Una buena colección de historias maravillosas

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Hace unos días Marisa Castiñeira me preguntó en tuiter si sabía por qué los peces gruñones se reproducen fuera del agua. Le di una posible razón, pero era muy especulativa. Realmente no lo sé. Unas horas antes había leído una anotación que otra amiga, Deborah García Bello, había puesto en su blog. Deborah desarrollaba con la elegancia que acostumbra una tesis que comparto: que la ciencia no proporciona verdades. Pero también decía que la ciencia no trata de los porqués de la naturaleza, sino de los cómos. Hace aproximadamente un año, otro colega de Naukas, Javier Fernández Panadero, publicó una anotación en la que también defendía la idea de que la ciencia no trata de los porqués, no los explica. Y en una brillante charla en Naukas 2015 defendió esa misma tesis. Javier sostiene que las explicaciones relativas a los porqués no conciernen a la ciencia y que se demuestran erróneas en demasiadas ocasiones, pero que los hechos son los hechos, y de lo que se trata es de establecerlos y, como mucho, aportar explicaciones relativas a cómo se producen. Me consta que Deborah y Javier no son los únicos divulgadores científicos que piensan de ese modo.

Yo, sin embargo, creo que a la ciencia sí le conciernen los porqués.

Entre quienes rechazan que la ciencia se ocupe de los porqués me parece que hay temor a aceptar que las correspondientes explicaciones nos puedan conducir a la búsqueda de propósito, y que así la ciencia se convierta en una religión o acabe siendo indistinguible de una de ellas. Creo que buena parte de ese rechazo obedece a la carga connotativa de las palabras. Y también creo que la búsqueda de porqués tiene mucho que ver con el tipo de disciplina que cultiva o ha cultivado cada cuál. A Marisa le interesaba saber por qué pone el pez gruñón los huevos fuera del agua y a mí me parece una pregunta pertinente. Y añado: ¿por qué tiene el pingüino emperador ese ciclo de vida tan raro y que le pone las cosas tan difíciles a los machos? ¿por qué hacen las ballenas un mayor esfuerzo para comer cuando hay mucho krill en el agua? ¿De verdad basta con saber cómo abre la boca la ballena? ¿Cómo filtra el grill? ¿Cómo lo digiere?

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Hace años, cuando investigábamos la fisiología de los intercambios energéticos de los bivalvos con su entorno, nos interesaba saber si los berberechos –o, para el caso, cualquier otra especie del grupo- adoptaban un comportamiento acorde a la teoría de la alimentación óptima (Optimal Foraging Theory). Nos interesaba saber si los berberechos -y por extensión quizás todos los bivalvos suspensívoros- ajustan su tasa de filtración en respuesta a cambios en la calidad del alimento disponible y si esa respuesta era compatible con las predicciones de la citada teoría. Queríamos saber si aumentaba el bombeo de agua al elevarse la calidad alimenticia de las partículas –fitoplancton, restos de plantas vasculares, sedimento- en suspensión. Había dos posibilidades alternativas a la anterior, una era que no variase en absoluto, o sea, que los bivalvos estén siempre bombeando el mismo volumen de agua por unidad de tiempo. Y la otra era que la hiciesen variar, pero de forma compensatoria, esto es, de manera que intensificasen la actividad alimenticia conforme la calidad del alimento disminuía. Por lo tanto, nos interesaban tres cuestiones diferentes, pero interrelacionadas: ¿Cambia la tasa de bombeo de los bivalvos al variar la calidad del alimento? ¿Por qué cambia? ¿Cómo cambia? El tema nos interesaba porque si éramos capaces de desentrañar aquella cuestión, alcanzaríamos una mejor comprensión del modo en que opera la selección natural en relación con aspectos de la biología de los animales que van más allá de lo anatómico. Esto es, si en especies tan alejadas de la nuestra la selección natural ha dado lugar a comportamientos alimenticios ventajosos desde el punto de vista energético y en qué sentido. Los berberechos eran nuestro modelo experimental. Parte de aquel trabajo está referenciado aquí.

La teoría de la alimentación óptima se refiere a porqués. Va más allá de los aspectos puramente mecánicos. Se formuló y desarrolló con el propósito de hacer predicciones partiendo de consideraciones relativas a cómo funcionan los sistemas alimenticios y digestivos, pero asumiendo que en el curso de la evolución se han seleccionado las respuestas a las variaciones en las condiciones ambientales que tienen un mayor valor adaptativo. Y ese mismo esquema no sólo vale para la alimentación, también vale para cualquier otra función fisiológica. Porque en última instancia, la fisiología no sólo se ocupa de los qués y los cómos, también se ocupa del aspecto funcional: de los porqués.

