Vidas más humanas

La química no tiene buena fama. Me refiero tanto a la disciplina científica con ese nombre, como a la condición que se atribuye a determinados productos por el hecho de haber sido objeto de manipulación mediante sustancias “químicas” o sea, mediante sustancias artificiales. Creo que saben de qué hablo. Se trata de esa aversión que connotan frases como “este vino tiene mucha química” o “lo bueno es lo natural, lo que no tiene química”. La química se asocia con lo artificial en un ideario muy extendido según el cuál lo natural es bueno y lo artificial es malo. El rechazo de lo artificial y la desconfianza hacia alimentos, bebidas y productos de consumo en general a los que se atribuye esa supuestamente dañina condición tiene su origen, seguramente, en la añoranza que sienten muchas personas por un pasado idílico en el que se vivía en armonía con la naturaleza, consumiendo sólo “productos naturales” y en el que la gente estaba sana y alcanzaba edades provectas.

El problema, por supuesto, es que ese mundo idílico no ha existido nunca. En general, el pasado, hasta donde podemos atisbar gracias a la información que ha llegado hasta nosotros, ha sido casi siempre mucho peor que el presente, también en lo relativo a los alimentos y demás productos que los seres humanos hemos consumido a lo largo de nuestra historia. Antes la gente estaba peor nutrida que ahora, también padecía más enfermedades y sufría más dolor por culpa de esas enfermedades. Y como consecuencia de todo ello, se moría más joven que ahora.

La moda consistente en consumir productos llamados ecológicos -“orgánicos” en el mundo anglosajón- obedece a ese mismo ideario. Los vegetales cultivados siguiendo las pautas legalmente establecidas para ello y que, por lo tanto, pueden exhibir la etiqueta ecológica, son preferidos porque, supuestamente, en su cultivo no se han utilizado sustancias “artificiales”. Insisto en denominarlas artificiales porque no me parece correcto denominarlas “químicas”, ya que todas las sustancias que consumimos y utilizamos son moléculas químicas, sin excepción.

Y sin embargo, la química como ciencia, los métodos químicos como tecnología, y las sustancias artificiales obtenidas a partir del conocimiento de la disciplina y del uso de las correspondientes técnicas han rendido enormes beneficios a la humanidad. La química ha permitido que la producción de alimentos alcance un volumen que, de no mediar determinados factores sociales y económicos, sería suficiente para dar de comer a toda la humanidad. Gracias a la química los alimentos que consumimos son seguros, al menos allí donde se pueden aplicar los métodos correspondientes. La ciencia y la tecnología química hacen posible que se produzca vestido y calzado adecuado para desenvolvernos bajo condiciones ambientales extraordinariamente diversas. La química está en la base de la producción de centenares de sustancias que alivian el dolor, curan o mitigan las consecuencias de la enfermedad; y aunque los principios activos de muchos fármacos se encuentran en la naturaleza, los productos que se emplean son productos artificiales, “químicos” según la terminología popular. Muchos objetos de uso cotidiano, desde cepillos de dientes hasta buena parte de los componentes de los automóviles, son fabricados con materiales artificiales, haciendo uso de procedimientos químicos.

La lista de métodos, procesos y productos artificiales gracias a los cuales nos alimentamos mejor y con más seguridad, estamos más sanos, sufrimos menos, nos vestimos a precios asequibles y disfrutamos de productos de enorme variedad es inmensa, inabarcable en la práctica. Pues bien, todo ello se lo debemos a la química. Gracias a ella nuestras vidas son cada vez mejores; gracias a la química nuestras vidas son cada vez más humanas.

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Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

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Este artículo fue publicado en la sección #con_ciencia del diario Deia el 8 de mayo de 2016.

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