Heisenberg y Bohr, 1941: la sombra atómica sobre Copenhague

Fronteras

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Heisenberg y Bohr, 1941: la sombra atómica sobre Copenhague

La carrera por el desarrollo de la bomba atómica es, probablemente, uno de los episodios de la Segunda Guerra Mundial que más literatura —de todo tipo— ha generado a lo largo de las últimas ocho décadas. Y no es de extrañar. Las implicaciones a nivel científico y tecnológico que llevaba asociadas —en aquel momento estaba cambiando completamente el paradigma de la física microscópica— rivalizaban en importancia con las implicaciones morales de construirla y, sobre todo, usarla.

La física atómica ha ejemplificado, como ninguna otra rama de la física, el poder tanto constructivo como destructivo de la ciencia. Por un lado, nos permitió una comprensión mucho más amplia de la materia, mejoró y diversificó nuestro acceso a una nueva fuente de energía en un mundo que crecía industrialmente cuando otras tecnologías aún no estaban del todo maduras, revolucionó la medicina, nos permitió desarrollar toda la electrónica de semiconductores… Por otro, su uso bélico segó más de doscientas mil vidas, algunas al instante, otras, en los meses posteriores, la gran mayoría civiles.

Desde el momento en que los científicos comprobaron que la fisión nuclear, recién descubierta por Lise Meitner y Otto Frisch en la primavera-verano de 1939 —a raíz de los experimentos de Otto Hahn y Fritz Strassmann— podía generar una reacción en cadena explosiva, el dilema de qué hacer con ese conocimiento estuvo sobre la mesa. Sin embargo, la parte de la historia que se suele contar es la que involucra a Leó Szilárd y Albert Einstein. A partir de ahí, la gestación del Proyecto Manhattan se lleva prácticamente toda la atención, obviando que la semilla que hizo que algo así fuera posible estuvo en Europa. Gotinga, Copenhague, Berlín, Múnich, Zúrich. Cambridge, Leiden… albergaron, a finales del siglo XIX y principios del XX, a los mejores físicos de su generación tanto de un lado como de otro del Atlántico y, aunque muchos huyeron a Estados Unidos con la llegada del fascismo, algunos se quedaron. Entre ellos se encontraba una de las figuras centrales del desarrollo de la teoría cuántica: Werner Heisenberg.

Werner Heisenberg alrededor de 1927, el mismo año en que formuló su principio de indeterminación de la física cuántica. Fuente: Dominio público.

Es de esperar que las mismas ideas que afloraron en los científicos de Estados Unidos, afloraran en los científicos de Alemania. Y en sus militares, y en sus gobernantes. También las mismas dudas e incógnitas.

La posibilidad de un programa nuclear alemán siempre fue una amenaza en la sombra, y, de hecho, fue uno de los motores del Proyecto Manhattan: «Antes de que sean los nazis los que desarrollen la bomba, tienen que desarrollarla los aliados». Que se descubriera finalmente que los alemanes ni tenían la bomba ni habían estado cerca, sin embargo, no impidió que se usara contra Japón —y, a falta de una, por si no quedaba claro su poder destructivo la primera vez, se lanzaron dos—. Tal programa, en cualquier caso, existió, y Heisenberg estaba más que involucrado. Una participación que jamás ha estado exenta de polémica y cuya naturaleza seguramente nunca se aclarare del todo.

Pero lo interesante no solo son los dos programas nucleares en sí, cada cual con sus idiosincrasias, sino el momento en que estuvieron en contacto a través de una conversación entre Werner Heisenberg y Niels Bohr que tuvo lugar alrededor del 16 de septiembre de 1941 —no se sabe la fecha con exactitud— en el entorno del Instituto de Física Teórica de la Universidad de Copenhague, hoy Instituto Niels Bohr, dirigido por este. Una conversación que se ha prestado, durante muchísimo tiempo, a especulaciones, sobre todo en lo referente a cuál fue la intención de Heisenberg al favorecerla, y más en las circunstancias en las que tuvo lugar. ¿Se trataba de una amenaza? ¿De una advertencia? ¿De buscar un acuerdo científico para negarse a desarrollar ese tipo de armas? ¿Era un espía del Reich?

Instituto Niels Bohr en Copenhague, en cuyos alrededores tuvo lugar el encuentro entre Werner Heisenberg y Niels Bohr en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial. Fuente: Dominio público/Thue

Veamos, a grandes rasgos, el contexto bélico en el que se produjo aquella reunión. La Alemania nazi dominaba gran parte de la Europa continental —incluida Dinamarca, que era territorio ocupado desde abril del año anterior—. La operación Barbarroja había comenzado en junio y, con ella, la invasión de la Unión Soviética; las tropas de la Wehrmacht habían cercado Leningrado y amenazaban Moscú. Para muchos, la victoria alemana parecía cuestión de tiempo, incluido el propio Heisenberg.

