Testosterona

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¿Está usted desganado? ¿Ha perdido vitalidad? ¿Tiene problemas de libido? ¿Está bajo de testosterona? De unos años a esta parte ésas y preguntas similares bombardean a los varones norteamericanos con insistencia desde la pequeña pantalla, a la vez que se proyectan sugerentes imágenes de hombres de “cierta” edad realizando alguna actividad física enérgica o de escenas románticas en las que la coprotagonista es una atractiva mujer. Seguramente esas campañas sean en parte causantes de que en 2011 más de 20 millones de varones norteamericanos adultos se hicieran un test de testosterona y aproximadamente a una cuarta parte de ellos se le recetase un suplemento hormonal. En una década se ha multiplicado aproximadamente por cuatro su consumo en los Estados Unidos.

Como toda hormona, la testosterona realiza funciones de mensajería dentro del organismo, de manera que al verterse a la sangre produce una serie de efectos en distintos aparatos, efectos que varían dependiendo del tejido de que se trate. Aunque las mujeres también producen algo de testosterona, está considerada como la hormona de la masculinidad, porque interviene en el desarrollo de los testículos y de la próstata. También intermedia en la aparición de los llamados caracteres sexuales secundarios, como son el vello corporal o la masa muscular y ósea propia de los varones. Además, es responsable de la producción de espermatozoides y de glóbulos rojos, y ejerce también efectos sobre el comportamiento.

Los niveles sanguíneos de testosterona alcanzan su máximo alrededor de los 20 años de edad y a partir de entonces empiezan a disminuir. Por esa razón, está muy extendida la idea de que el declive en la virilidad y vitalidad que se produce en los hombres con la edad obedece a una disminución de su nivel. Y en esa idea tan extendida se apoyan las empresas que la comercializan para que sus campañas tengan éxito. Parece que muchos hombres norteamericanos tienen serias dudas acerca de su virilidad y están dispuestos a tomar las necesarias medidas para salir de dudas y, si es el caso, contrarrestar el déficit.

Lo que quizás ignoran esos hombres es que, a la hora de la verdad, algunos de los efectos claves que se atribuyen al tratamiento farmacológico no se producen realmente. Por ejemplo, contra lo que sugiere la publicidad, se ha comprobado que los suplementos de testosterona ejercen un efecto sólo moderado sobre la mejora de la líbido, y ninguno sobre la disfunción eréctil. Por otro lado, no se ha realizado ningún estudio diseñado para determinar si disminuye la fatiga de las personas que la consumen, por lo que las afirmaciones en ese sentido carecen de fundamento. Tampoco adelgaza, aunque eleva ligeramente la proporción de músculo y disminuye la de grasa, y como consecuencia de ello provoca un ligero aumento en la fuerza que se puede desarrollar. Pero esos pequeños beneficios tienen, a su vez, una cruz, y es que, al parecer, las personas tratadas con testosterona tienen una mayor probabilidad de sufrir accidentes cardiovasculares y cáncer de próstata.

Habrá quien piense que esto son cosas de americanos y que en Europa funcionamos de otra forma, pero se equivoca. En el Reino Unido se está produciendo el mismo fenómeno, y en Alemania y otros países europeos también. Nosotros no seremos menos; llegará la testosterona y nos la pincharemos o pondremos parches. Hay hombres que ironizan, ufanos, sobre el combate que libran muchas mujeres contra los efectos del paso del tiempo. Pero esos afanes no son cosa sólo de un sexo. También a los hombres nos cuesta aceptar que nos hacemos mayores y que hay cosas que ya nunca volverán a ser como antes.


Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

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Este artículo fue publicado el 24/8/14 en la sección con_ciencia del diario Deia

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