Un cómic de hace dos mil años a todo color

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Si hiciésemos una lista de las esculturas más famosas de la historia bien seguro que en ella figurarían La Venus de Milo o La Victoria de Samotracia. Si al oír estos nombres os ha venido alguna de esas célebres obras a la cabeza seguro que la imagen que habéis formado carece de color. Y no es para menos, ya que el material que vemos en todas esas estatuas es el blanquecino mármol. Los cánones de belleza heredados del renacimiento nos hacen pensar que las esculturas del periodo clásico eran del níveo color que les otorgaba el preciado material del que estaban elaboradas, pero nada más lejos de la realidad. Hoy en día se cree que la mayoría de las esculturas del periodo clásico, tanto las de bulto redondo (estatuas, para que nos entendamos) como los relieves, eran policromados, es decir, estaban cubiertos de pintura. Y, ¿por qué no iban a estarlo? ¿No es lógico pensar que si la misión de las esculturas era reflejar la realidad, éstas deberían reflejar no sólo la forma sino también el color?

Al parecer, la policromía de las estatuas fue desapareciendo por diferentes factores como la degradación química o la erosión. Así, las obras tan admiradas por los artistas del Renacimiento no reflejaban su aspecto original, lo que no impidió que fuesen fuente de inspiración para nuevas esculturas que, ahora sí, dejaban a la luz el color natural de la piedra. Este modo de trabajar continuó en el neoclasicismo y se ha mantenido hasta nuestros días, de modo que nos es impensable concebir una escultura de mármol pintada (Imagen 1).

Imagen 1. Augusto de Prima Porta, anónimo del siglo I d.C.; David, Miguel Ángel (1504) y Jasón, Bertel Thorvaldsen (1801). La primera obra todavía conserva rastros de policromía que han permitido una hipotética reconstrucción en color. En el Renacimiento y en el Neoclasicismo, por el contrario, no se empleó color en este tipo de esculturas. Fuente: Wikimedia Commons

Imagen 1. Augusto de Prima Porta, anónimo del siglo I d.C.; David, Miguel Ángel (1504) y Jasón, Bertel Thorvaldsen (1801). La primera obra todavía conserva rastros de policromía que han permitido una hipotética reconstrucción en color. En el Renacimiento y en el Neoclasicismo, por el contrario, no se empleó color en este tipo de esculturas. Fuente: Wikimedia Commons

Sin embargo, los estudios científicos de los que más adelante hablaré, dejan en evidencia que muchas de las obras de la Antigüedad clásica lucían una gran variedad de colores. Gracias a dichos estudios se ha podido especular sobre el color de la pintura y se han realizado recreaciones de algunas obras que luego se han expuesto al público. Bien es cierto que estas recreaciones han despertado cierta polémica, ya que están elaboradas con vivos colores sin que las evidencias científicas sean del todo concluyentes. Os dejo la recreación del sarcófago de Alejandro (Imagen 2) para que veáis un ejemplo. A título personal me parece difícil imaginar que civilizaciones que elaboraron maravillas como Laocoonte y sus hijos usasen unos colores dignos de estudiantes de primaría. Pero, ¿quién sabe?, los cánones estéticos cambian, aunque a veces sea por actos involuntarios como en el caso que nos ocupa. Quizás, si la policromía de las esculturas de mármol se hubiese conservado, ahora El David sería un coloso de rubia cabellera.

Imagen 2. Recreación en color del sarcófago de Alejandro (s. IV a.c.) en el Museo Arqueológico de Estambul. Fuente: Wikimedia Commons

Imagen 2. Recreación en color del sarcófago de Alejandro (s. IV a.c.) en el Museo Arqueológico de Estambul. Fuente: Wikimedia Commons

La columna de Trajano

Como os podéis imaginar, el número de monumentos en los que se ha estudiado la policromía es muy amplio y no es mi intención abarcarlos todos en este post. Solo os voy a hablar de una de las más peculiares construcciones del Imperio Romano: la columna de Trajano. He elegido este singular monumento principalmente por un motivo: un genial y divertido video en el que un grupo de National Geographic, entre cuyos miembros se encuentra el artista gráfico Fernando Baptista, nos propone un viaje en el tiempo a la época en la que se estaba construyendo la columna. Os recomiendo encarecidamente que le dediquéis cinco minutos de vuestra vida y os transportéis con el protagonista al año 113 en pleno Foro Romano.