El 15 de septiembre de 1941, una delegación científica alemana, de la que, además de Heisenberg, formaban parte otros científicos como el también físico Carl Friedrich von Weizsäcker, viajó a Copenhague con motivo de la celebración de unas jornadas sobre astrofísica en el Instituto Alemán de Cultura —una institución vinculada a la propaganda cultural de la ocupación nazi—. El encuentro con Niels Bohr no formaba parte de la agenda, pero Heisenberg fue a Dinamarca con la intención de encontrarse con él de manera extraoficial. En cualesquiera otras circunstancias en tiempo de guerra esto hubiera sido, sin duda, mucho más complicado. Aquellas jornadas científicas le otorgaban a Heisenberg un motivo lícito por el que estar allí.

Tengamos en cuenta que Bohr y Heisenberg habían sido maestro y discípulo; el alemán estuvo trabajando en el instituto del danés en Copenhague entre 1924-1925 y luego entre 1926-1927. Fue estando allí, de hecho, cuando formuló su principio de indeterminación. En los años posteriores, la relación entre ambos trascendió el trabajo científico y se desarrolló un vínculo casi familiar que la guerra acabaría minando. Tras aquella conversación, la relación entre ambos no volvió a ser la misma.

Heisenberg y Bohr
Werner Heisenberg y Niels Bohr compartiendo una comida durante unas jornadas de física celebradas en Copenhague en 1936.
Fuente: Dominio público/ Paul Ehrenfest

Hay varias versiones acerca de cómo tuvo lugar aquello. Lo más probable es que los detalles que han trascendido pertenezcan a varias de las conversaciones que Bohr y Heisenberg tuvieron durante aquel viaje, y no a una sola. La versión de uno la sitúa en su despacho, la del otro, en cambio, durante un paseo… En cualquier caso, parece que transcurrió de la siguiente manera: Heisenberg le preguntó a Bohr si creía que los físicos estaban moralmente legitimados para trabajar en las «aplicaciones prácticas» de la energía atómica —evitó mencionar la aplicación concreta deliberadamente, aunque, dado el contexto, se sobreentendía—, y le preguntó si era consciente de que la energía atómica podía tener implicaciones en el desarrollo de la guerra, a lo que Bohr asintió. Lo que siguió a partir de aquí son testimonios de unos y otros —tanto de los implicados como de personas de su entorno— creadas a posteriori, pero lo que parece claro es que a Bohr no le gustó nada lo que escuchó aquel día. Fuera lo que fuera lo que Heisenberg dijo o quiso decir, al físico danés le sonó a amenaza:

Personalmente, recuerdo cada palabra de nuestras conversaciones, que tuvieron lugar en un clima de extrema tristeza y tensión para nosotros aquí en Dinamarca. En particular, nos causó una profunda impresión, tanto a Margrethe como a mí y a todos los miembros del Instituto con quienes hablasteis, que tú y Weizsäcker expresarais vuestra firme convicción de que Alemania ganaría y que, por tanto, era bastante insensato que nosotros mantuviéramos la esperanza de un desenlace distinto de la guerra y nos mostrásemos reticentes ante todas las ofertas alemanas de cooperación. También recuerdo con toda claridad nuestra conversación en mi despacho del Instituto, donde hablaste en términos vagos, pero de una manera que no podía sino causarme la firme impresión de que, bajo tu dirección, Alemania estaba haciendo todo lo posible para desarrollar armas atómicas. También dijiste que no era necesario entrar en detalles, puesto que los conocías perfectamente y que habías dedicado los dos últimos años, casi por completo, a tales preparativos. Escuché todo aquello sin decir nada, pues estaba en juego una cuestión de enorme importancia para la humanidad en la que, pese a nuestra amistad personal, debíamos considerarnos representantes de dos bandos enfrentados en una lucha a muerte.

Esta es la traducción del borrador de una carta sin fecha —solo se sabe, por el contexto, que no debió de escribirse antes de 1957, tras uno de los testimonios al respecto de Heisenberg del que hablaremos a continuación— que Bohr nunca llegó a enviar. Se trata de uno de los pocos documentos que existen que hacen referencia a aquel encuentro. La reacción del danés no es de extrañar: Heisenberg estaba en una posición de superioridad como científico alemán en territorio ocupado, y la contienda estaba inclinada, en aquel momento, a favor de su país.

En efecto, y de esto no cabe ninguna duda, Heisenberg trabajó durante muchos años en el proyecto nuclear alemán y, aunque nos gustaría que así fuese, no hay pruebas que indiquen que tratara de boicotearlo en ningún momento ni de pasar información de forma subrepticia a los aliados. A Heisenberg le preocupaba tanto que los aliados pudieran lanzar una bomba atómica sobre Berlín como a los aliados les preocupaba que la Alemania nazi pudiera lanzar una bomba atómica sobre cualquiera de sus ciudades y, aunque era un personaje eminentemente apolítico que no estaba de acuerdo con la deriva que muchas cosas estaban tomando bajo la batuta de Hitler, también era nacionalista —se negó sistemáticamente a emigrar, cuando tuvo numerosas oportunidades de hacerlo— y tuvo que servir a su patria, lo hizo. Aun así, su testimonio sobre aquella conversación con Bohr trata de suavizar su propio papel. El documento más conocido es una carta que le escribió al periodista, escritor y activista de origen judío Robert Jungk, que le preguntó por el asunto en 1957:

