Esta podría ser la respuesta al misterio de los bracitos del T-rex

Irreductible

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Esta podría ser la respuesta al misterio de los bracitos del T-rex

Durante más de un siglo los pequeños brazos del T. rex han sido un misterio para los paleontólogos. Foto: pxhere.com CC0 / Dominio público

Los has visto en películas, en series de acción y dibujos animados, en comics y juguetes, en ilustraciones, en memes de internet y en docenas de documentales de historia o naturaleza… el Tyrannosaurus rex es, posiblemente, el animal más terrorífico que ha pisado la faz de la tierra y, sin embargo, hay algo que no cuadra en esa poderosa anatomía de gran depredador. ¿Por qué una criatura tan aterradora, una mole de ocho toneladas con dientes del tamaño de plátanos y un mordisco capaz de triturar huesos, poseía unos bracitos tan ridículos?

Un adulto de esta especie medía entre doce y catorce metros de largo. Su cráneo alcanzaba fácilmente el metro y medio. Pero sus brazos, desde el hombro hasta la punta del dedo, apenas llegaban al metro. En un humano de metro ochenta, eso equivaldría a tener brazos de cinco centímetros. Lo más curioso no es solo su tamaño, sino que esos brazos eran, a pesar de todo, sorprendentemente robustos. Los huesos eran gruesos, los músculos potentes. No eran órganos en desuso ni vestigios inútiles, como por ejemplo las antiguas extremidades terrestres de las ballenas. Estos bracitos hacían algo. Pero ¿qué?

Esta simple cuestión, que podría parecer una mera curiosidad, ha mantenido ocupados a docenas de investigadores y paleontólogos durante más de un siglo, empezando por la primera descripción científica del T. rex en 1906, realizada por Henry Fairfield Osborn, del Museo Americano de Historia Natural, que tras los desconcertantes primeros hallazgos fósiles especuló con que esos bracitos podrían haber sido un «órgano de agarre» para ayudar en la cópula. Varias décadas más tarde, a finales de los años 60, el paleontólogo británico Barney Newman expuso su exótica hipótesis de que esos pequeños brazos ayudaban al dinosaurio a levantarse del suelo, evitando así el problema de otras especies como las tortugas que no podían girarse o levantarse cuando se caían.

Ya en nuestro siglo, en 2001, la teoría del agarre expuesta por Osborn volvió a dar un giro en un estudio que afirmaba que los brazos servían para sujetar a las presas, no durante la cópula sino durante la depredación. Más recientemente, en 2018, llegó a aparecer un imaginativo estudio que afirmaba que el T. rex podía girar las palmas hacia adentro si así lo deseaba, manteniendo las manos «en posición de aplauso», aunque los investigadores confesaban que no tenían la menor idea de qué ventaja evolutiva podría añadir esta habilidad. Para finalizar este breve resumen, en 2021, surgió otra sorprendente investigación, publicada en Acta Palaeontologica Polonica, que especulaba con que «los brazos del T. rex podrían haberse acortado a lo largo de varias generaciones para evitar amputaciones accidentales (o intencionadas) cuando una manada de ellos se abalanzaba sobre un cadáver con sus enormes cabezas y sus enormes dientes capaces de triturar huesos».

En resumidas cuentas, los pequeños brazos del Tiranosaurio han sido objeto de fascinación, estudio y bastante especulación desde hace más de ciento veinte años sin que hayamos podido llegar a conclusiones claras sobre por qué surgieron, cómo evolucionaron o qué función podrían haber desempeñado. Sin embargo, respecto a las primera cuestiones, es posible que por fin tengamos algo sólido sobre lo que poder avanzar gracias a un nuevo artículo, publicado hace solo unas semanas en Proceedings B de la Royal Society, en el que se analizan los «factores y mecanismos implicados en la reducción de las extremidades anteriores en dinosaurios terópodos».

Algunos de los terópodos analizados en el estudio, incluyendo Carnotaurus, Coelophysis, Tyrannosaurus e Irritator. Fuente: Wikimedia Commons

En primer lugar hay que señalar que el artículo publicado no solo analiza la evolución del célebre T. rex sino que incluye una gran variedad de terópodos, el grupo de dinosaurios bípedos carnívoros al que pertenece el T. rex, así como muchos otros depredadores menos conocidos. «Todo el mundo sabe que el Tiranosuario tenía brazos diminutos, pero otros dinosaurios terópodos gigantes también desarrollaron extremidades anteriores relativamente pequeñas. El temible Carnotaurus, por ejemplo, tenía brazos ridículamente pequeños, mucho más pequeños que los del T. rex» apunta Charlie Roger Scherer, autor principal del estudio.