¿Por qué se travisten algunos machos de Thamnophis sirtalis? ¿Por qué unas especies son endotermas y otras ectotermas? ¿Por qué unas regulan su concentración osmótica interna y otras son conformes a la exterior? ¿Reporta alguna ventaja la osmorregulación? ¿Tienen valor adaptativo? ¿Por qué se ha seleccionado una respuesta y no otra? ¿Es el producto de constricciones funcionales? Todas estas cuestiones son ciencia. Podemos estar equivocados, sí. Es perfectamente posible que la explicación que elaboramos hoy mañana la tengamos que cambiar. ¿Y qué? ¿Cuál es el problema? La formulación del porqué forma parte esencial del desarrollo de muchas teorías. La teoría de Peter Wheeler acerca del origen de la bipedestación humana, por ejemplo, incluye una explicación acerca de la importancia de las necesidades de termorregulación en la sabana africana. Y la teoría de Nina Jablonski acerca de la ausencia de pelaje en nuestra especie también incluye una explicación acerca de esa misma necesidad. Ambas teorías se interesan por los porqués. Eso es ciencia.

En ciencia no hacemos observaciones o experimentos sin una teoría detrás. La pretensión de Francis Bacon se demostró hace siglos absurda. Todas las observaciones están contaminadas por la teoría; no sólo es inevitable, tampoco hay por qué evitarlo. Y las teorías contienen en numerosas ocasiones explicaciones relativas a los porqués. La clave no radica en aproximarse a la observación, al experimento, enfundados en un traje aislante que evite la contaminación, que nos libre de teoría, de explicaciones, o de porqués. Si somos capaces de elaborar modelos que nos ayuden a que la naturaleza nos resulte inteligible, y sometemos esos modelos a contraste, estaremos haciendo ciencia. Da igual cómo lleguemos a ellos. Que puedan ser erróneos o deficientes es un aspecto menor. De hecho, gran parte de los que manejamos hoy habrán sido desechados dentro de 100 años. ¿Y qué más da?

Si tuviésemos alguna posibilidad de alcanzar verdades definitivas a partir de la indagación quizás habría que prescindir de los porqués, porque por su carácter efímero, son incompatibles con la obtención de la verdad. Y es que, aunque corramos detrás de ella, la verdad es algo que nunca alcanzaremos. Nos está vedada. Somos presa de una jaula cognitiva. Nuestra mente ha evolucionado “para” (si se me permite esta pecaminosa licencia) dejar la mayor cantidad posible de descendientes tras nosotros, no para entender de forma cabal y definitiva la realidad que nos rodea. Pero por un afortunado capricho evolutivo la mente humana está configurada de manera que se interpela a sí misma acerca de la naturaleza de las cosas, del universo en el que vive, y es por eso por lo que queremos saber, queremos entender. Sin embargo, en el mejor de los casos, en ese afán siempre estaremos, como dice David Deutsch, al comienzo de la infinitud, o sea, a una distancia infinita de alcanzar nuestro propósito. No, no podemos llegar a la verdad; no hay ninguna posibilidad de desentrañar la verdadera naturaleza del universo. Y si aceptamos eso, si aceptamos que la verdad nos está vedada, no hay ninguna razón por la que debamos prescindir de los porqués.

Por qué

Precisamente por eso, porque no podemos pretender conocer y entender el universo, lo único a lo que podemos aspirar es a contar con modelos que nos proporcionen buenas explicaciones de cómos y de porqués. Modelos que den “sentido” a lo que observamos y que, si es posible, nos permitan hacer predicciones precisas acerca del comportamiento del universo. Modelos que hagan que nos resulte inteligible la naturaleza de la que formamos parte. No podemos evitar que nuestra mente funcione buscando sentido, pero tampoco tenemos por qué evitarlo. No se trata de un “fallo” ni un “defecto”. En cierto modo, queremos elaborar buenas historias, buenas narraciones, historias que nos cuentan lo que observamos a nuestro alrededor. Que haya quien considere trascendente el sentido que le atribuimos es otro problema y no debería preocuparnos. No debemos renunciar a dar un sentido a lo que observamos, a proponer buenos porqués, a elaborar buenas historias, buenas narraciones. Es una necesidad que impregna nuestro afán de conocimiento, todo él; es una necesidad genuina, intrínseca y rabiosamente humana. Y es que la ciencia, para mí, es eso: una buena colección de narraciones, un buen ramillete de historias maravillosas.

