Kepler soñó… ¡y se hizo la ciencia ficción!

Fronteras

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Kepler soñó… ¡y se hizo la ciencia ficción!

Es más que probable que el debate de cuál fue la primera novela de ciencia ficción de la historia no se zanje nunca. En parte, porque depende de qué entienda cada uno por ciencia ficción y de sus inclinaciones personales a defender unos argumentos u otros. Pero si, en términos generales, estamos de acuerdo en que la ciencia ficción representa, en cierta medida, el discurso científico de cada época, hay un relato que supuso un antes y un después: el Somnium sive Astronomia lunaris Joannis Kepleri (El sueño o la astronomía de la Luna) de Johannes Kepler. Publicado en 1634, poco después del fallecimiento del astrónomo, la historia del Somnium en realidad se remonta a 1593 —más de cuatro décadas antes—, cuando un joven Johannes Kepler era estudiante de Teología en la Universidad de Tubinga.

El astrónomo alemán Johannes Kepler (1571-1630) y su Somnium sive Astronomia lunaris Joannis Kepleri, publicado a título póstumo en 1634. Fuente: August Köhler/Dominio público

A finales del siglo xvi y principios del xvii, la cosmología todavía pertenecía más al ámbito de la teología y la filosofía que de la ciencia, aunque sería por poco tiempo. De revolutionibus orbium coelestium, de Copérnico, se había publicado en 1543 y había propuesto, frente al modelo geocéntrico de Ptolomeo, un modelo heliocéntrico que colocaba al Sol en el centro del universo y desplazaba a la Tierra de este. Pero que Copérnico propusiera su modelo en aquella fecha no significa que se adoptara de manera inmediata.

En De revolutionibus orbium coelestium (1543) Copérnico planteó su modelo heliocéntrico. Fuente: Dominio público.

La cuestión era controvertida en muchos aspectos, sobre todo, porque el modelo ptolemaico funcionaba muy bien para explicar lo que se veía en el cielo: los movimientos del Sol, la Luna y las estrellas; los movimientos y cambios de velocidad de los planetas… Hasta que la ciencia moderna no empezó a despegar, las observaciones empezaron a ser más precisas y llegaron instrumentos como el telescopio, no empezaron a aparecer las discrepancias más claras. Para más inri, además de suponer un desafío al modelo ptolemaico —y, lo que era más grave, al aristotélico—, el modelo copernicano desafiaba la experiencia cotidiana: si la Tierra se movía, ¿por qué no lo notábamos?, ¿por qué cuándo lanzábamos un objeto no caía detrás? Y este era uno de los argumentos más fuertes que existía en su contra.

Kepler, como suele pasar con las generaciones más jóvenes, abrazó con más entusiasmo que sus mayores aquella nueva perspectiva del universo que amenazaba con poner el mundo del conocimiento patas arriba —y vaya si finalmente lo hizo—. Escuchó hablar de Copérnico en la universidad de Tubinga en boca de su mentor Michael Maestlin —astrónomo y matemático alemán, y uno de los primeros en aceptar el heliocentrismo—, y parece que eso le hizo plantearse hasta qué punto la manera en que veíamos todo lo que sucedía en los cielos dependía del punto de observación.

El astrónomo y matemático Michael Maestlin (1550-1631), mentor de Johannes Kepler, que le enseñó el modelo copernicano. Fuente: Conrad Melperger/Dominio público

En 1593, Kepler se preguntó: ¿cómo vería los fenómenos celestes un observador situado en la Luna?, y escribió una pequeña disertación al respecto. El historiador Edward Rosen interpretaría esto como un experimento mental «copernicano». El texto no se ha conservado, sin embargo, se sabe de su existencia por el testimonio que el propio Kepler dejó en sus cartas. Christoph Besold, amigo y compañero del joven Johannes en la Universidad de Tubinga, utilizó aquel material para redactar veinte tesis sobre las que propuso celebrar un debate académico —se exponía un planteamiento y los demás participantes debían formular sus objeciones—, pero nunca se celebró. El responsable de autorizar este tipo de ejercicios, el teólogo, filósofo y filólogo Veit Müller, contrario a las ideas de Copérnico, no lo hizo. Permitir que determinadas ideas se expusieran en público implicaba cuestionar la mismísima concepción del cosmos.