Por otro lado, el trabajo realizado por investigadores del University College London (UCL) y la Universidad de Cambridge, en lugar de intentar adivinar para qué servían los brazos se ha centrado en algo más fundamental y directo: la evolución de su reducción. Para ello recopilaron datos anatómicos de 82 especies de terópodos y analizaron la relación entre brazos más pequeños y desarrollo de cráneos y mandíbulas más grandes y fuertes. El resultado fue claro: los brazos cortos están mucho más relacionados con cráneos grandes y robustos que con el tamaño general del cuerpo. Dicho de otro modo, los brazos no se encogieron porque el animal creció mucho. Se encogieron porque la cabeza creció más.

Modelo en 3D del Carnotaurus sastrei, otro terópodo con brazos muy pequeños. Imagen: Cenker Turhan / SketchFan / Creative Commons

Para entenderlo mejor retrocedemos docenas de millones de años en el tiempo, hasta llegar al Cretácico superior, un mundo de gigantes donde las estrategias de caza se dividían entre velocidad y grandes garras o mordida demoledora. Las presas potenciales de los terópodos, saurópodos de cuello largo, ceratopsianos con cuernos o hadrosáuridos del tamaño de autobuses, también eran temibles y enormes… para cazarlos se necesitaba más potencia que velocidad.

Los investigadores proponen que los grandes terópodos se embarcaron en una especie de carrera armamentista evolutiva. A medida que las presas crecían, los depredadores con cráneos más grandes y mordidas más potentes tenían más éxito. Y, a medida que el cráneo crecía y se convertía en la herramienta principal de caza, los brazos —que ya no eran indispensables para sujetar o herir a la presa— fueron volviéndose prescindibles. A grandes rasgos podríamos decir que el T. rex no tenía brazos inútiles, simplemente desarrolló una cabeza tan letal que no los necesitaba.

«Lo que proponemos es que el aumento en el tamaño de las presas puede haber resultado en un cambio hacia la caza usando las mandíbulas y la cabeza en lugar de las garras», explica Scherer. Una señal de que las conclusiones del estudio se mueven por el buen camino es que los brazos cortos evolucionaron de forma independiente en al menos cinco grupos distintos de terópodos. Por supuesto los tiranosáuridos (la familia del T. rex) son los más conocidos, pero también encontramos reducción de miembros en los abelisáuridos, los carcarodontosáuridos, los megalosáuridos y los ceratosáuridos. El ejemplo más claro de esta evolución lo encontramos en el Carnotaurus, un depredador sudamericano de aspecto casi cómico: cuernos sobre los ojos, una cabeza maciza, y unos bracitos que hacían que los del T. rex parecieran elegantes. Sus brazos medían apenas 45 centímetros en un cuerpo de ocho metros. También estaba el Majungasaurus, que vivió en Madagascar hace unos 70 millones de años: pesaba solo 1,6 toneladas —mucho menos que el T. rex— pero tenía un cráneo igualmente compacto y miembros anteriores igualmente ridículos.

Que el mismo patrón —cabeza grande, brazos cortos— surgiera en continentes distintos, en épocas distintas y en linajes sin relación directa es lo que en biología evolutiva se llama evolución convergente. Y es una señal muy potente de que no es casualidad: hay una lógica adaptativa detrás.

Una pregunta que el estudio también intenta responder es qué ocurrió primero: ¿creció la cabeza y después se encogieron los brazos, o al revés? La respuesta, según el equipo, es casi con certeza la primera opción. «No tendría sentido evolutivo que ocurriera al revés, que estos depredadores abandonaran su mecanismo de ataque sin tener uno de reserva», señala Scherer. «Un animal que pierde sus brazos antes de desarrollar una mordida suficientemente potente estaría en clara desventaja. La secuencia más lógica —y la que apoyan los datos— es que primero el cráneo se volvió la herramienta principal, y solo entonces los brazos pudieron reducirse sin coste evolutivo».

Este estudio representa el mayor análisis y el más sistemático realizado hasta la fecha pero los autores también reconocen que no cierra del todo el debate. Seguimos sin saber exactamente cómo usaba el T. rex sus brazos, si es que los usaba para algo. Los fósiles no conservan músculos, y la función exacta de esas extremidades sigue siendo especulativa.

Referencias científicas y más información:

Charlie Roger Scherer, Elizabeth Steell, Paul Upchurch (2026) Drivers and mechanisms of convergent forelimb reduction in non-avian theropod dinosaurs Proc Biol Sci doi: 10.1098/rspb.2026.0528

University College London (2026) Why meat-eating dinosaurs like T. rex evolved tiny arms Phys.org

Sobre el autor: Javier Peláez (@Irreductible), es escritor y comunicador científico. Autor de «500 Años de Frío» (2019), «Planeta Océano» (2022) y «En busca del último continente» (2026). También es guionista en el programa de TVE «Órbita Laika», ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica por Naukas.com y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital por Catástrofe Ultravioleta.

1 comentario

  • Avatar de Perico

    Yo creo, que no era una cuestión de agarre en la cópula, pero no descarto que se tratara de un impedimento a la masturbación. Posiblemente su anterior evolutivo, se mataba a pajas y la madre naturaleza procuró no facilitar la cosa.

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