Este post ha sido realizado por Juan Ignacio Pérez Iglesias (@Uhandrea) y es una colaboración deNaukas con la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

33 Comentarios

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JavierJavier

Primero un saludo y muchas gracias por las menciones.
Ahora al lío…
Hay gente que entiende que la ciencia responde a nuestros porqués diciendo que no hay propósito en el Universo y por lo tanto, la respuesta es que no hay respuesta.
Si los porqués que encontramos son que la evolución premia una determinada característica o comportamiento… para mí son “cómos”.
Tal característica fue favorable para un grupo de genes que se ha perpetuado. Es una descripción de lo que ocurrió no una razón.
Tampoco vale, en mi opinión, decir que las cosas caen por la ley de la gravedad, que es una mera descripción de cómo se comportan los cuerpos con masa, descrita después de verlo pasar una y otra vez.
Entiendo que desde la ciencia no puedo pedir porqués y no se los pido. Sí me ayuda a veces a desentrañar falsos porqués (y se lo agradezco). El cuerpo me pide buscar un porqué, aunque puede tratarse de un “fallo” de mi coco. En todo caso seguiré buscando, aunque en mi opinión, si la respuesta existe, está muy cerca del Amor.
Así que finalmente, un abrazo para Iñako, gracias por el post, y para la buena gente que aparece mencionada.
Es estupendo que sigamos discrepando y debatiendo, mientras encontramos y entretejemos historias maravillosas. El cariño con el que se hace, para mí, contesta a la pregunta: por qué lo hago con vosotros.

La ciencia sí trata de los porqués de la naturaleza

[…] La ciencia sí trata de los porqués de la naturaleza […]

victoriavictoria

Me ha encantado el post y el comentario de Javier. Tenéis los dos razón!
Muchas gracias

Una buena colección de historias maravil...

[…] Hace unos días Marisa Castiñeira me preguntó en tuiter si sabía por qué los peces gruñones se reproducen fuera del agua. Le di una posible razón, pero era muy especulativa. Realmente no lo sé. Unas horas antes había leído una anotación que  […]

Juan Ignacio PérezJuan Ignacio Pérez

Yo no lo veo así, Javier. Concedo que muchos porqués son cómos camuflados. Pero otros no lo son.
¿Por qué hay animales homeotermos y animales poikilotermos? Ese es un porqué genuino, salvo que tortures a las palabras hasta obligarlas a expresar lo que no querían. 😉

Javier (otro)Javier (otro)

Comparto la opinión de Javier, aunque entiendo que en muchas ocasiones por qué y cómo pueden ser sinónimos. Pero en última instancia no hay porqués.
Y en la cuestión de animales homeotermos y poikilotermos no hay por qué. Podemos preguntar cómo se han originado y cómo sobreviven cada uno, pero no podemos preguntar por qué. Simplemente son un producto de la evolución que no molesta. No hay una razón, un por qué, de su existencia. A no ser que busquemos un propósito, un diseño inteligente.

Jorge SeniorJorge Senior

Este interesante texto me parece peligroso en su enfoque metacientífico por su redacción pues puede llevar a equívocos al lector desprevenido. No resultaría extraño que un lector lo interpretara en clave posmodernista minusvalorando la objetividad y veracidad de la ciencia y su poder tecnológico y predictivo. El debate sobre “cómo vs por qué” pierde importancia si se descarta, como hace el autor, el aspecto teleológico de los “por qués”, pues esa es precisamente la parte problemática de estos. No se puede confundir la verdad con la “verdad absoluta y total” (cabal y definitiva la llama el autor). Tal confusión puede llevar al lector a pensar que el autor plantea que la ciencia no es veraz ni es objetiva. La ciencia encuentra verdades objetivas, pero parciales pues sólo refieren a un aspecto de la realidad o parcela del universo, y que no son inmodificables (generalmente los cambios surgen a partir de la captura de nueva información). Este sabor posmodernista se refuerza cuando remata con la búsqueda de sentido y el carácter narrativo de la ciencia, lo cual es una verdad a medias (o menos que media), omitiendo que la ciencia fundamenta y potencia la tecnología mucho más allá que la técnica empírica tradicional y subvalorando la importancia del poder predictivo que el artículo menciona pero no enfatiza suficientemente, lo cual deja a la ciencia como si fuese una ficción (una narración o cuento efímero de dudosa veracidad aunque maravilloso y tal). Sería mucho más ecuánime y balanceado el artículo si resaltara aquellos aspectos que le dan a la ciencia su estatuto epistemológico altamente confiable: base empírica, experimentación, predicción, tecnología, precisión, rigor lógico, principalmente. Por último, es un tanto injusto con Bacon quien no era un empirista simplón y radical, aunque tuvo que combatir el racionalismo escolástico de su época (por cierto, el que decía Hypotheses non fingo era Newton). Vale remarcar que la carga teórica no es lo mismo que carga dogmática. Trabajamos con cargas teóricas a diferentes niveles, pero las ponemos a prueba y a veces si nos toca presicindir de ellas o cambiarlas, lo hacemos. No por tener carga teórica carecemos de objetividad.

