Hormonas y agresión sexual

Ciencia infusa

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¿Es posible que los órganos endocrinos de Caín funcionaran de manera incorrecta y que, en consecuencia, él fuera tan víctima como su hermano?

Elizabeth M. Heath, New York Times, 4 diciembre 1921.

En 1980 escribía Richard Rada, de la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, que el estudio de la conducta humana se había enriquecido con los avances de la biología y la fisiología y, en consecuencia, por el desarrollo de métodos, especialmente fármacos, para alterar y tratar los trastornos cognitivos, afectivos y conductuales. En particular, la mejora de las técnicas para medir los niveles de hormonas en plasma habían despertado un gran interés en la psicoendocrinología de la conducta, incluyendo los trastornos sexuales. En su estudio resumía brevemente los avances en la psicoendocrinología del comportamiento sexual y agresivo, y presentaba los resultados de dos estudios de andrógenos en violadores y abusadores de niños.

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Foto: Clay Banks / Unsplash

Sin embargo, no hay que descartar en absoluto la hipótesis de neuromodulación múltiple de las conductas agresivas. Como explica Jesús Martín Ramírez, de la Universidad Complutense, incluso las pautas más sencillas de conducta se deben a un control neurohormonal complejo, que no conocemos en detalle y que supone que están influidas por más de una sustancia química y una complicada interacción entre ellas. No es probable que una única sustancia química sea la responsable del desencadenamiento o modulación de la agresión, a pesar de que en este texto me referiré sobre todo a la testosterona, la hormona mejor conocida.

Las sustancias no actúan en solitario y en cualquier conducta pasan por una compleja relación mutua. No solo participa más de una molécula en cualquier conducta, sino que neurotransmisores, neuromoduladores y hormonas contribuyen al control de las acciones de los otros compuestos. En conclusión, no podemos medir la agresividad en unidades de una sola sustancia neuroquímica, sea la que sea, hormona o neurotransmisor.

En la introducción, Richard Rada resumía la perspectiva histórica de los datos publicados hasta la década de los setenta del siglo pasado. Por ejemplo, mencionaba que en su discurso presidencial ante la Asociación Estadounidense de Psiquiatría en 1898, R.M. Bucke sugirió que las secreciones internas del ovario recién descubiertas podrían convertirse en un agente tóxico de virulencia desconocida y lo sugería como un factor etiológico en algunos trastornos mentales femeninos.

En 1924, Schlapp discutía el comportamiento y las enfermedades de las glándulas y afirmó que no le sorprendería que los investigadores revelaran que un tercio de todos los delincuentes convictos en ese momento padecían trastornos de las glándulas. Fue Berman, en 1932, quien indicó que se conocían datos sobre presos en Sing Sing que, en su opinión, indicaban una relación directa entre la deficiencia y el desequilibrio de las glándulas endocrinas y la actividad delictiva. Posteriormente, durante la década de 1930, Wright fue uno de los primeros en estudiar específicamente las endocrinopatías en delincuentes sexuales. Los niveles de estrógenos, andrógenos y gonadotropinas se determinaron mediante el análisis de orina. Sus estudios se centraron principalmente en los aspectos endocrinológicos de los homosexuales y de los delincuentes sexuales homosexuales, pero también incluyeron varios casos de exhibicionismo. Por entonces, el autor no conocía ningún estudio biológico de los agresores sexuales violentos.

Después de estos escasos datos iniciales, Rada añade que los estudios de la psicoendocrinología de los agresores sexuales se limitaron a informes dispersos ocasionales sobre el tratamiento de estas conductas utilizando varias drogas y hormonas que supuestamente influyen en la conducta sexual. Son las fenotiazinas, el propionato de testosterona, estrógenos, estilbesterol y la medroxiprogesterona. Además, y sin olvidar que Rada publica estas conclusiones en 1980, indica que en los setenta, había técnicas más precisas para la determinación de los niveles plasmáticos de hormonas gonadales, particularmente testosterona, lo que supuso un aumento en los estudios de sujetos en especies animales y en humanos.

Después del nacimiento, los niveles de testosterona en sangre se elevan en ambos sexos y luego caen a un nivel bajo hasta la pubertad cuando hay un aumento gradual en el varón. Después de la pubertad, el nivel medio de testosterona masculina es aproximadamente diez veces el nivel circulante de testosterona femenina. La testosterona es la hormona de la libido tanto en hombres como en mujeres y hay una caída en el nivel de testosterona en sangre con la edad. La función endocrina de los testículos se puede resumir de la siguiente manera: 1) la síntesis y secreción de testosterona es la única función importante de las células de Leydig de los testículos; 2) no hay evidencia de que los testículos secreten esteroides distintos a la testosterona en cantidades suficientes para provocar efectos biológicos significativos; y 3) la testosterona es el andrógeno más importante en sangre.