Defino la columna trajana como construcción peculiar porque es sin duda un monumento poco corriente. Sus 18 bloques de mármol de Carrara se apilan para alcanzar los 30 metros (100 pies romanos), que se convierten en casi 40 si tenemos en cuenta también el pedestal. La columna está decorada con bajorrelieves que ascienden en forma helicoidal formando una tira de 200 metros en los que se narra la conquista de la Dacia (en la actual Rumania) por parte del ejército romano liderado por Trajano. El relieve comienza con el cruce del Danubio y termina con la toma de la capital Sarmizegetusa, en lo que puede ser considerado uno de los primeros cómics de la humanidad. Aquí podéis explorar una por una cada “viñeta” en una espectacular recreación. El emperador Trajano figura un total de 59 veces en las diferentes escenas, demostrando que es el protagonista absoluto de la historia. Y no es para menos, ya que, bajo sus órdenes, Roma conquistó Dacia tras dos exitosas campañas militares que permitieron llenar las famélicas arcas imperiales con, se estima, 165.000 kilos de oro y 330.000 kilos de plata. Según cuentan, tan increíble botín había sido enterrado por el rey dacio bajo el lecho de un río cuyo curso habían previamente desviado momentáneamente. Con la fortuna amasada se construyeron termas, se mejoró el puerto de Ostia y la vía Apia, se organizó un fastuoso desfile triunfal y, por supuesto, se construyó el foro de Trajano, en el que se aloja el monumento del que nos estamos ocupando (Imagen 3). La columna, diseñada por Apolodoro de Damasco, fue, por lo tanto, un elemento conmemorativo, aunque también sirvió como mausoleo del emperador. En el plinto de la columna se colocó una urna de oro con las cenizas del héroe, algo inaudito si tenemos en cuenta la prohibición de sepultar cuerpos dentro de las murallas de la ciudad. Además, se remató la columna con una estatua de bronce de Trajano a la que se podía acceder mediante una escalera de caracol que transcurre por el interior del monumento. Por supuesto que no esperéis encontrar dicha estatua hoy en día ya que Sixto V ordenó reemplazarla en el siglo XVI por una de San Pedro, mucho más adecuada para la moral cristiana.

Imagen 3. La columna de Trajano en el foro romano. Fuente: Wikimedia Commons

Imagen 3. La columna de Trajano en el foro romano. Fuente: Wikimedia Commons

Después de esta, espero no muy aburrida, digresión histórica, volvamos a centrarnos en el tema que nos ocupa. Imaginemos por un segundo que, como en el video que os he mostrado, uno de nuestros coetáneos pudiese observar el momento en el que la columna está en construcción. No hay duda de que quedaría maravillado ante la avanzada tecnología romana, pero seguro que una de las cosas que más le sorprendería sería observar la colorida decoración del monumento. Y es que, pese a que hoy en día quien visite el foro romano no podrá observar esos colores, los avances científicos han permitido demostrar que en algún momento de la historia los relieves que decoran la columna trajana estuvieron pintados.

