Teoría de sistemas: ¿la psicohistoria moderna?

Fronteras

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Teoría de sistemas: ¿la psicohistoria moderna?

¿Puede la ciencia predecir el futuro? Alguien podría argumentar que ya lo hace. De eso también trata la ciencia al fin y al cabo, ¿no? De hacer predicciones. Pero no me refiero exactamente a ese tipo de predicciones, sino a algo más abstracto: al futuro de la humanidad, de las sociedades, de nuestro propio planeta… a algo como como lo que planteaba Isaac Asimov en su saga de la Fundación. En otras palabras, ¿es verosímil una disciplina como la psicohistoria? Pues, en cierto modo, sí.

Isaac Asimov, inspirado por la mecánica estadística de Boltzmann, se planteó si, aunque el comportamiento de un solo individuo fuera impredecible, el comportamiento colectivo de millones de ellos podría obedecer a determinados patrones de la misma manera que lo hacían las moléculas de un gas. El problema es que las sociedades humanas —y no hablemos de un imperio galáctico— son sistemas muy complejos: se encuentran en constante cambio, pueden reaccionar de formas inesperadas a determinados acontecimientos, y existen influencias e interrelaciones muy difíciles de identificar y cuantificar.

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Nuestra civilización, aunque no sea galáctica, es un sistema complejo, alimentado por innumerables interrelaciones a muchos niveles. Fuente: NASA

Los sistemas complejos como la humanidad no pueden explicarse, por lo general, como suma de las características o comportamientos individuales de las partes que los componen. Suelen aparecer «propiedades emergentes» que nacen de la interacción de los elementos del sistema y que no se encuentran al analizar cada uno de ellos por separado. Del estudio de este tipo de fenómenos se encarga la teoría de sistemas, y una forma bastante asequible de acercarse a ella es a través del trabajo de la científica ambiental, profesora y escritora Donella Meadows.

La psicohistoria de Asimov podría interpretarse como una versión literaria del pensamiento sistémico: no pretende controlar cada acontecimiento histórico, sino identificar pautas, inercias y posibles puntos de intervención para conducir el sistema hacia el objetivo deseado.

Esta manera de ver y entender el mundo nació a principios del siglo veinte, y realmente no se le puede atribuir a una sola persona. Parece que el primero que se planteó la posibilidad de construir una ciencia «de la organización» aplicable a la biología, la sociedad, la economía o el conocimiento fue el polímata ruso —y escritor de ciencia ficción, porque, de alguna manera, la ciencia ficción siempre está en el ajo— Alexander Bodganov. Posteriormente fueron fundamentales las aportaciones del biólogo austriaco Ludwig von Bertalanffy; los matemáticos Norbert Wiener, Claude Shannon y John von Neumann; el ingeniero Jay Forrester o la propia Donella Meadows. Pero ¿en qué consiste exactamente?

Según Meadows, «Un sistema es un conjunto de elementos interrelacionados, organizados de manera coherente para alcanzar un fin. […] debe estar formado por tres tipos de cosas: elementos, interrelaciones y una función o propósito» —cursivas en el original—. Esto implica que casi cualquier cosa puede ser un sistema: nuestro aparato digestivo, un equipo de fútbol, un colegio, una ciudad, una fábrica, una empresa… Incluso nosotros mismos somos sistemas biológicos, cognitivos y psicológicos, emocionales, sociales, culturales… es cuestión de perspectiva y eso es lo interesante. Estructuras de naturaleza muy distinta pueden llegar a comportarse de formas sorprendentemente parecidas, por ejemplo, el tráfico y el agua en una tubería, una epidemia y la propagación de un rumor, o una burbuja especulativa y una avalancha de nieve. Las dinámicas internas de crecimiento, equilibrio, colapso o autorregulación pueden ser matemáticamente muy similares y responder a los mismos modelos. ¿Cómo las describe la teoría de sistemas? Principalmente a través de reservas, flujos y bucles de retroalimentación.