Juan Ignacio PérezJuan Ignacio Pérez

En mi concepción del modo en que opera la selección natural, no tiene sentido considerar que un rasgo se ha seleccionado “porque no molesta”. Un rasgo se selecciona como consecuencia de la existencia de presiones selectivas. Podría no haber aparecido, que lo haya hecho es fruto del azar. Pero una vez que aparece, si se extiende en la población y finalmente en la especie o el clado que sea, es PORQUE confiere alguna ventaja; tiene valor adaptativo. Ahí, salvo que torturemos al idioma, hay un porqué.

Javier (otro)Javier (otro)

No he hablado de selección natural, sino de evolución (algo más amplio que la evolución por selección natural/adaptación). Por el contrario a tu opinión, no creo que todos los caracteres que muestran los seres vivos se hayan seleccionado “hasta el final”, hasta lo que vemos hoy. Si así fuese, en un mismo nicho ecológico, habría una y solo una especie. Es más, un solo genotipo (y por ende, fenotipo). Es decir, la evolución (incluso por selección) no tiende a un óptimo, sino a varios “optimales” (por llamar de alguna manera a los resultados que ofrecen “una solución aceptable”). Tal como yo lo veo, una vez que aparece una variante genética, ésta puede “subsistir” sin ser un óptimo, sin ser seleccionada, si no existe una presión para ello. Incluso, puede fijarse por deriva genética, no por selección/adaptación. En el ejemplo homeotermo/poiquilotermos, no aparecen los homeotermos PORQUE es preciso ocupar un determinado nicho, sino que aparecen y, mira por donde, resultan más adecuados para ese nicho. No hay un porqué para que existan, es un cómo. Aunque, en muchas ocasiones, y en pro de una mejor comunicación digamos porqué. Yo mismo lo hago muchas veces. Porque en el fondo considero que este tipo de discusiones son puramente semánticas. Acepto sin ningún reparo que se pregunte por qué sucede algo, aunque en el fondo sea un cómo, una explicación ex post, no ex ante. Porque creo que así se favorece la comunicación.
Saludos

Marisa CastiñeiraMarisa Castiñeira

Gratamente sorprendida al ser mencionada en este buen artículo.
Cuando me pregunto un por qué, es buscando una explicación satisfactoria según lo que conocemos, no buscando un sentido último y a sabiendas que la respuesta puede variar con nuevos conocimientos.
Seguramente Javier y Deborah tienen razón y lo que me pregunto en realidad es un cómo? O quizá no es más que una cuestión semántica.
No estoy segura de que mis porqués tengas detrás una idea preconcebida. Pero muy de acuerdo con Ignacio en:
“Si somos capaces de elaborar modelos que nos ayuden a que la naturaleza nos resulte inteligible, y sometemos esos modelos a contraste, estaremos haciendo ciencia”
Lo que sí me ocurre es que cuanto más conozco más porqués o como? me asaltan
Y, cuánto disfruto desde hace un tiempo con estas “maravillosas historias de Ciencia”, de las que aprendo con muchos de los que aquí debaten.

ManuelManuel

Tengo en gran estima el trabajo que hace el profesor Juan Ignacio como divulgador, pero deploro en gran medida su epistemología. Después de Bunge y Sokal, que pusieron en manos del público general los temas más importantes de la epistemología, defender el irracionalismo, el relativismo y el escepticismo epistemológico es una tarea semejante a lanzarse al vacío. Y creo que el profesor Juan Ignacio defiende esta última cosa. Considero, además, que parte de una premisa verdadera para concluir algo que no se deriva de ella. Probablemente todas las observaciones estén “contaminadas” de teoría -forma, por cierto, bastante desafortunada de referirse a ello-, pero de allí no se puede concluir que la ciencia no puede acceder a la verdad (dice el profesor: “la ciencia no proporciona verdades”). Que para explicar el aprendizaje necesitemos en parte de la ley de Hebb no quiere decir que las neuronas no existan por sí mismas fuera de la teoría, y que su existencia sea una verdad. Que para calcular la masa del electrón sea necesaria una teoría del electrón no quiere decir que este no exista, y que su existencia sea una verdad (aunque aquí, a diferencia de con la neurona, me torno más dubitativo, pero es un ejemplo que se me ocurrió).

Ahora bien, si como verdad entiende el Profesor a la Verdad de las religiones, tipo “Jesús es la verdad” y otras preposiciones sin sentido, claramente la ciencia no puede acceder a eso, ni se lo plantea por carecer ello de sentido. Pero el concepto de verdad que manejan los científicos y el público general no tiene nada que ver con estos conceptos teológicos, sino que son del tipo: mi madre me pario, la Tierra es un planeta, yo no soy un bivalvo sino un bípedo implume, etc. Si, por ejemplo, cuando digo “mi abuela se murió” o “me estoy comiendo una chuleta de cordero” estoy, si en efecto estas cosas ocurrieron, diciendo la verdad, no sé cómo podemos decir que la verdad científica no es conseguible. Sokal dice algo que siempre he defendido en mis discusiones contra los escepticistas radicales, que parecen ser mayoría en el mundo no científico en el que he vivido: si podemos afirmar que las cosas que decimos diariamente son verdaderas por puro sentido común, cabría extender esto a las hipótesis científicas cuando son verdaderas, si partimos, como dice Sokal, de que la ciencia es una prolongación del sentido común.

