Las cenizas de la Mona Lisa

Irreductible

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Las cenizas de la Mona Lisa

Mona Lisa
La Mona Lisa tal y como se puede ver actualmente en el Louvre. Foto: Javier Peláez

En su ensayo «Emotion and Aesthetic Value» el psicólogo Jesse Prinz, profesor en la Universidad de Nueva York, planteaba un curioso escenario. Imaginad que se produce un desafortunado incendio en el Museo del Louvre y la Mona Lisa de Leonardo da Vinci se quema completamente. Tras unos años de trabajos y deliberaciones, el gobierno francés reconstruye las instalaciones pero, inevitablemente, surge la urgente duda de qué mostrar en el lugar donde antes colgaba el célebre cuadro.

Aparecen entonces dos posibilidades:

  1. Exponer las cenizas de la Mona Lisa
  2. Colocar en su lugar una copia perfecta del cuadro realizada por otro artista

Os propongo unos instantes de reflexión sobre estas dos opciones antes de elegir la vuestra. ¿Habéis elegido ya? Personalmente, los resultados de esta insólita encuesta me sorprendieron puesto que un alto porcentaje de las personas consultadas preferirían mostrar en el Louvre las cenizas del histórico cuadro del pintor florentino antes que una réplica exacta.

Está claro que un puñado de cenizas no refleja lo que lo que tradicionalmente entendemos por «belleza», mientras que una réplica reproduciría con exactitud los colores, el difuminado paisaje azulado tras la dama e incluso su enigmática sonrisa. Se podría afirmar que disfrutaríamos más con una reproducción del cuadro que con unos gramos de su oscura ceniza… y, sin embargo, los participantes del estudio escogían la primera opción.

Esta aparente paradoja nos lleva directamente a la inevitable cuestión de ¿Existe belleza más allá del aspecto estético? Las cenizas del cuadro de Leonardo también despertarían en muchos de nosotros sentimientos, simbolismos y recuerdos, que sobrepasan su valor estético. Las aventuras y desventuras a lo largo del tiempo hasta llegar a su triste final en ese hipotético incendio también forman parte del gozo que extraemos de la pintura. La información, el conocimiento que tenemos sobre ella, sobre su autor o sobre los incontables aspectos más allá de su propia belleza artística, influyen directamente en la forma en que nuestro cerebro percibe, y disfruta, de una obra de arte.

En septiembre de 2011, Martin Kemp, profesor emérito de Historia del Arte en la Universidad de Oxford, se unió a un equipo de neurocientíficos expertos en técnicas de neuroimagen para realizar una investigación en un estudio que podría servirnos para arrojar luz a nuestro dilema. En aquel experimento se utilizaron imágenes de resonancia magnética funcional (IRMf) mientras los voluntarios contemplaban obras de Rembrandt. Pero los cuadros tenían truco… Los investigadores incluyeron un aviso que advertía a los observadores cuándo se encontraban ante un cuadro original y cuándo tan solo era una copia. Es decir, antes de contemplar el cuadro se les decía a los voluntarios si lo que iban a ver era verdadero o simplemente una réplica. De las veinticinco obras que se utilizaron para la investigación, trece eran obras reales y autentificadas de Rembrandt y doce eran copias realizadas por otros artistas.

Los resultados fueron notables puesto que el hecho de contemplar una pintura catalogada como verdadera activaba zonas del cerebro que tradicionalmente se relacionan con el placer, igual que si degustásemos una sabrosa comida o escucháramos una armoniosa melodía.

Pero en ese estudio había más trucos. Los investigadores no siempre contaban la verdad. En algunas ocasiones avisaban que el cuadro era un auténtico Rembrandt cuando realmente se trataba de una falsificación, y al contrario, a veces afirmaban que el cuadro que se les mostraba a los voluntarios era una copia, cuando lo cierto es que estaban ante una obra verdadera. Interesante, ¿verdad? Nuestro cerebro disfruta más ante una obra que cree que es auténtica, independientemente de si realmente lo es. La información, el conocimiento previo que tenemos de algo (incluso si esa información es errónea) influye poderosamente en la percepción que construimos.

En el experimento de Martin Kemp, los voluntarios disfrutaban más de las pinturas de Rembrandt cuando pensaban que eran verdaderas, ¡aunque no lo fuesen! Y lo mismo ocurría con las falsificaciones, el deleite era mayor si creían que estaban ante una pintura auténtica del holandés. Los conocimientos previos que poseemos sobre un objeto influyen en nuestra percepción de su belleza. Cuando te encuentras ante la Mona Lisa tu disfrute de esa obra depende de si crees que es la verdadera o solo una réplica. En este momento, la Mona Lisa ya no importa, es tu conocimiento de lo que estás viendo lo que influye en tu visión de la obra.

Volvamos al Louvre para profundizar algo más en nuestro dilema.

Mona Lisa
La Mona Lisa tal y como estaba expuesta en 1911. Fuente: Wikimedia Commons

Vicenzo Peruggia era un antiguo trabajador del museo parisino que, a principios del siglo XX, descolgó disimuladamente la obra de Leonardo da Vinci de la pared donde estaba expuesta y, simplemente ocultándola bajo su gabardina, consiguió sacarla del Louvre sin que nadie lo notase.

Aquel recordado robo de la Gioconda se perpetró la mañana del 21 de agosto de 1911. Por entonces la pintura no gozaba de la altísima fama que tiene hoy en día por lo que pasó casi un día entero hasta los responsables de la pinacoteca se dieron cuenta de la sustracción. En ese momento llamaron a la policía y cerraron a cal y canto el museo durante una semana. La noticia corrió como la pólvora por todo el mundo, y los periódicos divulgaron por todas partes lo que iba camino de convertirse en el robo del siglo. Pero el plan de Peruggia iba más allá de robar la Mona Lisa para venderla al mejor postor. En su mente había urdido una idea mucho más elaborada y sobre todo, más lucrativa. Ahora que todo el mundo sabía que la pintura ha desaparecido, ¿Por qué vender la auténtica Mona Lisa si podría vender réplicas por el mismo precio?