Volvamos ahora a la cuestión de la relación entre la testosterona plasmática y el comportamiento agresivo. Hay un gran debate sobre los delincuentes sexuales porque algunos de ellos y ciertos delitos sexuales son habitualmente más violentos y agresivos que otros.

Varios estudios sobre la testosterona y su relación con conductas agresivas tratan de animales de muchas especies. En general, estos estudios muestran la importancia de los andrógenos para iniciar el comportamiento agresivo y facilitar la expresión de conductas agresivas en animales adultos. Sin embargo, también indican la importancia de los factores sociales y del aprendizaje o, si se quiere, del entorno, en la expresión de la agresión en los adultos. En comparación con la literatura sobre animales, pocos estudios, y recordar que son datos de Rada publicados en 1980, han informado de la asociación del nivel de testosterona con la agresión o la violencia en humanos.

Estos estudios han sido revisados recientemente con cierto detalle. Por ejemplo, la producción de testosterona está correlacionada con una medida de la agresión basada en tests de psicología en hombres jóvenes. También hay relación entre los niveles de testosterona en sangre, las peleas y agresiones verbales en la cárcel, y las conductas delictivas en el pasado en reclusos varones jóvenes. Y los presos con antecedentes de delitos más violentos y agresivos en la adolescencia tenían un nivel de testosterona en sangre más alto que los presos sin dicho historial.

Otra relación interesante es la encontrada entre la testosterona en sangre y la agresividad en jugadores de hockey hielo que se estudió en jugadores universitarios. Los entrenadores de los equipos calificaron de forma independiente a cada jugador en una escala de siete ítems diseñada para evaluar una variedad de comportamientos relacionados con la agresividad. Si bien seis de los siete elementos de agresividad mostraron correlaciones positivas con la testosterona en sangre, solo un elemento, la respuesta a la amenaza, se correlacionó significativamente. De mayor importancia que los datos preliminares de este estudio es la demostración de la viabilidad de utilizar los deportes competitivos como modelo para estudiar el comportamiento agresivo.

En conclusión, los estudios en nuestra especie y en animales sugieren una asociación entre la testosterona en sangre y la agresión. Sin embargo, la interpretación de estos hallazgos es difícil por varias razones. Primero, los hallazgos en animales pueden ser de poca relevancia para el estudio de la agresión en humanos. Además, se utilizan tests de auto evaluación para detectar la agresividad y quizá son una medida tosca y no discriminan adecuadamente entre el sentimiento de agresividad, la creencia del sujeto de que es agresivo y la conducta real agresiva. Además, estamos comenzando a comprender cómo ciertos factores y, entre ellos, el estrés, la edad, la hora del día, influyen en el nivel de testosterona en sangre. Y se desconoce en qué medida estos factores también interactúan con variables complejas como son el comportamiento sexual y agresivo. Finalmente y es muy importante, los estudios que indican una correlación entre la testosterona en sangre y la agresión no prueban una relación de causa y efecto. Sin embargo, el aumento de testosterona reduce las respuestas al miedo y, también, la sensibilidad al estrés en el cerebro, y altera la capacidad de evitar las amenazas pues reduce el miedo a las consecuencias. Incluso la testosterona, cuando alcanza determinados niveles de concentración, hasta puede provocar placer en el hombre y, por tanto, dificulta el control. Parte del cerebro disfruta al enfadarse y, también, al detectar el enfado en la mujer.

Es evidente que desde hace un tiempo hay interés en la relación entre la testosterona en sangre y el comportamiento sexual y agresivo pero, sin embargo, hay relativamente pocos estudios centrados en los andrógenos plasmáticos en los delincuentes sexuales. Por ejemplo, en 1975 se publicó un estudio sobre el estado endocrino de veinticuatro agresores sexuales masculinos, incluidos dieciséis pedófilos, siete violadores y un exhibicionista. Tres de los delincuentes tenían niveles de testosterona por encima del rango normal y los otros estaban dentro de los límites normales.

