La unidad de selección en la evolución y el origen del altruismo (6): La crítica de Godfrey-Smith a la selección centrada en el gen

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En su última obra publicada hasta la fecha, el filósofo Peter Godfrey-Smith (2014) ha tratado con cierto detalle el problema de la unidad de selección. En relación con la teoría de la selección en el nivel de gen, objeta al planteamiento de Williams y de Dawkins que aunque es cierto que un proceso evolutivo se puede “rastrear” observando lo que ocurre con las frecuencias de unos y otros genes, no es posible disponer de una explicación completa de lo que está ocurriendo si se permanece en el nivel del gen. Las variaciones en las frecuencias génicas son normalmente el resultado de las vidas y las muertes de organismos completos, y se ven en ocasiones afectadas por la competencia entre las unidades mayores, tales como familias y tribus. La mayor parte del tiempo son las entidades más grandes lo que “ve” la selección, no los genes.

Las frecuencias de unos y otros alelos pueden experimentar aumentos o disminuciones en la población. Pero, salvo algunos casos excepcionales, no suele ser fácil atribuir esas variaciones a alguna causa en concreto. La razón es que normalmente un gen no tiene un rol causal lo suficientemente consistente como para que su dinámica en la población pueda ser explicada en términos de la aptitud (fitness) del propio gen o, si se prefiere, de la aptitud propiciada por dicho gen. Pero trabajando con modelos en los que el gen es tratado como una partícula, es posible asignar a los genes niveles concretos de fitness de un modo que permite dar cuenta de los datos de que se dispone. Además, también es posible atribuir a cada alelo no ya un valor, sino un rango de aptitud, de manera que su valor concreto dependa del contexto; esto también es susceptible de ser modelado, con la flexibilidad que ello introduce en el análisis.

Ahora bien, el problema con esos procedimientos es que esos “genes de tipo partícula” no se corresponden demasiado con lo que los sistemas genéticos realmente contienen (o realmente son). Y es que el campo de la genética no ha dejado de progresar y los últimos años han sido especialmente pródigos en novedades. Cuando se desarrollaron los modelos genéticos clásicos de evolución, allá por los años 30 y décadas siguientes del siglo pasado, se pensaba que esos genes se correspondían muy bien con unidades discretas, pues era así como se interpretaron los datos que había arrojado hasta entonces la genética mendeliana. Ronald A. Fisher (1930), el estadístico que fue pionero en la elaboración de esos modelos, pensaba que la herencia tenía que operar en una forma “particulada”, con genes estables y discretos, al objeto de que fuera posible una evolución darwiniana sostenible.

Pero los genomas, al menos en organismos como nosotros, son entidades muy organizadas, con grandes porciones del ADN implicadas en sutiles procesos de regulación de la expresión de regiones codificantes. El ADN es, a la vez, memoria y parte del sistema de control de las células. Como es copiado cada vez que se divide una célula reproductora, puede experimentar evolución por sí mismo y persistir por grandes periodos de tiempo. Los modelos clásicos de evolución se fijan en ese hecho y lo convierten en la base de una representación del cambio a largo plazo; la evolución se convierte así en el cambio en la frecuencia de alelos en un acervo genético.

Pero como se ha sugerido más arriba, las cosas no son tan sencillas. Quienes desarrollan y quienes defienden los modelos clásicos que simulan o representan el proceso mediante el que la selección natural actúa sobre “genes de tipo partícula” sostienen que esos modelos son una mera abstracción. Sin embargo, cabe preguntarse si eso es así, esto es, si se trata, efectivamente, de meras abstracciones o si, además, suponen una idealización en la forma en que son tratados los genes. Porque cuando se observan los sistemas genéticos con mucho detalle, casi podría afirmarse que el gen, hoy, ha sido “des-particulizado”.

Ocurre, sin embargo, que la biología evolutiva trabaja a una escala diferente. Quizás cuando nos fijamos en el cambio que ocurre durante un largo periodo de tiempo en una especie completa, ponemos el foco en los genes, y la evolución parece consistir en un cambio en la frecuencia de alelos. Esa es una perspectiva posible, pero hay otra. Se trata de la que contempla los sistemas genéticos de una forma muy diferente de la del modelo de “genes de tipo partículas” en permanente competición. El tratar los genes como si se tratase de partículas discretas debería verse como una simplificación deliberada. Porque los genomas son objetos más organizados, con elementos que cumplen diferentes roles funcionales y entre los que se establecen múltiples interacciones. La división del genoma en genes tal y como fue conceptualizada en los modelos antiguos es una división muy artificial. Y la forma en que funcionan los genomas no puede ser reducida al esquema de las partículas que se replican cada cierto tiempo. Por esa razón resulta muy comprometido aceptar que los genes individuales son las unidades de selección o, mejor dicho, las únicas unidades de selección.

Referencias

Ronald A Fisher (1930): The Genetical Theory of Natural Selection Clarendom Press (Oxford University Press) Oxford

Peter Godfrey-Smith (2014): Philosophy of Biology Princeton University Press, Princeton

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Esta serie está formada por los siguientes capítulos:

  1. En el comienzo fue Darwin
  2. La selección grupal de Wynne-Edwards
  3. La “doctrina” de Williams y el gen egoísta de Dawkins
  4. Los replicadores e interactores de Hull y los tres principios de Lewontin
  5. Mayr y Gould, dos evolucionistas frente al gen egoísta
  6. La crítica de Godfrey-Smith a la selección centrada en el gen
  7. La selección multinivel
  8. Selección de parentesco y altruismo recíproco
  9. Algunas propuestas unificadoras
  10. La selección de grupo
  11. La conquista social de la Tierra
  12. Dawkins y Pinker responden a Edward Wilson
  13. El turno de David Wilson
  14. El papel de la coevolución genético-cultural

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Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

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