Análisis químicos para descubrir pigmentos

Ya en los años 30 del siglo XIX hubo quien encontró restos de coloración roja, amarilla e incluso azul en la columna y se atrevió a decir que ésta había estado pintada. Pese a que muchos años después se comprobase esta hipótesis, en el momento fue rechazada. Y con toda la razón. Me explico: aquellas trazas de pigmentos que se habían encontrado eran una pátina natural formada por reacciones químicas o interacciones entre el material y agentes externos. Por ejemplo, como hoy es bien sabido, la aparición de capas amarillentas era debida a la colonización de líquenes. La propia descripción de los tempranos “descubridores” de la pintura deja en evidencia que se trataba de una pátina natural como se ha comprobado en otros monumentos de la época. Por otra parte, los colores verdes y azules pueden tener origen inorgánico. Recordad que la columna estaba rematada por una estatua. Ésta era de bronce y, por lo tanto, contenía cobre que con el paso de los años fue degradándose debido a los factores externos. Así, el agua pudo haber arrastrado restos de pigmentos verduzcos como el cardenillo (acetato de cobre), que, quien más y quien menos, ha observado en alguna estatua o tubería.

De este modo, durante años la posibilidad de que la columna tuviese policromía fue descartada y no fue hasta la restauración realizada en los años ochenta cuando se pudieron obtener evidencias científicas. Sobre dos pequeños trozos de mármol que contenían trazas de pintura roja y amarilla se realizaron análisis con un microscopio electrónico de barrido acoplado a un espectrómetro de dispersión de energía de rayos X. No nos asustemos, es más sencillo de lo que el interminable nombre indica. A estas alturas ya sabemos que un átomo está formado por un núcleo con carga positiva y unos electrones con carga negativa. Aprovechemos que ningún químico nos oye para simplificar el sistema empleando un modelo planetario donde el sol sería el núcleo y los electrones los planetas. Pues bien, lo que se hace con esta técnica es arrojar un haz de electrones de energía variable sobre la muestra que se está analizando. Estos electrones pueden chocar contra otros que estén en una órbita cercana al núcleo/sol (por ejemplo con Mercurio) y expulsarlos del “sistema solar”. Cuando esto sucede queda una vacante cerca del núcleo que los planetas/electrones externos querrán ocupar (así el átomo volverá a un estado de menor energía, en el que es más estable). Al hacerlo se libera energía (en forma de rayos X) que podemos medir con exactitud usando el equipamiento adecuado (Imagen 4). Resulta que esta energía, además de depender del orbital del que se ha expulsado el electrón y del orbital del que proviene el que lo reemplaza, depende del número de protones que tenga el núcleo. Como cada elemento de la tabla periódica tiene un número diferente de protones, la energía expulsada será característica para cada elemento químico. Es decir, si se analizase una muestra que contiene magnesio se medirían unos rayos X con una energía que sería diferente si la muestra tuviese, por ejemplo, hierro. Como la energía que liberan en estos procesos los diferentes elementos químicos está perfectamente estudiada y cuantificada, con un simple análisis podremos determinar que elementos están presentes en la muestra objeto de estudio.

Imagen 4. Representación gráfica de los principios en los que se basa la espectroscopia de dispersión de energías de rayos X. Un electrón de una orbitas cercana al núcleo (azul) es expulsado y a continuación otro electrón de una capa superior (rojo) toma su lugar. Debido a la diferencia de energías entre orbitales se libera una energía característica para cada elemento. Fuente: Wikimedia Commons

Imagen 4. Representación gráfica de los principios en los que se basa la espectroscopia de dispersión de energías de rayos X. Un electrón de una orbitas cercana al núcleo (azul) es expulsado y a continuación otro electrón de una capa superior (rojo) toma su lugar. Debido a la diferencia de energías entre orbitales se libera una energía característica para cada elemento. Fuente: Wikimedia Commons