El grupo de Richard Rada publicó en la década de los setenta varios estudios sobre los niveles de testosterona en agresores sexuales violentos y no violentos. Midieron la hormona testosterona en sangre en cincuenta y dos violadores y doce abusadores de niños. Los violadores fueron clasificados según el grado de violencia al cometer la violación. Los rangos y las medias del nivel de testosterona en sangre de los violadores y abusadores de niños estaban dentro de los límites normales. El grupo de violadores que se consideró más violento tenía un nivel medio de testosterona más alto que el normal y que los abusadores de niños y otros violadores del estudio. No hubo correlación entre la edad, la raza o la duración del encarcelamiento y el nivel de testosterona en plasma. El nivel más alto de testosterona se encontró en el único agresor que asesinó a la víctima durante la violación. En conclusión, los violadores y los abusadores violentos de niños tenían un nivel de testosterona en sangre más alto que los abusadores de niños no violentos.

Además de la testosterona, otras hormonas y neurotransmisores participan en lo que Louann Brizendine, de la Universidad de California en San Francisco, denomina como ira autocatalítica o que se retroalimenta, típica de los hombres a los que les cuesta parar una vez que se enfadan. O de la neuromodulación múltiple que ha presentado Jesús Martínez. Esta ira se alimenta, además de con la testosterona, con la vasopresina y el cortisol. En realidad, la ira con la pareja no altera al hombre pues considera que no supone ningún peligro para nadie.

Los datos anteriores sobre agresiones sexuales y hormonas en sangre llevan a buscar tratamientos adecuados. W.L. Marshall y sus colegas, de la Universidad de la Reina de Ontario, en Canadá, han revisado los métodos utilizados para evaluar el tratamiento de los delincuentes sexuales y luego marcan los criterios que evaluarán la eficacia de los tratamientos, en particular la reincidencia o la comisión de nuevos delitos sexuales después de los tratamientos. Plantean varias modalidades de tratamiento para los delincuentes sexuales. Las principales categorías de tratamiento son los tratamientos físicos como psicocirugía, castración y tratamientos farmacológicos. En conclusión, parece que la evidencia empírica no es suficientemente confiable para establecer la efectividad del tratamiento con delincuentes sexuales. Parece que los programas, sin embargo, funcionan mejor con abusadores de niños y exhibicionistas que con violadores.

Cuando tratan de agresión sexual y hormonas, Marshall y sus colegas mencionan la castración física, muy empleada en Europa. Desde la década de los cincuenta a los setenta del siglo pasado, 102 hombres fueron castrados en Noruega, 121 en Suiza, 900 en Dinamarca y 932 en Alemania. Entre los castrados solo reinciden desde el 0% al 7.4%. Sin embargo, faltan muchos datos ciertos para confirmar la eficacia de este método. Los tratamientos farmacológicos antihormonas parecen funcionar mejor para reducir la actividad sexual a niveles controlables.

Sobre la castración química se celebró un debate en el Parlamento de Alemania en los años sesenta, con la asistencia y asesoramiento de expertos. Como cuenta José Ramón Alonso, de la Universidad de Salamanca, fue Ursula Laschet la que comentó que la tercera parte de los participantes en los ensayos habían acudido voluntariamente por presentar problemas de hipersexualidad. Y para Werner Krause, de la Universidad de Hamburgo, hay adictos al sexo que no cometen agresiones sexuales y, sin embargo, hay otros que llegan a la violación, y más que un problema sexual la causa es el mal control de impulsos e inhibiciones.

Referencias:

Alonso, J.R. 2022. El cerebro enamorado. Los mecanismos neuronales del amor. Ed. Planeta. Barcelona. 223 pp.

Brizendine, L. 2013. El cerebro masculino. Las claves científicas de cómo piensan los hombres y los niños. RBA Libros. Barcelona. 299 pp.

Epstein, R.H. 2021. El poder de las hormonas. Historias asombrosas de las sustancias que lo controlan prácticamente todo. Ed. Planeta. Barcelona. 334 pp.

Jewkes, R.U. 2002. Intimate partner violence. Lancet 359: 1423-1429.

Marshall, W.L. et al. 1991. Treatment outcome with sex offenders. Clinical Psychology Review 11: 465-485.

Martínez, J.M. 2006. Bioquímica de la agresión. Psicopatología Clínica, Legal y Forense 6: 43-66.

Rada, R.T. 1980. Plasma androgens and the sex offender. Bulletin of the American Academy of Psychiatry and Law 8: 456-484.

Vincent, J.-D. 1988. Biología de las pasiones. Anagrama. Barcelona. 335 pp.

Vincent, L. 2022. Neurobiología del amor. Los secretos del enamoramiento y la bioquímica del deseo. Ed. Gedisa. Barcelona. 223 pp.

Para saber más:

Testosterona
Testosterona y paternidad
Los asesinos

Sobre el autor: Eduardo Angulo es doctor en biología, profesor de biología celular de la UPV/EHU retirado y divulgador científico. Ha publicado varios libros y es autor de La biología estupenda.

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