“Existe el mundo externo, pero no puedo llegar a tener conocimiento certero sobre él”, desde luego, esta hipótesis probablemente sea irrefutable, lo que no quiere decir que la tengamos que aceptar como posible, y por lo general los científicos no lo hacen. Esa hipótesis se vuelve ridícula cuando pensamos en que, según ella, sería incontrastable con la realidad también la aseveración de que fuera de mi casa, en este momento, se encuentra el chupacabras. Esto, que se refuta atendiendo a una intuición del sentido común (y asomándome), también refuta y vuelve ridícula la pretensión de hacer incontrastables con la realidad, o escasamente verdaderas, la medición de la distancia entre la Tierra y la Luna o el hecho de que que en efecto el cometa Halley surcó el cielo cuando fue predicho siguiendo los cálculos de la mecánica newtoniana. Estas cosas son verdades y a ellas se accede a través de la ciencia. Si cuando el profesor Juan Ignacio dice que no se puede acceder a la verdad hace referencia, por ejemplo, a que la medición de la distancia entre la Luna y la Tierra es algo imprecisa, porque los instrumentos de medición son indirectos y no dan resultados absolutamente exactos, está refiriéndose a algo que es cierto y por tanto, cuando dice que la ciencia no puede acceder a la verdad porque las mediciones no son absolutamente exactas, dice, en efecto, y aunque parezca raro, la verdad. Pero que perogrullada más estridente.

Cito: “Nuestra mente ha evolucionado “para” (si se me permite esta pecaminosa licencia) dejar la mayor cantidad posible de descendientes tras nosotros, no para entender de forma cabal y definitiva la realidad que nos rodea. Pero por un afortunado capricho evolutivo la mente humana está configurada de manera que se interpela a sí misma acerca de la naturaleza de las cosas, del universo en el que vive, y es por eso por lo que queremos saber, queremos entender”. No sé cómo, por otra parte, el profesor Juan Ignacio sabe para qué ha evolucionado la mente, si la ciencia no puede acceder a ninguna verdad -quizá porque esto es una opinión suya y no una hipótesis científica, en ese caso atribuiría estatus de verdad a sus opiniones y no a las hipótesis científicas conprobadas, lo cual es, al menos, extraño (justo lo contrario de lo que haría un científico)-. Dice que la mente sirve para dejar hijos y más adelante que no para entender el mundo. ¿La psicología evolucionista ahora dice eso? ¡Y yo que hasta llegué a pensar que decía que la capacidad de entender el mundo y el universo también servía para dejar hijos! En todo caso, lo que dice el profesor que es la ciencia para él, “una buena colección de narraciones, un buen ramillete de historias maravillosas”, también lo es para mí, pero esto es tan sólo la parte menos relevante de lo que es la ciencia, porque para mí una “buena colección de narraciones maravillosas” también lo son los cuentos de Rómulo Gallegos, pero estás “narraciones maravillosas” no son precisamente científicas. Quizá acaso esa definición que da de ciencia sirva perfectamente para que algunos científicos y filósofos definan la psicología evolucionista, pero que esta rama de la ciencia, que para Bunge por ejemplo es una pseudociencia, sea tan solo “colección de narraciones” no quiere decir que todas las demás ramas también lo sean.

Por otra parte, no sé por qué todo este alegato a favor de los “porqués” culmina como empieza: en la negación de la posibilidad de conseguir verdades. Esto es como cuando los fanáticos religiosos te empiezan hablando de lo bonito del día y terminan hablándote de la munificencia de Dios, ¿pero qué tienen estas cosas que ver?

Juan Ignacio PérezJuan Ignacio Pérez

Gracias por su crítica. No la comparto pero me alegro que la formule en esos términos. Esta respuesta sólo pretende aclarar tres puntos.
1. No me tengo ni por irracionalista ni por relativista. Es más, me considero a años luz de esas posiciones.
2. Es posible que sea un mal científico, pero soy un científico. Lo soy por vocación, por formación y por profesión.
3. Al referirme a verdad, me refiero a la teoría correspondentista de la verdad (en.wikipedia.org/wiki/Correspond…ory_of_truth), no a la coherentista (en.wikipedia.org/wiki/Coherence_theory_of_truth).
Gracias de nuevo.
Salud

Juan Ignacio PérezJuan Ignacio Pérez

Me temo que mi respuesta a su comentario, Manuel, ha quedado fuera de sitio. Es la que empieza por “Gracias por su crítica.”
Salud

.Masgüel..Masgüel.