Gracias a esta técnica se determinó que la muestra con pintura rojiza encontrada en la columna de Trajano era muy rica en plomo y que también contenía silicio, aluminio y hierro. Y, ¿qué pigmento rojo contiene plomo? Un óxido mixto de plomo, el Pb3O4, que posiblemente no reconozcáis por su fórmula química pero si por su nombre vulgar: el minio. Esta pintura, que debe su nombre al río gallego, ha sido usada tradicionalmente como protección para evitar la oxidación de metales y su uso en el periodo romano está documentado. Aunque hay que decir que el mismo nombre se empleaba en ocasiones para otro pigmento rojo que hoy conocemos como cinabrio (HgS) lo que puede dar lugar a confusión. La presencia de hierro en la muestra indica que la pintura roja podría tener otro componente, el óxido férrico (Fe2O3), responsable por ejemplo de los espectaculares paisajes naturales de Roussillon. En cuanto a la pintura amarilla, los estudios de dispersión de rayos X mostraron una composición química similar a la roja pero con la presencia de manganeso, lo que apunta a que el pigmento podía contener este compuesto químico y algún mineral de arcilla como la caolinita. Estos estudios fueron corroborados mediante difracción de rayos X de la que, como ya hemos tenido suficientes técnicas para una sola entrega, sólo os diré que permite estudiar la estructura cristalina de los minerales, complementando así el análisis de la composición química que nos ofrecía la técnica anterior.

¿Estaba resuelto entonces el misterio de la pintura en la columna? ¿Podía argüir alguien que esos compuestos eran otra pátina natural? Lo cierto es que no toda la comunidad científica está de acuerdo en que la columna estuviese pintada, pero los investigadores que realizaron el estudio afirman que no es posible que estos pigmentos se formasen por interacciones entre la columna y la atmósfera. Por si fuese poco lograron una evidencia más: en el análisis de la pintura encontraron rastros de calcita y otros minerales que apuntaban a que a la columna se le había dado un enlucido con algún mortero para facilitar el proceso de pintado.

Recuperando el color de la columna

Ya he dicho antes que se han realizado numerosas reproducciones de esculturas clásicas a color y la columna de Trajano no podía ser menos. Siguiendo con el proyecto de National Geographic que mencionaba al principio, en la Imagen 5 se pueden observar los hipotéticos colores que luciría el monumento.

Imagen 5. Reproducción a color de una de las escenas que adornan la columna de Trajano. Fuente: National Geographic

Imagen 5. Reproducción a color de una de las escenas que adornan la columna de Trajano. Fuente: National Geographic

Pero no es ésta la primera vez que alguien propone una columna trajana a todo color. Ya en el siglo XVII Pietro Santi Bartoli había realizado unos grabados a color inspirados en el monumento. En un más cercano 1972 el arqueólogo e historiador del arte Ranuccio Bianchi Bandinelli, con la ayuda de un artista y trabajando sobre una reproducción a tamaño natural de la escena XXXII, presentaba en un programa de televisión el proceso de pintado. Su propuesta era más bien intuitiva y uno de los hechos en los que se basaba era que si los guerreros portaban armas de bronce que daban un toque de color a la composición, lo lógico sería que el total del monumento estuviese policromado. Ahora bien, según él, esta policromía era más ornamental que naturalista. Por si os interesa hacer vuestra propia labor arqueológica y ver la emisión de la RAI os dejo el video a continuación.

Para terminar decir que existe, o al menos existía, un proyecto mucho más original para devolverle el color a la columna. En lugar de pintar sobre reproducciones se pretendía proyectar, durante ciertas horas nocturnas, haces de luz sobre el propio monumento que le devolviesen su colorido original. Desgraciadamente he perdido la pista sobre ese proyecto propuesto en 2008 y desconozco si se llegó a realizar. En la búsqueda por hallar algo más de información, las únicas noticias que he encontrado sobre el líder del proyecto lo relacionan con arrestos por fraude fiscal; así que imagino que la idea habrá quedado en punto muerto.

Para saber más:

Almudena M. Castro (2015) La belleza clásica que nunca fue. Cuaderno de Cultura Científica

Steven Curry (2015) A War Diary Soars Over RomeNational Geographic

Del Monte et al. (2007) Traces of ancient colours on Trajan’s columna Archaeometry, 40 (2) 403-412 DOI: 10.1111/j.1475-4754.1998.tb00846.x

Sobre el autor: Oskar González es profesor en la facultad de Ciencia y Tecnología y en la facultad de Bellas Artes de la UPV/EHU.

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