Por su parte, Yves Chaudron era un cuidadoso y esmerado falsificador de obras de arte que ya había realizado algunos «trabajos» en París. A petición de Peruggia realizó seis copias, casi indistinguibles de la original, para otros tantos posibles compradores. Mientras en París se detenían injustamente a sospechosos de la talla de Guillaume Apollinaire o incluso al propio Pablo Picasso, el plan magistral de Vicenzo Peruggia siguió su curso y consiguió vender sus seis réplicas falsas por 300.000 dólares cada una. En total, casi dos millones de dólares por una sola pintura cuyo valor en aquellos momentos no era, ni de lejos, el que actualmente posee.

Pensemos ahora en aquellos seis compradores que, creyendo haber adquirido la verdadera obra de Leonardo da Vinci, en realidad fueron estafados con una copia realizada por Chaudron. Si hubiésemos podido examinarlos con nuestras modernas técnicas de neuroimagen resultaría fácil observar cómo sus cerebros se iluminaban como árboles de navidad en Nochebuena. Dopamina por las nubes al contemplar el cuadro por fin colgado en la pared de su ostentosa mansión, la adrenalina aún fluyendo por la tensión y los nervios de la compra ilegal, endorfinas disparadas creando una sensación de bienestar al saber que se han salido con la suya… su deleite al ver el cuadro, en la creencia que es el original, sería casi inigualable.

Sin embargo, ¿cómo mirarían esa misma pintura una vez que descubrieron el engaño y comprendieron que habían comprado algo falso? ¿Qué sentirían respecto a esos mismos trazos al óleo simplemente con saber que la mano que los realizó fue la de Chaudron y no la de Leonardo? Estoy casi seguro de que alguno de aquellos seis estafados sentiría unas irreprimibles ganas de lanzar el cuadro al fuego en un ataque de despecho. El mismo cuadro por el que habían desembolsado alegremente una elevada suma de dinero apenas unos días antes, el mismo cuadro que les había encendido el cerebro al colgarlo en la pared de su casa.

Nuestra percepción de la belleza depende en gran medida del conocimiento que poseemos en cada momento de ella. Por eso, imaginemos un poco más… pensemos ahora que Vicenzo Peruggia se hubiera salido finalmente con la suya y que la Mona Lisa jamás se hubiera vuelto a recuperar.

El hueco que dejó el robo de la Mona Lisa en 1911. Fuente: Wikimedia Commons

Durante los días siguientes al robo, y mientras la obra seguía desaparecida, en el Museo del Louvre ocurrió algo realmente inesperado. El hueco de pared en el que se encontraba expuesta la Gioconda experimentó una insólita afluencia de visitantes. Las crónicas cuentan que, ante aquel espacio vacío de muro, se arremolinaban cientos y cientos de personas que dejaban aflorar los más diversos sentimientos. Tristeza por la pérdida, esperanza por volver a recuperarla pronto, enfado por el robo, nostalgia por un trozo de historia arrebatado de un plumazo…

Paradójicamente la Mona Lisa jamás tuvo tanto reconocimiento como el que adquirió cuando fue robada, justo cuando no se podía contemplar. Durante el tiempo en el que permaneció en paradero desconocido, aquel rincón del Museo tuvo más público que en los días en que la pintura estuvo realmente expuesta. Se conservan numerosas fotos de la época simplemente con el hueco vacío en la pared y docenas de personas a su alrededor.

La ausencia de la pintura, la nada, el lugar vacío donde antes se mostraba, evocaban sentimientos en aquellos que lo contemplaban. ¿Era bello ese hueco? ¿Podría alguien afirmar que en aquella ausencia había algo de esencia? En este artículo encontraréis muchas preguntas abiertas con las que reflexionar un rato antes de llegar a una posible contestación, aunque ya hay algo de lo que empiezo a estar convencido. Exponer una réplica en el Louvre, sabiendo que es una réplica, modificaría sustancialmente nuestra experiencia del cuadro. Y lo que es más inquietante, si el ladrón hubiese engañado a la policía y lo que actualmente se expone en el Museo de París fuese una copia falsa, ahora mismo y sin saberlo, estaríamos disfrutando de una réplica del mismo modo en el que disfrutaríamos con la verdadera. No sé cuantos visitantes se arremolinarían hoy en día alrededor de la Mona Lisa en el caso de que fuese solo una réplica y tampoco sé cuántos se acercarían a ver la nada de sus cenizas, pero al mismo tiempo, se hace más sencillo entender que la belleza de una obra de arte sobrepasa sus trazos y colores, y que solo unos datos, unas líneas de conocimiento, pueden cambiar drásticamente lo que percibimos en ella.

Referencias científicas y más información:

Jesse Prinz «Emotion and Aesthetic Value» SubCortex (2007)

Martin Kemp, et al. (2011) Human Cortical Activity Evoked by the Assignment of Authenticity when Viewing Works of Art Frontiers in Human Neuroscience doi: 10.3389/fnhum.2011.00134

Sobre el autor: Javier Peláez (@Irreductible), es escritor y comunicador científico. Autor de «500 Años de Frío» (2019), «Planeta Océano» (2022) y «En busca del último continente» (2026). También es guionista en el programa de TVE «Órbita Laika», ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica por Naukas.com y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital por Catástrofe Ultravioleta.

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