El secreto del subsuelo de la Ciudad de México

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El secreto del subsuelo de la Ciudad de México

Cuando pensamos en Ciudad de México nos viene a la mente la imagen de una gran urbe atravesada por amplias avenidas, edificios enormes y monumentos históricos que han soportado el devenir del tiempo. La típica estampa de la capital de cualquier país. Pero bajo los pies de los millones de personas que pasean cada día por sus calles, se esconde una historia geológica que es responsable de uno de los principales problemas que enfrenta esta ciudad: su hundimiento progresivo.

Vista aérea de la Ciudad de México. Foto: Gabriel Tovar / Unsplash

Para entenderlo todo en su conjunto, hay que remontarse a hace casi 60 millones de años. Comenzó entonces un intenso vulcanismo en toda esta zona que, tras millones de años de sucesivas erupciones volcánicas que expulsaron toneladas de lava y cenizas a la superficie, generaron cientos de edificios volcánicos que se dispusieron en una morfología similar a un anillo cerrado.

Ciudad de México
Mapa geológico simplificado de la Ciudad de México. Imagen modificada de un original del Gobierno de la Ciudad de México

La zona central que quedó rodeada por estos volcanes se denomina Cuenca de México. Una cuenca, en Geología, es un área deprimida del terreno que actúa como lugar de acumulación de sedimentos. Es decir, hace unos 2 millones de años, teníamos una especie de bañera cerrada en la que se iban acumulando toda el agua procedente de ríos y arroyos que discurrían desde las laderas de los volcanes, junto con el barro y los fragmentos de rocas que arrastraba esa agua, sin que pudiesen seguir su camino hacia desembocar en el mar.

Ciudad de México
Mapa del sistema lagunar desarrollado en el Valle de México y de los canales construidos en época prehispánica. Mapa: Yavidaxiu / Wikimedia Commons

Así, en el Valle de México se desarrolló un sistema acuático formado por cinco grandes lagos muy extensos y poco profundos: Texcoco, Xochimilco, Chalco, Zumpango y Xaltocan. En estos lagos se produjo la acumulación de sedimentos finos en el fondo, formados principalmente por arcillas, limos, restos de organismos carbonatados y materia orgánica vegetal, que se fueron enterrando con el paso del tiempo. Pero estos materiales aún no se han compactado lo suficiente como para transformarse, propiamente dicho, en rocas, siguen siendo unos depósitos blandos, muy porosos y con una alta capacidad de retener agua en su interior.

Pero volvamos ahora a salir a la superficie. En época prehispánica, cuando se fundó Tenochtitlan, se construyeron una serie de diques para contener el agua del lago de Texcoco, permitiendo a la población convivir con el medio lacustre y aprovechar las orillas de esta gran laguna para desarrollar una rica agricultura. Sin embargo, la ciudad nunca estuvo libre de la influencia de grandes inundaciones catastróficas. Por este motivo, a comienzos del siglo XVII, ya en pleno virreinato, se empezaron unas obras faraónicas para canalizar el agua de los sistemas lagunares y desembocarla en el Golfo de México. Así, a comienzos del siglo XX, se consiguieron desecar por completo los alrededores de la Ciudad de México.

Esto permitió la expansión urbanística de la ciudad, pero añadió un problema a su desarrollo social: la disponibilidad de agua potable por la población. Inicialmente, el agua se traía desde zonas lejanas mediante un sistema de canalizaciones. Pero esta acción tenía un gran costo, en todos los sentidos. Así que, a mediados del siglo XX, los gobernantes buscaron la solución mirando hacia el suelo, empezando a extraer el agua subterránea que estaba acumulada en los antiguos depósitos lacustres.

Sin embargo, esto generó una nueva problemática, que aún se mantiene en la actualidad. Como os decía antes, los sedimentos depositados en estos antiguos lagos aún están blandos, no se han endurecido formando rocas. Así que, al extraer el agua que se acumula en sus poros, los materiales se compactan, perdiendo parte de su volumen. En otras palabras, al sacar el agua, el terreno se hunde, afectando a las construcciones que se encuentran por encima.

Ciudad de México
Deformación de un edificio de la Ciudad de México debido al hundimiento del terreno. Fotografía de la Agencia Digital para la Innovación Pública, la Secretaría de Turismo y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.

Este hundimiento del terreno no es uniforme en toda la Ciudad de México, debido no sólo a su naturaleza geológica, sino también a la gestión humana de los recursos acuáticos, en una simbiosis un poco compleja. Por un lado, en las zonas donde se bombea un volumen mayor de agua subterránea, la compactación del terreno será también mayor que en aquellas áreas donde apenas se extraiga agua del subsuelo. Por otro lado, hay que tener en cuenta la recarga natural de agua de estos sedimentos, producida por la infiltración de la misma en el terreno en épocas de lluvia o de deshielo. Si el volumen de agua extraído coincide con el volumen de agua infiltrada, mantendremos un equilibrio en el sistema, lo que impedirá el hundimiento del suelo. Y existe un último factor a considerar, ya que la parte suroccidental de la ciudad está construida sobre rocas volcánicas, mucho más consistentes que los sedimentos lacustres que sustentan el resto de la urbe.

En definitiva, la Ciudad de México es un magnífico ejemplo de la necesidad de conocer la Geología de una zona para poder asegurar nuestro futuro como sociedad. En este caso, mirando al interior del suelo que pisamos, conseguiremos aprovisionarnos del líquido vital básico para la vida mientras evitamos que todo lo construido en superficie durante siglos se venga abajo por nuestras propias acciones.

Agradecimientos:

Quiero dar las gracias a mis colegas y grandes amigas Jone Mendicoa e Iranzu Guede, por darme la idea para escribir este artículo durante una de esas tardes distendidas en las que siempre acabamos hablando de Geología.

Sobre la autora: Blanca María Martínez es doctora en geología, investigadora de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y colaboradora externa del departamento de Geología de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la EHU

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