¿Hasta tal punto era desafiante plantear el ejercicio mental de observar el cielo desde la Luna? En realidad sí, porque atacaba directamente uno de los mayores argumentos que se utilizaban para defender el modelo geocéntrico y que hemos comentado antes: la posibilidad de que podríamos estar moviéndonos con la Tierra sin sentir ni observar directamente ese movimiento. Trasladarse a la Luna, aunque fuera de forma imaginaria, planteaba si acaso desde allí la sensación no sería similar: la vemos moverse desde la Tierra, pero si estuviéramos sobre ella la percibiríamos en reposo, por no mencionar que tendríamos la sensación de que son los otros cuerpos celestes los que se mueven en torno a ella. Ya no en lo referente al movimiento de traslación de la Tierra —la Tierra desde la Luna se ve prácticamente siempre en el mismo lugar del cielo, debido al acople de marea—, sino al de rotación, que Kepler llegó a mencionar.

A pesar de que aquella reflexión se quedó en un ejercicio académico, Johannes Kepler no abandonó la idea y, en 1609, la reconvirtió en la narración fantástica que hoy conforma el Somnium como tal. Sí, el mismo año que publicó su Astronomia nova, en el que aparecen por primera vez sus dos primeras leyes sobre los movimientos planetarios.

Una idea que había nacido cuando apenas era estudiante, se materializó cuando ya se había convertido en el matemático imperial de Rodolfo II, había trabajado con las observaciones de Tycho Brahe, había dedicado años al problema de la órbita de Marte y acababa de romper con uno de los principios más arraigados de la astronomía antigua: que los planetas debían moverse siguiendo órbitas circulares perfectas. No se detuvo ahí. El Somnium acompañó a Kepler durante toda su carrera científica. Alrededor de 1615, el manuscrito empezó a circular entre algunos conocidos y, posteriormente, durante todo el tiempo que transcurrió hasta el momento de su muerte siguió incorporando hasta más de doscientas notas que ampliaban y justificaban la narración desde el punto de vista científico.

Pero ¿por qué el Somnium podía considerarse el origen de la ciencia ficción si no fue, ni por asomo, el primer viaje a la Luna que apareció en la literatura? Por dos motivos principales. El primero es que, hasta Kepler, la Luna era, como diría Jorge Luis Borges un «arquetipo de lo imposible». Cuando Luciano de Samósata escribió su Historia verdadera o el Icaromenippo en el siglo II, planteaba la Luna como un lugar inalcanzable desde el que hacía una sátira de la Tierra y de la sociedad en que le tocó vivir. No había, ni remotamente, una ambición científica o realista detrás. Tampoco para Ariosto en Orlando Furioso (1516), donde la Luna aparece como ese lugar en el que se hacen visibles las pérdidas humanas, incluida la cordura del protagonista. Pasa algo similar con otro Somnium que se ha reivindicado en los últimos tiempos como ciencia ficción en un intento de llevar a España al centro del debate, el del conquense Juan Maldonado, publicado en 1541, que también utiliza la Luna para marcar distancia con la la sociedad terrestre y reflexionar sobre ella. Para Kepler, en cambio, el viaje imaginario de Duracoto —el protagonista de su historia—, durante un sueño a la Luna está impregnado de datos y realidad.

Cabe señalar que la ciencia ficción del Somnium de Kepler no se encuentra en el viaje en sí, ya que él no pretendía especular sobre los detalles técnicos de tal empresa, y por eso utiliza un medio fantástico para llegar. El nóvum, el «¿y si…?» o la especulación, se encuentra en la propia Luna, en la pregunta inicial que lo llevó a escribirlo: ¿cómo vería los fenómenos celestes un observador situado allí?

¿Inventó, entonces, Johannes Kepler, la ciencia ficción? Tal vez no del todo, básicamente porque este tipo de cosas no aparecen de un día para otro. Él simplemente estaba allí cuando el conocimiento, la ciencia y la sociedad estuvieron listos para que se pudiera escribir un nuevo tipo de historia y él la escribió.

Por otro lado, y si nos ceñimos a la supuesta capacidad predictiva de la ciencia ficción…

Bibliografía

Borges, J. L. (1955). Prólogo. En R. Bradbury, Crónicas marcianas (F. Abelenda, Trad.). Minotauro.

Di Liscia, D. A. (2025). Johannes Kepler. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Fall 2025 ed.). Metaphysics Research Lab, Stanford University.

Kepler, J. (1967). Kepler’s Somnium: The dream, or posthumous work on lunar astronomy (E. Rosen, Trans. & Ed.). University of Wisconsin Press.

Kepler, J. (2001). El sueño o La astronomía de la Luna (F. Socas Gavilán, Trad., introd., notas e índices). Servicio de Publicaciones de la Universidad de Huelva.

Kragh, H. (2007). Historia de la cosmología. Drakontos.

Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.

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