Esta entrada toca nervio filosófico desde varios ángulos. ¿Una causa es solo el antecedente en la descripción de una sucesión regular de fenómenos o, además, es lo que produce el consecuente, su condición de posibilidad?. Una causa es un por qué, una función es un por qué, un motivo es un por qué y una razón es un por qué. Afectan a sistemas naturales, biológicos, animales y humanos, por ese orden. Cada sistema y sus propiedades, como subconjunto del anterior. Los tres últimos obedecen al tipo de por qué que sirven “para qué” y configuran “extraños objetos dotados de proyecto”:

“La piedra angular del método científico es el postulado de la objetividad de la Naturaleza. Es decir, la negativa sistemática de considerar capaz de conducir a un conocimiento «verdadero» toda interpretación de los fenómenos dada en términos de causas finales, es decir de «proyecto». Se puede datar exactamente el descubrimiento de este principio. La formulación, por Galileo y Descartes, del principio de inercia, no fundaba sólo la mecánica, sino la epistemología de la ciencia moderna, aboliendo la física y la cosmología de Aristóteles. Cierto; ni la razón, ni la lógica, ni la experiencia, ni incluso la idea de su confrontación sistemática habían faltado a los predecesores de Descartes. Pero la ciencia, tal como la entendemos hoy, no podía constituirse sobre estas únicas bases. Le faltaba todavía la austera censura planteada por el postulado de objetividad. Postulado puro, por siempre indemostrable, porque evidentemente es imposible imaginar una experiencia que pudiera probar la no existencia de un proyecto, de un fin perseguido, en cualquier parte de la naturaleza.

Mas el postulado de objetividad es consustancial a la ciencia, ha guiado todo su prodigioso desarrollo desde hace tres siglos. Es imposible desembarazarse de él, aunque sólo sea provisionalmente, o en un ámbito limitado, sin salir del de la misma ciencia.

La objetividad, sin embargo, nos obliga a reconocer el carácter teleonómico de los seres vivos, a admitir que en sus estructuras y performances realizan y prosiguen un proyecto. Hay pues allí, al menos en apariencia, una contradicción epistemológica profunda.”

En mi opinión, esa contradicción se ventila negando a Monod y renunciando al postulado. Lo que nos propone es someter la ciencia a esa querencia del determinismo mecanicista por un universo inercial en el que las intenciones no juegan papel causal ni explicativo. En el fondo esto es residuo de una disputa teológica. Para negar la existencia del universo como fruto de una intención previa, se niega también el papel causal de cualquier intención sobrevenida. Es lo que dificulta, por ejemplo, la aceptación general del efecto Baldwin, porque supone admitir que las intenciones de los seres vivos imprimen dirección a los procesos evolutivos.

Además, por una parte, imaginar una verdad absoluta inalcanzable, presupone que la naturaleza tiene una estructura isomórfica a la estructura proposicional de esa teoría verdadera. Por otra, una realidad inaccesible es un postulado metafísico inútil.
youtube.com/watch?v=S7b2vCIt59I

Desde el materialismo filosófico te dirían además que tu concepcción de la ciencia es demasiado teoreticista y que la ciencia también es un conjunto de técnicas, artefactos, instituciones sociales, etc. Sin necesidad de abrazar el materialismo filosófico, no me duele en prendas admitir que eso también es “verdad”.