La conversación probablemente comenzó cuando le pregunté, como de pasada, si estaba justificado que los físicos se dedicaran en aquellos momentos, en plena guerra, al problema del uranio, teniendo en cuenta que los avances en ese campo podían tener consecuencias muy graves para la tecnología bélica. Por la reacción de cierto sobresalto de Bohr, comprendí que había captado inmediatamente el sentido de la pregunta. Hasta donde puedo recordar, me respondió con otra pregunta: «¿Realmente crees que la fisión del uranio puede utilizarse para construir armas?». Puede que yo contestara: «Sé que, en principio, es posible, pero quizá sea necesario un enorme esfuerzo técnico que, cabe esperar, ya no llegue a realizarse durante esta guerra». Al parecer, Bohr quedó tan conmocionado por esta respuesta que supuso que yo estaba intentando comunicarle que Alemania había realizado grandes avances en la fabricación de armas atómicas. En mi posterior intento de corregir esa falsa impresión, no debí de conseguir ganarme por completo su confianza, sobre todo porque solo me atreví a expresarme mediante alusiones muy cautelosas —lo cual fue, sin duda, un error por mi parte—, por temor a que posteriormente determinadas palabras pudieran utilizarse en mi contra. Entonces volví a preguntarle a Bohr si, teniendo en cuenta las evidentes objeciones morales, sería posible conseguir que todos los físicos acordaran no emprender trabajos destinados a fabricar bombas atómicas, puesto que, en cualquier caso, estas solo podían producirse mediante un enorme esfuerzo técnico. Pero Bohr consideraba que sería inútil tratar de influir en las decisiones de los distintos países y que, por así decirlo, el curso natural de las cosas era que los físicos trabajasen en sus respectivos países en la producción de armas.

¿Qué podemos concluir entonces? Parece que Heisenberg buscó deliberadamente encontrarse con Bohr en medio de aquella guerra y que quería compartir con él determinadas inquietudes relacionadas con las posibilidades que el reciente descubrimiento de la fisión atómica estaba planteando en aquellos tiempos convulsos. No hay manera de afirmar que pretendiera obtener información del bando aliado en lo referente a su programa nuclear ni amenazar a Bohr ni mucho menos sabotear el proyecto alemán. Sin embargo, de forma intencionada o no, consiguió que Bohr creyera que Alemania estaba bastante avanzada en el desarrollo de armas nucleares, lo que probablemente supuso un revulsivo para los aliados.

Queda, no obstante, otro fleco suelto en el imaginario de esta historia. Bohr se vio obligado a huir de Dinamarca en 1943, en un episodio digno de una película de espías, y cuentan que llegó a Los Alamos con el diagrama de un reactor nuclear que le habría entregado Heisenberg en aquella reunión y que él había confundido con el diseño de un arma. Sabemos de la existencia del diagrama por el testimonio de Hans Bethe —director de la división teórica del Proyecto Manhattan—, pero no hay ninguna evidencia de que fuera de Heisenberg. Entre otras cosas, es bastante complicado que lo fuera porque, cuando visitó Copenhague en 1941 no estaba trabajando en el tipo de reactor que se describe. Existe la opinión de que el autor podría haber sido Hans Jensen, otro físico alemán que visitó a Bohr en Copenhague poco antes de su huida y que sí estaba trabajando precisamente en eso. Se cae, con ello, uno de los argumentos que defienden que Heisenberg intentó pasar información confidencial a los aliados.

Aquel encuentro entre los dos físicos supuso, en todo caso, el preludio a una realidad que no volvería a ser la misma, incluso la de ellos mismos, a nivel personal. Aquello no solo anticipó Hiroshima, Nagasaki y todo lo que vendría después, sino que muestra, con una claridad que pocas veces encontramos, cómo los estragos de la guerra pueden transformar la colaboración y la amistad en silencio y sospecha.

Corresponsal aliado observando las ruinas del Auditorio de Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima, hoy símbolo de aquel atroz episodio. Fuente: National Archives, EE. UU.

Bibliografía

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Bohr, N. (ca. 1957–1958). [Borrador de una carta no enviada a Werner Heisenberg; documento 1, p. 1]. Niels Bohr Archive, University of Copenhagen. https://archon.nbi.dk/tms/heisenberg/facs01/1/facs_and_texts.html

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Heisenberg, W. (1956–1957). Two letters from Werner Heisenberg to Robert Jungk, the author of “Brighter Than a Thousand Suns” [Cartas]. Heisenberg-Gesellschaft. https://files.heisenberg-gesellschaft.de/adpersonam/section-1/jungk.html

Reed, B. C. (2020). Manhattan Prohect. The story of the century. Springer.

Sweet, W. (2002). The Bohr letters: No more uncertainty. Bulletin of the Atomic Scientists, 58(3), 20–27. https://doi.org/10.2968/058003007

Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.

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