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Las ciudades funcionan como sistemas cuyas reglas permiten predecir con relativa precisión algunos comportamientos, como lo que sucede con el paso de un semáforo de rojo a verde… aunque siempre alguien puede saltárselo por factores que estemos ignorando. Fuente: Pixabay

Una reserva la forman «los elementos del sistema que uno puede ver, tocar, contar, medir» —por ejemplo, el agua de una bañera—. Los flujos, de entrada o salida, son las variables que modifican una reserva —en nuestro ejemplo, el grifo y el desagüe—. Los bucles de retroalimentación, reforzadores o compensadores, se pueden entender como información, decisiones, reglas… que parten de una reserva y, en función del nivel de esta, vuelven a ella para alterarla, ya sea aumentándola, disminuyéndola o estabilizándola —por ejemplo, un medidor del nivel del agua de la bañera que hace que se active el grifo o se abra el desagüe si este baja o sube—. Parece sencillo, ¿verdad? Pues ahora imaginemos aplicarlo al Imperio galáctico de Asimov.

El comportamiento de un sistema sencillo, como una bañera, es fácil de modelar y predecir, pero, cuando el número de elementos e interrelaciones aumenta —y es muy fácil que lo haga—, las matemáticas se complican, y mucho. Es entonces cuando aparecen todo ese tipo de fenómenos bizarros e impredecibles.

En los sistemas complejos reina la no linealidad: duplicar una causa no implica necesariamente duplicar las consecuencias, un cambio minúsculo puede desencadenar una transformación inmensa —o la aparición de una variable inesperada como el Mulo, en el caso de Fundación—, algo que había permanecido estable durante décadas puede colapsar de repente… En otras palabras, no existen relaciones simples entre causa y efecto. Hay quien tendería a pensar que esto se solucionaría recopilando más datos, pero el problema es más cualitativo que cuantitativo: lo difícil no es solo recopilar la información adecuada, sino entender la cantidad ingente de interacciones que tienen lugar al mismo tiempo. Así, la teoría de sistemas funciona relativamente bien para hacer predicciones a corto plazo, pero a largo plazo es otro cantar.

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Huracán Milton desde la Estación Espacial Internacional en octubre de 2024. Los fenómenos meteorológicos son extremadamente difíciles de predecir a largo plazo porque el clima es un sistema complejo muy sensible a pequeñas variaciones. Fuente: NASA

Tanto la psicohistoria como la teoría de sistemas piensan en términos de comportamiento colectivo, patrones, inercia, retroalimentaciones y dinámicas. Estudian sociedades, economías y culturas —entre otras cosas— como sistemas interconectados y buscan identificar puntos de intervención que modifiquen su evolución —ya sea a través del personaje de Hari Seldon o en el de un analista de sistemas—. Pero si bien la psicohistoria pretende predecir, la teoría de sistemas solo aspira a comprender. La primera busca eliminar la incertidumbre, la segunda la asume como inevitable. Para la psicohistoria, los sistemas reducidos son una limitación —está pensada para una civilización galáctica modelada en términos termodinámicos—; para la teoría de sistemas, las complicaciones y la impredecibilidad aparecen, en cambio, cuando el número de variables se dispara, volviendo los modelos matemáticos inestables. Y ahí es donde la comparación se vuelve interesante: que un modelo, ya sea en la ficción o en al mundo real, funcione según lo previsto no supone ningún inconveniente, pero ¿qué pasa cuando irrumpe en él una anomalía? O, en otras palabras, ¿qué pasaría con el Mulo?, ¿cuál de las dos disciplinas lidiaría mejor con él?

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El Mulo en la serie Fundación, de Apple TV. Fuente: Apple TV /Fair use

Bibliografía

Asimov, I. (julio de 1988). Phsychohistory. Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine.

Meadows, D. (2008). Pensar en sistemas. Capitán Swing.

Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.

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