Gotzone BarandikaGotzone Barandika

Iñako, has planteado una de las cuestiones sobre la ciencia que, en mi opinión, tiene más enjundia: los cómos y los porqués. Citas la teoría de la alimentación óptima como ejemplo para ilustrar que, en tu opinión, a la ciencia sí le conciernen los porqués. Indicas también que entre quienes rechazan que la ciencia se ocupe de los porqués te parece que hay temor a aceptar que las correspondientes explicaciones nos puedan conducir a la búsqueda de propósito.
Yo reconozco haber pensado bastante en ello, aunque creo que no he llegado a ninguna conclusión que me satisfaga. Así que, simplemente, expondré mis reflexiones, siendo muy consciente de que están mediatizadas por mi formación y mi campo de investigación. Por ello, los ejemplos con los que pienso son de química muy básica: a nivel atómico.
Si estudiamos, por ejemplo, un compuesto tan sencillo como la sal común, podemos explicar que hay un enlace iónico entre un catión (Na+), que se ha formado porque está encantado de soltar un electrón, y un anión (Cl-), que se ha formado porque justamente está encantado de apropiarse de ese electrón. Ambos iones se quedan con una configuración electrónica de gas noble y como tiene cargas de signo opuesto se atraen. Ya está; explicado queda (y con unos cuantos “porqués” por el medio). Pero ¿qué hemos explicado? ¿el cómo o el porqué? Cuando decimos esos “porqués” estamos dando por hecho que la configuración de gas noble es la más estable. Sin embargo, el argumento de que la configuración de gas noble es la más estable es una conclusión teórica a la que llegamos cuando observamos que los gases nobles son los únicos átomos que sobreviven aislados (sin hacer enlaces), cuando observamos que, para obligarles a que capten o se desprendan de alguno de sus electrones, hay que suministrarles mucha energía. Es decir, hacemos que una de nuestras conclusiones se convierta en la finalidad asociada a la formación del cloruro sódico. Y yo me pregunto, ¿hemos dado respuesta real a un porqué? ¿o sólo lo hemos hecho a un cómo?
Cuando pasamos al enlace en compuestos biológicos, el asunto es especialmente grave. Por ejemplo, sabemos cómo se replica el ADN, pero ¿sabemos por qué? El ADN es un conjunto de átomos asociados de forma relativamente sencilla. Hay otras combinaciones semejantes de átomos que no hacen nada, que no cumplen ninguna función. Es decir, algunos átomos forman compuestos y se quedan tranquilitos (como los minerales) y otros (como las biomoléculas) “saben” lo que tienen que hacer y lo hacen. Y eso determina la diferencia de lo que llamamos “vida”.
En fin, que también creo que a la ciencia le conciernen los porqués, pero me da la sensación de que la mayoría de las veces nos los inventamos porque necesitamos darle sentido a nuestras experiencias.

Los Porqués, con mayúscula | Filosofía de la ciencia | Experientia docet

[…] se ha concretado, que sepamos, en dos textos respuesta. Uno de J.I. Pérez Iglesias titulado Una buena colección de historias maravillosas y otro de J.C. García-Bayona, Los límites de la […]

César ToméCésar Tomé

Mis comentarios (críticos) a este texto pueden encontrarse en edocet.naukas.com/2015/10/31/los…n-mayuscula/

Juan Ignacio PérezJuan Ignacio Pérez

Gracias Gotzone. Tu comentario me parece el más clarificador.
Como te decía en Facebook, creo que has identificado muy bien la principal dificultad conceptual relativa a este asunto. ¿Dónde está la frontera entre el cómo y el porqué? Y creo que esa es la razón por la que muchos científicos rechazan los porqués. En muchas ocasiones pueden transformarse fácilmente en cómos (dado que no es fácil distinguirlos y además en otras ocasiones son cómos clarísimos) y se evitan de esa forma “líos epistemológicos”. Pero no siempre los porqués son cómos. Hay ahí un elemento fundamental de discrepancia con otras opiniones que se han vertido más arriba.
En el artículo digo que la percepción de todo esto cambia dependiendo de la disciplina en la que se trabaja. En tu campo o en física de partículas, por ejemplo, es difícil encontrar porqués genuinos, no confundibles con cómos. Pero en el mío es muy fácil: doy varios ejemplos en el artículo. Y luego hay algo muy importante, eso de que necesitamos dar sentido. En efecto. Pero es que a mí no me parece que eso sea un problema. Creo que en el artículo explico por qué: si aceptas que tu historia no tiene por qué ser “verdad”, no hay ninguna razón para que a esa “no verdad” no le des forma de historia con sentido. Creo que en el fondo, todo se reduce a eso.
Milesker, berriro.

Gotzone BarandikaGotzone Barandika

Eskerrak, zeuri.

.Masgüel..Masgüel.

“si aceptas que tu historia no tiene por qué ser “verdad”, no hay ninguna razón para que a esa “no verdad” no le des forma de historia con sentido. Creo que en el fondo, todo se reduce a eso.”

Solo se reduciría a eso si al mismo tiempo niegas la existencia de una teoría Verdadera inalcanzable. De lo contrario, se trata de una confusión entre los planos ontológico y epistemológico. El principio de objetividad es el germen del programa reduccionista que propone entender las funciones, motivos o razones de los seres vivos como heurísticos de la comunidad científica, atajos para fenómenos que una descripción rigurosa trataría como autómatas mecánicos. En otras palabras, se niega la emergencia de sistemas naturales agentes y el poder causal de sus intenciones.

Juan Ignacio PérezJuan Ignacio Pérez

Le agradezco sus comentarios, Masgüel, pero desgraciadamente, no los entiendo. Creo que jugamos en ligas diferentes. La mía es amateur.
Salud

.Masgüel..Masgüel.

Lo lamento. Yo tampoco me gano la vida con esto. Será que no me explico bien.

