Los fantasmas de la evolución

Frontera

Imagen: Retrato de un dodo de la escuela holandesa, realizado en el siglo XVII (Wikimedia Commons)
Imagen: Retrato de un dodo de la escuela holandesa, realizado en el siglo XVII (Wikimedia Commons)

Imagina que los ecosistemas que ves a tu alrededor no están «completos». Tendemos a pensar que lo que vemos hoy ha evolucionado a la par y, como consecuencia, que el resultado es un equilibrio, inestable y en perpetuo cambio, pero equilibrio. Una red de relaciones donde cada planta y cada animal es como es por su relación con todos los demás y con el medio. Pero, ¿y si te dijera que algunos de los nodos fundamentales de esa red se quedaron por el camino y que su presencia fantasmal aún puede apreciarse?

La idea de los anacronismos ecológicos surgió a finales de los 70, cuando dos investigadores, Dan Janzen, de la Universidad de Pensilvania, y Paul Martin, de la Universidad de Arizona, estudiaban los árboles de Costa Rica. A Janzen le llamaba particularmente la atención que plantas como Cassia grandis dieran frutos con grandes semillas y la fauna local los ignorara, mientras que eran devorados por especies importadas como la vaca o los caballos. «He tenido una idea loca», escribía Janzen en una carta a Martin en octubre de 1977. «¿Cuánto nos costaría hacer una lista de los grandes mamíferos que se habrían comido unos frutos de la misma talla de los que ahora se comen los tapires, los ciervos y las vacas, y que lo habrían hecho en estos bosques hace 100.000 años?»

La idea que desarrollarían, la del anacronismo evolutivo, tuvo gran aceptación en los años siguientes y se resume así: los ecosistemas que vemos han perdido algunas de las especies clave que contribuyeron a que las plantas adoptaran determinadas estrategias. Estos grandes herbívoros, como los perezosos gigantes o los grandes pájaros de Oceanía, desaparecieron – algunos de ellos en épocas muy recientes por la acción del hombre – pero las plantas que evolucionaron con ellos siguen ahí, como fantasmas de la evolución que dan una pista de qué tipo de animales poblaron la Tierra en algún momento del pasado.

Muchos de los ejemplos más populares de esta situación se han dado en lugares con grandes particularidades ecológicas como Nueva Zelanda. Uno de los más conocidos es el de los moas, unas gigantescas aves que medían cerca de tres metros de altura y pesaban 250 kg, que desaparecieron por la presión humana hace apenas 500 años. La presencia de muchas plantas altas y espinosas, con apariencia de ser tóxicas, ha llevado a algunos ecólogos a considerar la posibilidad de que sean ‘fantasmas’, es decir, que conservan rasgos que desarrollaron en competición evolutiva con un animal extinto.

El análisis de flores de formas aparatosas ha llevado a pensar en la existencia de colibríes en determinadas épocas en Europa, por ejemplo, mientras que en Norteamérica, el tamaño del enorme fruto del naranjo de Luisiana se atribuye a la presencia en un pasado remoto de grandes herbívoros que diseminaban sus semillas y que fueron reemplazados posteriormente por los caballos. En Nueva Zelanda se cree que la existencia de algunas aves de coloración muy particular y hábitos nocturnos indica que hubo grandes predadores que condicionaron este comportamiento. En Madagascar se atribuye el miedo de los lémures a las aves a la existencia de una gran rapaz ya desaparecida y se considera que el pájaro elefante jugó un papel parecido al de los moas. ¿Son algunas de las plantas que ahora se encuentran en la isla testimonio de los hábitos alimenticios de estas aves extintas?

Las pruebas señalan que en muchos casos el anacronismo ecológico tiene sentido, pero como apunta el paleozoólogo Darren Naish en Scientific American, en ocasiones se ha estirado el argumento más de la cuenta y se han visto anacronismos donde no había más que simple evolución. «La idea se hizo crecientemente popular», escribe Naish, «hasta el punto de que la gente empezó a informar de ‘fantasmas’ en todas partes». Sin embargo, asegura, no se han tenido en consideración otras posibilidades, como que «las plantas pueden crecer altas, con formas raras o frutos gigantes, o exhibir adaptaciones defensivas, por razones no relacionadas con la presencia de sus depredadores, como las complejas interacciones entre ellas mismas».

El caso del dodo y su relación con un árbol local, el tambalacoque, es uno de los muchos errores que cita Naish en esta búsqueda de ‘fantasmas evolutivos’. En los años 70 se pensó que esta especie de árbol (a la que se bautizó como árbol dodo) estaba a punto de desaparecer como lo había hecho el pájaro torpón (aunque éste último a manos del hombre). El biólogo Stanley Temple afirmó que las semillas de este árbol solo podían germinar si eran digeridas por una especie como el dodo y que por tanto estaba condenado a desaparecer. La hipótesis, finalmente, se probó falsa cuando otros ecólogos encontraron tambalacoques germinando en distintos lugares sin necesidad ninguna del pájaro dodo, y se descubrió que eran otras especies las que amenazaban a este árbol.

«Necesitamos ser cuidadosos y no sacar conclusiones cuando encontremos lo que parecen adaptaciones coevolutivas», escribe Naish. «Es fácil ver adaptaciones florales extrañas y concluir inmediatamente que deben su forma a su coevolución con la megafauna”. «Los zoólogos y paleontólogos que investigan estas adaptaciones florales deben hablar con los botánicos, climatólogos y ecólogos», propone, y tal vez entre todos aprendamos a distinguir los fantasmas imaginados de los verdaderos.

Referencia: The ‘ghosts’ of extinct birds in modern ecosystems (Scientific American)

Sobre el autor: Antonio Martínez Ron es periodista

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