Mercurio, y, sin embargo, se mueve
Cuando pensamos en el planeta Mercurio, a la mayoría nos viene la imagen de un lugar inhóspito, desolado y (casi) completamente muerto a nivel geológico, una superficie cuyas imágenes nos evocan a nuestra Luna más que a cualquier otro de los planetas interiores. Esta idea, que durante décadas ha sido la dominante, ha ido cambiando gracias a los datos de misiones recientes como la MESSENGER (que estuvo en órbita al planeta desde 2011 a 2015). El análisis de estos datos nos están ayudando a reescribir y reinterpretar lo que sabemos del planeta más cercano al Sol, incluido el que, quizás, esté mucho más activo de lo que habíamos pensado hasta el momento.
Hoy vamos a hablar de un estudio reciente publicado por Bickel et al. (2026) que se fija en un fenómeno que ocurre en Mercurio y que se conoce como “líneas de ladera” (dándole una traducción libre proveniente del término “slope lineae”). Consisten básicamente en unas marcas de una tonalidad clara y de forma alargada que suelen formarse ladera abajo en la pared de los cráteres de impacto.

En primer lugar, los científicos usaron cientos de miles de imágenes de alta resolución tomadas por la MESSENGER y cartografiaron las apariciones de estas formas por todo el planeta. Quizás uno de los hallazgos más importantes del estudio, a mi juicio, es la fuerte relación de estas líneas de ladera con una forma del relieve que en castellano podríamos denominar como “hondonadas” -o hollows, si lo preferís en inglés-, y que, de momento, solo aparecen en Mercurio. Son unas depresiones del terreno muy claras -a veces incluso su silueta parece marcada por una especie de halo también de tonalidades claras-, sin borde y que se encuentran por toda la superficie. Además parecen ser muy recientes.
La hipótesis principal sobre los mecanismos de formación de estas hondonadas es que están relacionadas con la pérdida reciente de elementos o compuestos volátiles que habría bajo la superficie. En la Tierra, por nuestras condiciones ambientales, solemos hablar de volátiles como el agua, el dióxido de carbono o el nitrógeno, entre otros. En Mercurio, con sus temperaturas extremas, las sustancias volátiles podrían ser elementos como el azufre o compuestos ricos en carbono que pasarían, por sublimación, del estado sólido a gaseoso directamente.
Mientras que estas hondonadas tuvieron una gran atención por parte de los científicos al principio de ser descubiertas, las líneas de ladera quedaron al margen, como relegadas a un segundo plano. Se necesitaba un trabajo de cartografiado sistemático de todas estas formas del relieve, algo que es casi imposible para un ser humano en un tiempo razonable debido a la gran superficie del planeta y el tiempo que se tardaría en revisar todas las imágenes.
Para hacer mucho más eficiente este trabajo de cartografía, los científicos de este estudio utilizaron un algoritmo para revisar todas las imágenes de la MESSENGER mediante una red neuronal convolucional (CNN) para que fuese capaz de reconocer la señal de estas líneas de ladera. Los resultados fueron espectaculares: el algoritmo encontró cientos de candidatos que los científicos revisaron posteriormente uno a uno. Después de eliminar los duplicados por imágenes superpuestas, el equipo confirmó la existencia de 402 de estas líneas en todo el planeta.

Y al analizar todas estas, los científicos se dieron cuenta que la superficie de Mercurio es más dinámica de lo que pensamos. En primer lugar, se fijaron en la apariencia física de las líneas. Para que nos hagamos una idea, miden entre unos pocos cientos de metros a varios kilómetros de longitud, y se parecen muchísimo a otras formas geológicas como las líneas recurrentes de ladera que aparecen en Marte -y que suelen ser oscuras- o los flujos granulares que vemos en la Luna. Sin embargo, la señal geoquímica de estas cuenta una historia muy diferente.
Haciendo uso de datos multiespectrales tomados gracias a los diferentes filtros de la cámara de la MESSENGER, descubrieron un detalle muy interesante: que reflejan más luz en longitudes de onda más cortas -o azules, si así lo prefieren- si lo comparemos con el terreno que las rodea, más “rojizo”. Y esta señal espectral es idéntica a la de las hondonadas.
Pero no todo es cuestión de color. La cartografía de la mayoría de estas líneas ha sacado a la luz que casi un 90% de estas se originan directamente en estas hondonadas o en unas estructuras similares que se encuentran sobre el borde de los cráteres, de ahí que al principio del artículo hiciese énfasis en este punto. Las líneas de ladera parecen avalanchas de material saliendo de estos agujeros tras la pérdida de los volátiles. Y esto fue una pista muy importante para los investigadores, ya que de algún modo, parece que sea cual sea el proceso que estaba creando estos agujeros en lo alto de la ladera, también estaba provocando cascadas de material claro por las paredes del cráter.
Y, ¿por qué aparecen en estos lugares? Haciendo un análisis geoestadístico han observado también que la mayoría de estas líneas se encuentran en el interior de cráteres de impacto de más de 20 kilómetros de diámetro. Y también “tienen” una importante preferencia por terrenos volcánicos. Tanto es así que casi el 60% de estas líneas se encuentran en regiones caracterizadas por ser llanuras de origen volcánico.
Pero hay otra sorpresa: y es que el lugar donde aparecen depende en gran medida del Sol. Y es que se forman predominantemente en las laderas que están orientadas hacia el ecuador, donde reciben una luz solar más directa, intensa y prolongada en el tiempo. Y al calcular las temperaturas que sufren estas laderas se aprecia que las líneas tienden a agruparse en lugares con temperaturas máximas ligeramente superiores a la media global.