InmaculadaInmaculada

Mi aportación a este debate desde el área que trabajo, es necesario responder tanto a los procesos, qué está pasando?, llamémoslo análisis de necesidases.
En este campo de todos es sabido que los instrumentos de recogida de información son cualitativos, entrevistas, cuestionarios, informantes expertos, etc, por lo que una descripción del mismo hecho puede ser totalmente distinta según lo que pensamos de ese hecho y la intervención deseable conforme a la sociedad en la que queremos vivimos.
Aquí tenemos nuestro marco jurídico, y el por qué de los programas o planes de intervención.
Ha sido un disfrute leer este artículo, las cuesiones que planteas son un acicate para plantearnos y reflexionar sobre asuntos que pensamos “de esto ya se ocuparán otros”, de nuevo gracias.

.Masgüel..Masgüel.

A riesgo de que tampoco se me entienda, añadiré que en su réplica a los “diseñoides” de Dawkins, Daniel Dennett afirmaba que la ausencia de diseñador no implica la ausencia de un por qué y un para qué las partes de la célula o del organismo. Al encontrar mediante prueba y error fenotipos y conductas que satisfacen mejor las necesidades e intenciones de los organismos, la evolución funciona como un proceso de ingeniería inversa (los algoritmos evolutivos siguen la misma estrategia). Y el proceso no es ciego a la distinta capacidad de cada especie a la hora de decidir, aprender de la experiencia o innovar.

ManuelManuel

Profesor Juan Ignacio, no dije que era irracionalista ni relativista, sino escepticista epistemológico. En el texto digo, “creo que el profesor defiende esta última cosa”, pero lo digo después de otra frase y esto puede ser el origen de la confusión, que en todo caso se deriva de un error mío.

No creo que no sea científico, ni que sea un mal científico. Sólo conozco su faceta de divulgador y de director de la Cátedra. Sinceramente si de mi texto se concluye algo por el estilo, mis disculpas, se trataría, en todo caso, de un error en la argumentación. Yo mismo no soy científico, quizá porque todavía soy muy joven para serlo, aunque es más probable que nunca lo vaya a ser plenamente (por el objeto mismo de la carrera que estudio, aunque no lo descarto porque ella da para eso)

Leeré con detenimiento las direcciones que me envía.

A Masgüel sinceramente tampoco lo entiendo. Lo leeré con más calma.

.Masgüel..Masgüel.

Andreas Wagner también entiende la evolución como ingeniería inversa y termina defendiendo un platonismo biológico:
youtube.com/watch?v=aD4HUGVN6Ko

Juan Ignacio PérezJuan Ignacio Pérez

Javier (otro):

“No he hablado de selección natural, sino de evolución (algo más amplio que la evolución por selección natural/adaptación).”
Soy yo el que habla de selección. Porque quiero utilizar la selección natural en mi argumento.

“Por el contrario a tu opinión, no creo que todos los caracteres que muestran los seres vivos se hayan seleccionado “hasta el final”, hasta lo que vemos hoy.”
No tengo ninguna dificultad para aceptar eso, aunque no lo entiendo así en fenómenos como la homeotermia, por ejemplo.

“En el ejemplo homeotermo/poiquilotermos, no aparecen los homeotermos PORQUE es preciso ocupar un determinado nicho, sino que aparecen y, mira por donde, resultan más adecuados para ese nicho.”
No he dicho que aparezcan PORQUE sea preciso ocupar un nicho, ni mucho menos. De hecho, aparecen PORQUE se producen la/las mutación/mutaciones que lo provocan. Y se seleccionan PORQUE esas variantes son ventajosas; si no lo fueran, lo lógico sería que todos los grupos fueran poikilotermos. Dudo mucho que la deriva genética pueda explicar la fijación de ese rasgo. Y si lo hiciera, lo fijaría PORQUE se ha producido un caso de deriva genética.

“No hay un porqué para que existan, es un cómo. Aunque, en muchas ocasiones, y en pro de una mejor comunicación digamos porqué. Yo mismo lo hago muchas veces. Porque en el fondo considero que este tipo de discusiones son puramente semánticas.”
En efecto. Utilizamos POR QUÉ en pro de una mejor comunicación. Para eso están las palabras, para utilizarlas cuando necesitamos expresar conceptos que de otra forma resultarían confusos. De lo contrario la lengua habría prescindido de tal palabra. Nunca he entendido en qué consisten las discusiones semánticas.

Javier (otro)Javier (otro)

Pues para no entender en qué consisten las discusiones semánticas te manejas con maestría en ellas, diría yo ;-p

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Txema M.Txema M.

No sé si en todas las lenguas será igual. Ni lo he pensado. En castellano la pregunta ¿por qué? puede sustituirse por otras. No todas tienen el mismo sentido.

¿Por qué vamos tan pronto? = ¿Para qué vamos tan pronto? Son expresiones casi equivalentes.

¿Por qué sale el agua sucia? = ¿Qué causa que el agua salga sucia? = ¿Qué razón hay para que el agua salga sucia?

Unos porqués entran, en mi opinión, en el terreno científico y otros no. Estudiar las causas de los hechos pertenece al campo de la ciencia.

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