Fósiles en monumentos de la Unesco
Recientemente he visitado la preciosa ciudad de Córdoba, dejando que mis pasos se perdiesen por las estrechas calles que surcan su extraordinario centro histórico, llevándome, inevitablemente, hasta una de las entradas de la imponente Mezquita-Catedral. Pero en esta ocasión, en lugar de visitar el interior de estos fantásticos monumentos, cosa que hice la primera vez que estuve en la capital cordobesa, mi interés estuvo centrado, casi exclusivamente, en las rocas empleadas en su construcción. Y, casi con la misma sensación de estupor que sentí al ver el interior de la Mezquita hace años, me quedé maravillada con las historias que me contaron esos materiales pétreos.
Sé que me he puesto un poco poética en esta introducción, pero en realidad lo que quería decir es que, siempre que visito una localidad, ya sea por primera vez o de manera recurrente, siempre me fijo en las rocas ornamentales de ese lugar, buscando conocer su historia geológica. Y Córdoba no es una excepción.

En esta ciudad andaluza se preserva tal cantidad de construcciones, edificios y monumentos, realizados desde la época romana hasta la edad moderna, que tanto la Mezquita-Catedral como todo el centro histórico que la rodea, han sido declarados Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Pero esto no es lo único que tienen en común las murallas, puertas de acceso, puentes o templos que podemos encontrar en estas calles, ya que en todas estas construcciones se emplearon preferentemente unas mismas rocas, de colores pardos y amarillentos, llamadas biocalcarenitas.
Aunque esta palabra parece un insulto procedente de época medieval, en realidad es uno de esos nombres de rocas que se “autoexplican” y que usamos como una chuleta mental en Geología para conocer su origen. La parte final de la palabra, “arenita”, se refiere a que estas rocas proceden de la compactación de granos minerales de tamaño arena. La partícula central de la palabra, “calc”, indica que, en su composición, esta roca contiene un importante porcentaje de carbonato cálcico (CaCO3), posiblemente formando el cemento (sí, este es un término geológico técnico) que ha unido los granos de cuarzo al compactarse. Y la primera sílaba, “bio”, hace alusión a que incluyen una gran cantidad de restos fósiles, tanto de organismos microscópicos como de gran tamaño. Fósiles que, como habréis adivinado, son los que llamaron toda mi atención durante mi paseo cordobés.

El listado de los organismos que han dejado restos fósiles en estas rocas, y que pueden observarse a simple vista en la mayoría de ellas gracias a su tamaño, es realmente grande: erizos marinos, braquiópodos, caracoles, corales, briozoos, ostras, pectínidos y otros bivalvos. Y estos son solo los que pude reconocer durante un paseo rápido, porque seguro que habrá muchos más tipos de organismos que se me pasaron.

Aparte de la espectacularidad de ver fósiles de gran tamaño conservados en los monumentos más famosos de la ciudad, estos restos biológicos nos permiten conocer cuándo y dónde se formaron estas rocas. En concreto, nos están indicando que su origen se encuentra en un antiguo medio marino, más en detalle, en una zona costera que quedaba descubierta durante la marea baja y en un área litoral siempre cubierta de agua, pero de poca profundidad. Y que este ambiente se desarrolló hace entre 10 y 5 millones de años, durante un periodo geológico llamado Mioceno.

Pero aquí no termina la historia. Estas rocas se extrajeron de unas canteras situadas a pocos kilómetros al norte de la ciudad de Córdoba, a los pies de las montañas que limitan esta localidad. Esto implica que esa reconstrucción ambiental y temporal previamente realizada se puede extrapolar a toda esta zona. En concreto, donde actualmente se alza Córdoba, en el Mioceno se desarrolló un corredor marino que ponía en contacto el océano Atlántico con el mar Mediterráneo. Sin embargo, hace unos 5 millones de años, la placa tectónica Africana se desplazó hacia el norte, chocando con la placa tectónica Ibérica, cerrando este corredor y provocando que el mar se retirase progresivamente de este lugar. Así, en los últimos 3 millones de años, ha sido el río Guadalquivir quien ha reconquistado toda esta área, modelando el paisaje con su curso incesante hacia su desembocadura.
La elección de estas biocalcarenitas miocenas como rocas ornamentales desde hace 2000 años no fue casualidad. A la cercanía de la zona de extracción, lo cual abarata muchísimo los costes, hay que sumarle que se trata de unas rocas relativamente blandas, lo que las hace muy fáciles de cortar, tallar y labrar. Pero eso también implica que sean muy frágiles a la alteración provocada por las inclemencias meteorológicas, lo que se aprecia claramente en la degradación que presentan muchas de estas rocas en varios de los monumentos más antiguos de la ciudad. Por suerte, se pueden seguir extrayendo bloques de estas canteras para sustituir los elementos más afectados sin modificar el aspecto de las centenarias construcciones.
Sin duda, Córdoba es mágica. Sus monumentos no solo nos hablan de antiguas culturas que nos dejaron un legado milenario, también nos permiten conocer la historia geológica de este lugar simplemente mirando las rocas con las que los construyeron. Pero, lógicamente, las biocalcarenitas no son los únicos materiales ornamentales utilizados en la Mezquita-Catedral y otros edificios de su alrededor. Tendré que volver a visitar esta hermosa ciudad para descubrir esas otras historias que susurran las rocas cuando paseas de noche junto al Guadalquivir, mientras te embruja con el olor dulce del azahar.
Agradecimientos:
Quiero dedicarle este artículo a mi colega y buena amiga Raquel Martín Banda por darme la idea para escribirlo, incluso proponiéndome el título del mismo.
Sobre la autora: Blanca María Martínez es doctora en geología, investigadora de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y colaboradora externa del departamento de Geología de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la EHU