Si hacemos un esfuerzo por unir todas estas pistas, parece surgir un modelo muy interesante: Imaginemos por un momento que la corteza de Mercurio es como una tarta, pero a nivel geológico: En as profundidades de esta tarta, habría una capa enriquecida con elementos volátiles que quizás se depositaron cuando Mercurio era un planeta todavía muy joven. A o largo de millones de años, las erupciones volcánicas cubrieron esta capa, enterrando los elementos volátiles bajo una gruesa capa de roca volcánica y, al quedar atrapados estos, fueron completamente aislados de la radiación solar.
Cuando un cuerpo -un asteroide o entidades más pequeñas- golpea Mercurio, el impacto forma un cráter en la superficie, funcionando como una especie de taladro que atraviesa la roca volcánica y deja expuesta la capa rica en elementos volátiles en las laderas del cráter. De repente, estos elementos volátiles son expuestos al vacío del espacio y a la radiación solar.
Puesto que el cráter forma una ladera escarpada, y gracias a que las que apuntan al ecuador reciben la mayor insolación, los volátiles expuestos, como el azufre, comienzan a calentarse. Y llegada cierta temperatura se pueden sublimar, transformándose en gas y escapando al espacio. Esta pérdida de materiales crea los agujeros de tonalidades claras que conocemos como hondonadas.
Pero también hace algo más: afecta a la integridad estructural de las rocas. Cuando se subliman los elementos volátiles, la roca y el polvo se vuelven materiales fracturados y sueltos, facilitando que la gravedad actúe formando estas “cascadas” de materiales claros y dejando las líneas que vemos ladera abajo.
Este modelo lo explica casi todo: por qué mayoritariamente estas líneas se encuentran en llanuras volcánicas, por que aparecen dentro de los cráteres, porque se originan desde estas hondonadas y su aparición en un mayor número en laderas achicharradas por el Sol -o dicho de otro modo, las que reciben mayor insolación- en Mercurio.

Pero no todo es tan fácil, y se abren nuevos interrogantes: Si son provocadas por la radiación solar sobre elementos volátiles… ¿se están formando hoy día? Y para responder a esto, los científicos se pusieron manos a la obra y buscaron cambios en la superficie en imágenes de las mismas zonas tomadas entre 2011 y 2015.
Y en 46 de estos lugares no encontraron ningún cambio y las líneas parecían estar igual en 2015 que en 2011… ¿significa esto que las líneas son unas reliquias del pasado? No, porque aunque la pérdida de volátiles sea rápida, podría ser lo suficientemente gradual como para no producir avalanchas grandes en tan solo cuatro años.
Y, para colmo, la resolución de las imágenes quizás no es suficiente para ver cambios a una menor escala. Lo que si queda claro es que estas líneas son más recientes que algunos cráteres de impacto -ya que están por encima- lo que nos indican que, de cualquier modo, son geológicamente recientes. Y su color claro también es una pista que apunta a su “juventud”, ya que con el paso del tiempo tendrían que haberse oscurecido por los procesos que sufren al estar expuestas a las condiciones del espacio.
En noviembre de este mismo año llegará a Mercurio -si todo va bien- la sonda BepiColombo con una cámara de alta resolución que promete imágenes de unos 6 metros por píxel y que, combinadas con las de la MESSENGER, podrían ayudarnos a observar si se han producido cambios en las líneas o las hondonadas, teniendo en cuenta que el tiempo que ha pasado entre las primeras observaciones y las nuevas que se produzcan, será de más de una década.
¿Podremos, por fin, resolver el misterio de las líneas de Mercurio? Sea así o no, la teoría propuesta por estos autores nos sugiere que algunos de los procesos geológicos que vemos en Mercurio son la suma de otros tantos y que, a veces, es un puzle que tardamos décadas en terminar de montar y en el que la imagen final sea muy diferente a aquella que inicialmente tenían las piezas.
Referencias:
Bickel, V. T., Munaretto, G., Bertoli, S., Cremonese, G., Cambianica, P., & Vergara Sassarini, N. A. (2026). Slope lineae as potential indicators of recent volatile loss on Mercury. Communications Earth & Environment, 7(1), 49. doi: 10.1038/s43247-025-03146-8
Sobre el autor: Nahúm Méndez Chazarra es geólogo planetario y divulgador científico.
