenas cincuenta años pasó de encontrarse en vías de desarrollo a convertirse en una potencia tecnológica. ¿Tuvo la ciencia ficción algo que ver? Westfahl comparó dos variables: el producto interior bruto de Taiwán y el número de publicaciones relacionadas con la ciencia ficción entre 1953 y 2002 —la primera como medida de crecimiento económico y la segunda como indicador del interés por la ciencia ficción—. El resultado fue un coeficiente de correlación de Pearson de 0,897,[1] lo que indicaba una relación positiva muy fuerte entre ambas variables. El dato es llamativo, pero no demuestra por sí solo que la ciencia ficción fuera determinante para impulsar el crecimiento económico o tecnológico de Taiwán. Correlación no implica causalidad y existen numerosos factores que el análisis no tuvo en cuenta. Por ejemplo, que cuando en un país se alcanzan determinadas condiciones de vida y las prioridades de la población van más allá de la supervivencia, suele aumentar la producción de libros en general, no solo la de ciencia ficción.

Westfahl era consciente de ello. Pero ¿implica esto que perdió el tiempo con su planteamiento? No, si su intención era hacernos reflexionar sobre las bondades de la ciencia ficción como una herramienta de pensamiento que puede tener un impacto social y cultural tangible, y no tanto demostrar una relación causal inequívoca. Y a esto se añade el dilema del huevo o la gallina: ¿es la ciencia ficción la que despierta el interés por la ciencia o es la ciencia la que conduce, inevitablemente, a la ciencia ficción? En el mundo real, el de los escritores y los científicos, suelen suceder las dos cosas a la vez. Unas veces es la ficción la que toma la delantera, otras, la ciencia. Más que una relación causa-efecto, cuando ponemos en paralelo las historias de la ciencia y de la ciencia ficción, parece que nos encontramos ante un bucle que se retroalimenta.
Sería interesante, en cualquier caso, profundizar en la cuestión. ¿Y si nos encontramos ante una potente herramienta que estamos ignorando? Hasta la fecha, no parece que nadie se haya animado a ampliar el pequeño análisis de Westfahl a otros países. Tal vez sería demasiado complicado hacerlo de manera seria y rigurosa por la cantidad de variables que habría que tener en cuenta. Quienes más se han aproximado se han centrado principalmente en los efectos de la ciencia ficción sobre los individuos o sobre cuestiones muy específicas. Así, podemos encontrar que, entre noviembre de 2015 y noviembre de 2016, Christopher Benjamin Menadue y Susan Jacups de la Universidad James Cook (Australia), hicieron una encuesta online en la que participaron 909 lectores habituales de género fantástico. Los resultados mostraron que los encuestados asociaban la ciencia ficción con una mayor comprensión, aceptación y valoración social de la ciencia. En 2024, Veronica Marozzo et. al., de la Universidad de Mesina (Italia), realizaron un experimento que contó con la participación 204 estudiantes universitarios y que concluyó que la exposición a un episodio de The Expanse estimulaba la creatividad de aquellos sujetos que tenían formación STEM; entre los estudiantes de otras disciplinas, sin embargo, las puntuaciones fueron menores que las del grupo de control. Hay quien incluso ha rastreado el registro de patentes buscando posibles influencias de la ciencia ficción, como Camilla A. Hrdy, de la Universidad Rutgers (EE. UU.), y Daniel H. Brean, de la Universidad Duquesne (EE. UU.). Encontraron dichas relaciones en casos concretos, pero no necesariamente generalizables. Seguro que hay muchos más estudios similares, pero la cuestión principal, por el momento, sigue abierta.

Aunque a lo mejor estamos haciendo mal el planteamiento y de lo que deberíamos hablar en realidad es del relato científico que una sociedad se cuenta a sí misma. Allí donde encontramos cierta abundancia de historias sobre futuros posibles, tecnologías pioneras, viajes espaciales o sociedades alternativas cabe suponer que existe cierto interés por imaginar esos escenarios, ya sea para construirlos, evitarlos o, simplemente, comprenderlos.
No está demostrado que leer ciencia ficción convierta automáticamente a nadie en científico ni sea un medidor directo del nivel de progreso de una sociedad, pero me inclino a pensar que una cultura que imagina el cambio se está preparando, tal vez incluso sin advertirlo, para afrontarlo.
Bibliografía
Hrdy, C. A., & Brean, D. H. (2025). Testing the Gernsback hypothesis: Science fiction’s influence on patents and innovation. Houston Law Review, 63(2), 359–406.
Marozzo, V., Crupi, A., Abbate, T., Cesaroni, F., & Corvello, V. (2024). The impact of watching science fiction on the creativity of individuals: The role of STEM background. Technovation, 132, 102994. doi: 10.1016/j.technovation.2024.102994
Menadue, C. B., & Jacups, S. (2018). Who reads science fiction and fantasy, and how do they feel about science? Preliminary findings from an online survey. SAGE Open, 8(2), 1–12. doi: 10.1177/2158244018780946
Westfahl, G., Slusser, G. (2009). The rich and the poor: science fiction andthe other two cultures. En Gary Westfahl y George Slusser (Eds.), Science Fiction and the Two Cultures. McFarland.
Nota:
[1]El coeficiente de correlación de Pearson mide la dependencia lineal entre dos variables aleatorias cuantitativas y continuas, esto es, el grado de relación que existe entre ambas. Que en este caso su valor sea cercano a 1 indica que existe una fuerte relación directa; cuando una aumenta, la otra también.
Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.
